Anterior Luis del Olmo. Protagonista Siguiente El beso de Raoul y Agoney hace historia en TVE Arriba Ir arriba
Carlos, Rey Emperador - Francisco de Borja le declara su amor a Isabel de Portugal
Curiosidades históricas del capítulo 15 de 'Carlos, Rey Emperador'

¿Estaba realmente Francisco de Borja enamorado de Isabel de Portugal?

  • Estaba casado con Leonor de Castro y tuvieron ocho hijos

  • ¿Por qué se ha extendido tanto la idea de este amor cortesano?

  • ¿Sabías que Borja empezó siviendo a Juana 'La Loca'?

  • ¿Sabes de quién era bisnieto?

|

Todos quedamos impresionados, a la muerte de la emperatriz Isabel, con el dolor contenido de su servidor Francisco de Borja pero ¿qué hay de cierto y qué de leyenda en esa historia de amor no correspondido entre el futuro santo y la soberana?

¿Quién era Francisco de Borja?

Comencemos por el principio. Francisco de Borja, nacido en 1510, era el primogénito y heredero de una de las casas con mayor renombre e influencia en la España del siglo XVI, los Borja, propietarios del Ducado de Gandía. Su bisabuelo por línea paterna había llegado a Papa pero no era su único ancestro coronado. El bisabuelo de nuestro Borja era el mismísimo Fernando el Católico, aunque por vía ilegítima: Borja es hijo de Juana de Aragón y Gurrea, hija natural de Alonso de Aragón, virrey, arzobispo de Zaragoza e hijo ilegítimo del rey Fernando por más señas. Así las cosas, cuando el pequeño Borja entra como paje en la triste corte de Tordesillas a la edad de diez años lo hace en realidad en la corte de su tía abuela, la reina Juana.

Ante la revuelta de las Germanías, su padre Juan de Borja huye de la ciudad de Gandía y pone a sus dos hijos mayores a salvo, al amparo de la reina propietaria. Francisco será paje de la infanta Catalina y allí se iniciará en los rudimentos de lo que ha de ser un noble cortesano. Era práctica común y deseable en las grandes familias, poner a servir a sus hijos en la corte donde aprenderían las sutiles artes de las relaciones cortesanas y podrían medrar y hacer carrera a la sombra y amparo de los más poderosos. Se iniciaba de este modo una relación estrecha entre Catalina y Borja que se mantendrá a lo largo de los años, especialmente cuando la desgraciada infanta llegue a ser reina de Portugal. Catalina abandona la opresiva corte de Tordesillas para contraer matrimonio con el monarca luso Juan III y un año después, en 1526, lo hace Borja para seguir su formación al lado de su tío, el nuevo arzobispo de Zaragoza (hermano de su madre). Así pues, Borja está en Zaragoza cuando Carlos contrae matrimonio con Isabel de Portugal y no será hasta dos años después, en 1528, que se incorpore a la corte del emperador.

En este año es nombrado gentilhombre de la casa y comienza una carrera espectacular, auspiciada por la propia emperatriz. Como mandaba el protocolo, los emperadores negociaron el matrimonio de dos de sus servidores pues estos no podían elegir —los monarcas actuaban como los padres, concertando los matrimonios de los miembros de su casa—: Francisco de Borja y Leonor de Castro, camarera mayor, caballeriza mayor e íntima amiga de Isabel. A partir de ahí, todo fueron regalos para la pareja, siendo los mayores el nombramiento como marqueses de Lombay, camareros del príncipe Felipe y la infanta María, que ya andaban por el mundo, y a Borja caballerizo mayor de Isabel. ¿Qué significaba ser caballerizo mayor? Era uno de los tres grandes puestos de confianza dentro de la casa de un monarca, junto al de mayordomo mayor y el de camarero mayor (o sumiller de corps). Borja se encargaría personalmente de organizar cada desplazamiento de la emperatriz fuera de palacio, de los animales, de las literas y hasta de ayudarla a montar y desmontar del caballo. Por supuesto, su presencia dentro de las estancias reales cerca de ella, estaba asegurada.

