Cultura entre rejas: teatro, libros y segundas oportunidades en la cárcel de Wad-Ras de Barcelona
- Las internas organizan actividades culturales para sobrellevar el día a día y fomentar la convivencia
- El estigma y las dificultades laborales marcan el camino una vez fuera del centro
En la prisión de Wad-Ras de Barcelona hay un único acceso: un arco de piedra, con las banderas española y catalana, a un lado. Al avanzar, cuatro farolillos que no acaban de iluminar, no acompañan. Y ocho escalones. Una puerta verde y naranja se abre y se cierra antes de llegar a la siguiente.
La seguridad está pendiente de todo: no se hace ningún movimiento sin supervisión. Un detector de metales, una garita, taquillas... y más adelante, otro control.
Dentro, el primer módulo: paredes blancas y beige, o blancas y verde claro, según el pasillo. Llevan a las aulas de formación, a una biblioteca, a una cocina, a un salón de actos y a celdas donde duermen desde una a seis personas. El interior no destaca por tener barrotes, ni siquiera en las ventanas. Hay un espacio relajado de convivencia y las reclusas se mueven con relativa libertad.
"No es como la gente se imagina", explica Gema, interna del centro. "Aquí puede haber discusiones, claro. Algún grito… pero no pasa de aquí", asegura.
La prisión más antigua de Cataluña
Wad-Ras es un edificio viejo, pequeño y con instalaciones deterioradas situado en el distrito de Sant Martí de Barcelona. Se construyó en 1915 y es el único centro penitenciario exclusivo para mujeres. También tiene el único módulo de madres, donde las internas pueden convivir con sus hijos hasta los tres años.
En 2031 está previsto trasladar las mujeres a un nuevo equipamiento en la Zona Franca de Barcelona. Uno con perspectiva de género: espacios adecuados para las madres y los menores y más áreas de visita y de espera.
En el centro viven 124 internas: algunas esperan juicio y otras cumplen condena. El espacio del centro es limitado y, por lo tanto, la falta de intimidad es constante. Las reclusas comparten espacios, rutinas y las jornadas se pueden hacer largas y repetitivas.
Las agentes culturales
Por ello, dentro de los muros es necesaria la actividad, y buena parte nace de las mismas internas. Un grupo de entre 12 y 15 mujeres se reúne cada semana bajo el nombre de agentes culturales. De manera voluntaria, organizan actividades como talleres, proyecciones u obras de teatro.
"Reutilizan materiales: cartones, rollos de papel… son muy ecologistas y creativas", explica Emma, integradora social. "No nos queda otra", matiza Laura, que forma parte del grupo desde hace cuatro años.
Surgen ideas, las ponen en común, las debaten. Ideas que después pasan por un filtro de dirección, pero que, en la mayoría de los casos, salen adelante.
Cultura para evadirse y para crecer
Más allá del entretenimiento, las actividades tienen un impacto directo en el día a día de las internas. Para muchas, es una manera de crear vínculos. "Se mantienen activas, conocen a otras compañeras, mejoran la comunicación... Vienen chicas con poca autoestima que entran y se transforman", afirma Emma.
“Este grupo me ha ayudado a crecer como persona“
"Cuando entré era muy tímida", explica Arletys, que hace dos años que está en el centro. "Este grupo me ha ayudado a crecer como persona", asegura. Lee, escribe y aprovecha cualquier momento para desconectar. "Escribo sobre cómo me siento y hago cartas dirigidas a mi hija de seis años, que algún día podrá leer", exterioriza.
"Es difícil encontrar un espacio de tranquilidad. Los libros son mi manera de evadirme", expresa Laura. Una forma de olvidar por un momento donde están. "Ahora estoy leyendo una novela de terror", dice.
El peso de los prejuicios
Si dentro el reto es hacer pasar el tiempo, fuera lo es volver con una etiqueta difícil de borrar. "Hay muchos prejuicios", explica Gema, que ya ha salido de la prisión —esta es su segunda estancia— y que evitaba explicar de dónde venía. "No es bueno para el currículum", asegura.
Un recelo incluso de antes de entrar. Algunas internas reconocen que llegaban con una idea muy diferente. "El primer día tuve que llamar a mi madre para que me llevara ropa. Pensaba que nos darían monos naranjas, como en las películas", recuerda Arletys. "Vis a Vis ha hecho mucho daño", lamenta Gema.
Precisamente, algunas de las agentes culturales también forman parte de la comisión de acogida y ayudan en la adaptación de las nuevas internas. "Sabemos lo que es entrar con miedo. Intentamos tranquilizarlas y hacerles entender que es un proceso".
Formación y oportunidades laborales
Como una forma de combatir el estigma social, el Departamento de Justicia de la Generalitat de Cataluña impulsa programas de formación. Este año, ha destinado cerca de dos millones de euros y ha beneficiado a más de 500 reclusos. Los cursos permiten obtener certificados profesionales sin que conste que se han cursado en la prisión.
Dentro del centro, también hay trabajos: en la lavandería o en la cafetería. "Como es una prisión pequeña, las opciones son escasas", admite una integradora. El dinero que ganan va al peculio, la cuenta personal de las internas. Pero a menudo estos ingresos se usan para cubrir gastos básicos o trámites relacionados con sus procesos judiciales.
Una reinserción llena de trabas
La reinserción no es solo una cuestión de voluntad. El caso de Laura es un ejemplo. Organiza actividades culturales, colabora en la acogida de nuevas internas y trabaja en la biblioteca. Tampoco tiene conflictos y hace tiempo que intenta acceder a un régimen más flexible que le permita trabajar fuera, pero no se lo conceden.
“No quiero volver a la prisión, sobre todo por mi familia“
"Quiero trabajar de teleoperadora", explica. Su solicitud ha sido rechazada por el riesgo de reincidencia. "No tiene sentido. Para volver a estafar, primero tendría que tener dinero, crear una empresa, hacer clientes… Y no quiero volver a la prisión, sobre todo por mi familia", asegura.
Desde el centro penitenciario, su caso se ve como una muestra de las dificultades que tienen algunas internas para avanzar en el proceso de reinserción, incluso cuando mantienen una evolución positiva y un compromiso activo. A pesar de todo, en Wad-Ras continúan buscando maneras de formarse, crear y sentirse útiles, con la mirada puesta en un futuro fuera de los muros.