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'El reino', un 'grandes éxitos' de la corrupción en España que tambalea San Sebastián

  • Rodrigo Sorogoyen presenta su poderoso thriller en el que Antonio de la Torre borda a un político sin principios

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Sorogoyen firma 'El reino', un thriller vertiginoso de una realidad con la que hemos desayunado muchos días

Cajas B, cuentas en Suiza, bolsas de dinero en Andorra, mordidas, puñaladas de compañeros de partido. El reino es un ‘grandes éxitos’ de la corrupción hecho thriller: la película de Rodrigo Sorogoyen (Que dios nos perdone) tambalea el Festival de San Sebastián con su poderosa realización de un género poco transitado en nuestra cinematografía.

Un atropello de ritmo en el que Antonio de la Torre interpreta a Manuel, un dirigente regional de un partido que emprende una huida hacia delante para escapar del lodazal de corrupción que le pringa. Tirando de la manta, destapa todo un sistema podrido. En El reino no hay siglas política concretas pero, quien vio un telediario, lo sabe. Sorogoyen y su inseparable guionista Isabel Peña desgranan su planteamiento.

PREGUNTA.: ¿Cuál han sido las referencias para recrear la trastienda política? ¿Cuál era la clave para que las conversaciones fueran verosímiles?

I.PEÑA: No ha sido tan difícil hablar con gente: políticos, periodistas, jueces. Nos ha sorprendido que la gente tiene ganas de hablar. Cuando escuchan, están cómodos. Y, luego, queríamos que fuera lo más realista posible. Teníamos un radar para cualquier prohibir cualquier cosa forzada o peliculera. Preferimos que sea soso a que efectista. Teníamos mucho material, como el telediario, que ha sido fuente de nutrición, nos hemos apañado muy bien.

P.: ¿Por qué creéis que hay esa poca tradición de thriller político en España?

R.SOROGOYEN: Hay mucha autocensura. Y nos meto en el saco. La situación política en España la conoce todo el mundo: 40 años de dictadura, una democracia, no sé si inexperta, pero joven . Y una transición no totalmente sana. Todos conocemos los esfuerzos por conseguirla, pero también los hándicaps. No diría los errores, pero sí los precios que se han tenido que pagar. Y una de las consecuencias es una España dividida, con mucho cuidado de lo que dice uno qué dice otro. Hay mucha autocensura en la ficción política. En ese sentido no veo un país sano democráticamente, en otros sí. Y una prueba de ello es eso: no hay una ficción normalizada de lo que pasa. Estamos haciendo una peli de esto porque es algo que se puede contar, puede ser una historia entretenido y en el fondo puede ser, porque todas las películas terminan siéndolo, un documento de su tiempo.

P.: La película es casi un greatest hits de los casos de corrupción de la última década, con mención especial a los papeles de Bárcenas. ¿Os fascinaba especialmente algún caso concreto.

R.S.: Todos

I.P.: La fascinación ha sido positiva. Era nuestro objetivo: entrar en la persona que hay detrás del traje. Por eso nuestro Manuel es alguien con queremos tomar café, porque nos interesa. Y eso es fascinante y enriquecedor. Del mismo modo que es sano que haya un debate político en la mesa de las terrazas.

Hay mucha autocensura en la ficción política

P.: Sobre esa identificación: el espectador se ve obligado a implicarse con un corrupto.

R.: Nos excitaba esa idea. Nos parecía un reto como guionista. Como espectadores encantan que nos pongan en esa tesitura: Vale, has hecho esto, es malo, es punible, como ciudadanos los castigamos y criticamos. Pero queremos obligar a estar con él y entender sus circunstancias actuales y pasadas. Y entras en una pesadilla o aventura en el que no queda otra que estar con él o no. Nos gustaba que el espectador llegue a lugares muy interesantes. Si no, sería otra peli, como la historia de un juez anticorrupción persiguiendo al corrupto. Que puede ser un gran thriller, pero nos interesaba llevar al espectador a un lugar interesante.

P.: La película también es una interpelación directa al político corrupto. Se puede resumir como un ¿por qué haces esto?

R.S.: No sé si ha sido consciente o inconscientemente: hemos hecho un thriller canónico, pero en el último minuto nos hemos reservado el derecho como ciudadanos de preguntarle a un político a la cara. Sin querer, nos ha salido eso. En la última escena, hemos cambiado el género y estoy muy contento de esa escena. Es algo que me gustaría ver en más películas.

I.P.: Fue la escena más difícil de escribir de nuestra carrera. Queríamos que fuese directa y agresiva, pero también que hubiera subtexto y que no fuera demasiado fácil.

R.S: Si algo puedo decir bueno de esa escena es que es honesta con nosotros.

P.: También apeláis al ciudadano medio, diciendo de alguna manera que los políticos tal vez solo son máxima expresión de algo que todos llevamos dentro.

R.S: Totalmente. Hubiéramos sido facilones haciendo contando una película de políticos corruptos como no tuvieran que ver con nosotros. A poco que te pongas a pensar, mirar, y entender el mundo te das cuenta de lo normales que son. No es una historia de buenos malos. Un policía puede ser corrupto y luego el mejor marido del mundo en su casa.

Queremos obligar a entender las circunstancias de un corrupto

P.: ¿Pero no hay un exceso de políticos sin vocación de servicio y con exceso de ambición?

R.S.: Los que les condena es que tienen una responsabilidad mayor que nosotros. Para nosotros, contadores de historias, no les diferencia nada. Un periodista puede ser muy ambicioso, puede hacer su trabajo, pero para conseguirlo puede hacer algo moralmente malo.

I.P.: No es que seas corrupto en la medida de tus posibilidades, porque eso sería para tirarse por la ventana. Eres tus decisiones. Lo eres siendo político y lo eres tomando café en un bar.

P.: Los reyes cambian, los reinos permanecen. ¿Hasta qué punto compartís esa visión fatalista y gatopardiana del mundo?

R.S.: No sé si es la visión del mundo, pero sí es la visión del sistema político que tenemos en occidente. Puede cambiar, pero mañana no va a cambiar y ahora mismo podemos asegurar que los reinos cambian y los reinos permanecen.

P.: Das continuidad al estilo de grandes angulares y tomas largas de la primera parte de Que Dios nos perdone. ¿Te sientes dentro de esa corriente de cine ‘inmersivo’ tipo El hijo de Saúl o El renacido?

R.: No conocía esa palabra (risas). Pero es cierto que El hijo de Saúl me encantó y fue una referencia. ¡No se parecen en nada, que nadie se asuste! Pero sí la tome como referencia con mi director de fotografía. Por cómo está concebido el guion era obigatorio: el espectador necesita estar pegado al personaje, sudar y sufrir con él.

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