La cercanía de Borja con los hijos de los emperadores también debió ser estrecha. Hoy leemos con ternura unas palabras que le dedicó el futuro santo a Felipe II en 1561, en las que le dice “ni se olvidará V.M. de las muchas horas que en su tierna edad le traje en estos brazos y se adormeció en ellos”. Aun así, la confianza imperial se depositaba sobre todo en Borja y no tanto en su portuguesa esposa, al menos la de Carlos.

Leonor de Castro, dos años más joven que su esposo, debía ser un personaje peculiar a pesar de la gran intimidad de la que disfrutó junto a la emperatriz. Cuando ésta murió hubo que disolver toda su casa y reorganizar la de sus hijos, proponiéndose a los marqueses de Lombay como los responsables de su cuidado. Se alzó entonces la voz de la tía Catalina desde Portugal —quien había conocido a Leonor—, desaconsejando vivamente a la marquesa de Lombay para este puesto pues conocía de sobra su mal carácter —o quizás sus peligrosas relaciones con elementos subversivos portugueses—. Debía estar de acuerdo Carlos con esta idea pues nada más salir del monasterio de la Sisla, a finales de junio de 1539, nombró a Borja virrey de Cataluña y separó al matrimonio de sus hijos. La ambición y la dudosa lealtad de Leonor hicieron que Carlos quisiera mantener apartados de ella a sus hijos “por ser mujer atrevida, que se le cartearía con reyes extraños”. No terminarían ahí los recelos sobre esta mujer. Cuando se preparaba la casa de María Manuela de Portugal, hija de Catalina y recién casada con el flamante príncipe Felipe, se propuso nuevamente a Leonor de Castro para ocupar el mejor puesto: camarera mayor de la princesa. Catalina, como madre, reaccionó rápidamente: se negó y nombró en su lugar a otra portuguesa de su confianza, Margarita de Mendoza. El pobre Borja iba de desaire en desaire por culpa de aquella mujer con la que se casó en el Alcázar Real de Toledo en 1529 y que le dio ocho hijos —por cierto que llamaron a los dos primeros Carlos e Isabel—.

Leonor de Castro murió en 1546 y, conforme al solemne juramento que se hizo a sí mismo ante el desfigurado rostro de la emperatriz en las jornadas de Granada, Borja formuló los votos para ingresar en la recién fundada Compañía de Jesús. Si como noble cortesano su influencia se dejó notar, como miembro de la Compañía —no lo llamaremos jesuita pues este nombre es posterior y se usó para hacer escarnio de estos religiosos— el ascendiente sobre la familia real fue apabullante. Ya Pedro Fabro —co-fundador de la orden— había ido sembrando por las cortes el nuevo modo de entender la espiritualidad y Francisco de Borja lo dejó grabado a fuego. Se favorecía la fundación de colegios de la orden, se solicitaba que dieran sermones en la corte e incluso se intentaba retener a Borja y otros miembros por encima de los deseos del mismísimo Ignacio de Loyola.

La devota más acendrada que tuvo Borja fue, sin lugar a dudas, la princesa Juana —hija menor de Carlos e Isabel—, que volvió a Castilla en 1554 para ocuparse de la regencia del reino. Se había casado con el príncipe don Juan Manuel de Portugal pero nunca llegaron a reyes; él murió apenas recién casado pero dejando un heredero, el futuro Rey don Sebastián. Cuando a ella se le planteó la posibilidad de quedarse como regente en Portugal o en Castilla —Felipe había marchado a Inglaterra a casarse con María Tudor— no lo dudó y se vino para siempre. Nunca más volvería a ver a su hijo.

Juana era de fe exaltada y quiso tomar votos como franciscana pero finalmente decidió que lo que quería ser, de verdad, era miembro de la Compañía de Jesús. Imposible según las reglas escritas por Ignacio de Loyola, que apartaba a las mujeres de la orden y hasta de su labor pastoral pero Juana era la hija del emperador nada menos —pensemos que Carlos aún vivía— y llevaba la carta de recomendación de Francisco de Borja. De este modo, la princesa Juana de Austria formuló sus votos en secreto bajo pseudónimo convirtiéndose en la primera y última mujer jesuita de la historia —aunque muchas otras lo intentaron—.

