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El Museo Thyssen rinde homenaje a Berthe Morisot, la primera pintora impresionista

  • La pintora francesa usaba su propia vida como fuente de inspiración 
  • Luchó contra las convenciones de la época para seguir su vocación

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El arte impresionista de Berthe Morisot en el Thyssen

De la determinación de Berthe Morisot (1841-1895), hablan sus propios actos resumidos en una carrera excepcional para la época que le tocó vivir.

Perteneciente a la alta burguesía francesa, culta, formada en el gusto por el arte y la música, urbanita e inquieta, nunca renunció a su fuerte vocación por la pintura.

Prueba de su empeño son sus comienzos como copista de paisajes venecianos, cuando el Museo del Louvre era territorio vedado a las féminas. Se unió al grupo de los impresionistas, convirtiéndose en la primera mujer y fraguó amistad con Monet, Degas o Manet, con el hermano menor de este último, Eugene, terminaría casándose.

Siguiendo esta corriente pictórica, Morisot prestaba especial atención a la luz y el color, encarnada en su caso en la delicadeza y una cierta sensualidad, que contrasta con la a menudo visión de voyeur  en los desnudos, que caracteriza a sus colegas masculinos.

Delicadeza y sensualidad

Imágenes que ahora desembarcan en el Museo Thyssen (15 de noviembre al 12 de febrero), procedentes del Museé Marmottan Monet de París, en una colección única que por primera vez trae a España 30 cuadros de la “gran primera dama del impresionismo”.

La muestra se ha organizado siguiendo un recorrido temático y cronológico que sigue los pasos de su propia experiencia vital.

La pintora nunca renunció a su vocación en un mundo de hombres

Destaca la pintura, El espejo de psiqué, lienzo cargado de lirismo que muestra la imagen de una joven vistiéndose con parsimonia ante el espejo, y que fue presentado en la Tercera Exposición Impresionista de 1877.

Su adhesión al impresionismo, un movimiento que en un principio suscitó un amplio rechazo, se interpretó como un gesto de rebeldía,  que su carácter independiente supo mantener.

Pintora de su propia vida

La pintora, quizás una gran desconocida para el gran público, aunque sus obras se cotizan actualmente en torno a los 4 millones de dólares, tuvo una larga carrera y reconocimiento. Una vida que ella utilizaba como inspiración para dar rienda suelta a su creatividad, como si de un diario se tratase.

Retrató con su particular visión de la realidad, escenas cotidianas, plagadas de mujeres y niños, paisajes y desnudos. A partir de 1880, la frescura luminosa de Renoir, se refleja en su obra. En el año 1892, y prueba de su valía, la galería Boussod-Valadon le dedica una gran retrospectiva de éxito.

El poeta, Paul Valery, uno de sus amigos, solía decir de ella que “vivía su pintura” y “pintaba su propia vida”; y así fue hasta el final de sus días.