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Tan tonto como correr por la playa

  • Así vieron Txemi Terroso y Óscar Giménez el concierto de The Drums
  • La próxima semana, Siglo 21 repasará junto al grupo su nuevo disco
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Ilustración: Óscar Giménez

TXEMI TERROSO - MADRID 

Y tan necesario. Ponerse de pie, mirar la noche estrellada esbozar una sonrisa y después sonreír. De repente todo parece obvio, sencillo y luminoso. Todo cuadra. Y ver venir la ola de lejos y subirse a ella y reír a carcajadas y saltar y bailar y soltar algún que otro grito y entonces empezar a correr, sin sentido, feliz, vivo, correr y correr y correr… Correr eufórico al ritmo de The Drums y no cansarse jamás de hacerlo...

Y en esas carreras Jonathan Pierce se defiende. Tiene buenas piernas en la garganta. Solvente tanto en la intensidad de los esprines como cuando reduce la marcha. Impresiona tan joven y tan rápido. Y tan triste. Porque mientras corre no sonríe. Incluso parece que no lo pasara bien. No disfruta. Llega a parecer que ni siquiera conoce a los otros tres que, encima del escenario, corren a su lado por la playa. Vuelan cometas como guitarras, los chicos, y a veces incluso renuncian al lastre del bajo.

Todo tiene pinta de ser casi perfecto y sin embargo no funciona, no hay pasión. Y claro, sin pasión, la mayoría de los que les vemos correr lo hacemos sentados en la arena, de lejos y sin entender muy bien a dónde quieren llegar con tanta prisa. Cuando en realidad deberíamos estar detrás de ellos, corriendo como locos hacia dónde demonios quieran llevarnos.

Porque su carrera es pegadiza, de verdad. Parece una idea sensata y en ocasiones hasta profunda. Tiene ritmo y sentido, aporta, entra de lleno por las orejas. Pero suenan tan bien que no hace falta ni mirarlos. Ahí arriba cansa verles correr, todo el rato, buscando una meta, o quizás un camino, que les pueda parar los pies. Parece que no apreciaran, ellos, el valor de sus propias zancadas, de todos esos pasos que han ido dando. Como si temieran que el mundo entero los encasillara, a pesar haber hecho sólo una película.

Bien es cierto que no es nada fácil correr con un segundo disco a cuestas. La gente no conoce por donde van a salir ahora. Son pasos de baile desconocidos. Estamos a verlas venir, tratando de aprender caminos nuevos y sin embargo lo que les vemos es irse. Irse con elegancia, eso sí, pero irse. Poniendo cara de señores mayores, demostrando que han pasado dos años desde su primer disco y la vida, esa perra, les ha obligado a madurar. Como si madurar tuviera que ser inevitablemente ser mejor. Como si madurar fuera huir de las cosas que ya conocíamos y estaban bien y nos encantaban. Como aquella invitación a ser jóvenes despreocupados y veloces, con la que nos hicieron empezar a perseguirles por esta playa hace un par de años...

Porque si hay un tema suyo que les convirtió en un éxito entonces ya no sirve. No la tocan más. No están dispuestos a echar la vista atrás y ver que hay muchos chicos siguiéndoles, persiguiéndoles, por culpa de sus primeros y juveniles pasos. No son capaces de ver que su carrera puede incluso llegar a hacernos disfrutar a todos, si ellos son capaces de disfrutarla. Y poco a poco en la playa empieza a hacer frío. El atardecer lleno de ilusiones se convierte en una noche demasiado oscura para esta época del año. Sentados en la arena miramos el agua en silencio, cómo viene y va, sin decidir nunca qué camino es el más adecuado. Y por delante de nosotros pasan The Drums, corriendo. Y ya nadie parece prestar atención.

El concierto de The Drums se celebró el pasado jueves 1 de septiembre en el Teatro Circo Price de Madrid dentro del ciclo Heineken Music Selector. Radio 3 lo retransmitió en directo.

 

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