Sabido esto, volvamos a la cuestión principal. ¿Realmente estaba enamorado Francisco de Borja de la emperatriz Isabel? Lo cierto es que no parece que fuera así. De haber habido la más mínima sospecha, Borja no habría estado tan cerca de ella ni habría tenido la exitosa carrera que tuvo, sino que habría terminado puesto a buen recaudo en alguna torre oscura como aquel cortesano de Fernando el Católico que se atrevió a “requerir de amores a la reina Germana”.

¿De dónde sale entonces la leyenda? Del motivo de su conversión que no fue otro sino la muerte de Isabel. Él mismo lo cuenta, y reconoce en la muerte de la soberana el momento en que decidió cambiar todos los bienes y glorias de este mundo por servir a Dios. Lo hace en su diario, escrito en sus últimos años, recordando el 1 de mayo como el día de su conversión y pidiendo por el alma de la emperatriz. Pero quien lo glosa de verdad y dedica varias páginas al trascendente momento es su hagiógrafo, Pedro de Rivanedeyra —que fue compañero y lo conoció personalmente—, aunque alterando el momento real. Según Borja, es el día de la muerte de Isabel el día de su conversión; según Rivadeneyra, Borja decide ingresar en religión cuando ha de reconocer el cadáver en Granada. Según él, cuando se abrió el ataúd todos se apartaron por el espanto ante lo que veían y por el mal olor que expelía el cuerpo

“pero el Marqués, con el particular amor y reverencia que siempre había tenido a la Emperatriz, no se podía apartar, ni desviar los ojos de aquellos ojos que poco antes eran tan claros y resplandecientes, y ahora estaban tan feos y oscurecidos”.

Con toda la literatura necesaria en este tipo de obras para exaltar la devoción del lector, Rivadeneyra pone en boca de un Borja anonadado las siguientes cuestiones:

“¿Dónde está, Sacra Majestad, el resplandor y la alegría de vuestro rostro? ¿Dónde aquella gracia y belleza tan extremadas? ¿Vos sois aquella doña Isabel? ¿Vos sois mi Emperatriz, mi Señora?”.

Tras este terrible momento, Borja abandona la capilla real y se recluye en la habitación de su posada, pasando la noche en vela y meditando sobre la muerte y fugacidad de los bienes materiales. En realidad no deja de ser un recurso piadoso y tópico literario clásico, el famoso Ubi sunt? que tan bien glosara Jorge Manrique o Fray Luis de León, de plenísima actualidad en el siglo XVI y que en el siglo XVII será uno de los grandes temas incluso en la pintura barroca, las famosas vanitas.

También hay que tener en cuenta lo en boga que en aquel momento estaba el tema del amor cortés, un amor que ensalzaba a la amada por encima de todo y la convertía en dueña y señora del enamorado, un amor que exigía duras pruebas —ya fuera luchar contra dragones, matar gigantes o abstenerse de mantener relaciones carnales con la amada— y que no distinguía entre doncellas y casadas. Es más, el amor cortés prototípico es el que profesaba un caballero a una mujer casada sin intención de consumarlo. O lo que es lo mismo, Borja y la emperatriz.

Y así llegamos al origen de toda esta cuestión y de la frase más famosa de Francisco de Borja, aquella desde la que creció la leyenda de los amores y de la conversión del santo. Es, efectivamente, Rivadeneyra quien nos la transmite: estando Borja en semejante tormenta espiritual, recluido bajo llave en su posada, le pide a Dios:

“Dadme Señor mío, dadme Dios mío vuestra luz, dadme vuestro espíritu, dadme vuestra mano y sacadme de este atolladero (…) y si vos me la dais, yo os ofrezco de no servir más a señor que se me pueda morir (…) Nunca más, nunca más servir a señor que se me pueda morir”.