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Elecciones en Reino Unido

El NHS o cómo la sanidad pública puede decidir las elecciones de Reino Unido

  • El Servicio Nacional de Salud atraviesa su peor momento en la historia del Reino Unido
  • El Partido Laborista ha centrado su campaña en la sanidad para remontar | Especial: Elecciones en Reino Unido

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Manifestación contra la crisis del Servicio Nacional de Salud frente al Parlamento británico en 2017
Manifestación contra la crisis del Servicio Nacional de Salud frente al Parlamento británico en 2017. EFE / ANDY RAIN

Los historiadores británicos suelen decir que Winston Churchill ganó la guerra pero perdió la paz. El primer ministro conservador que lideró al Reino Unido durante la Segunda Guerra Mundial fue derrotado con estrépito en las primeras elecciones generales celebradas tras la derrota de Hitler.

El 5 de julio de 1945, el laborista Clement Attlee llegó al 10 de Downing Street y asumió la difícil tarea de reconstruir un país agotado y empobrecido tras cinco años de contienda militar. Attlee aprovechó la primera mayoría absoluta en la historia del laborismo para impulsar el estado del bienestar y crear, en 1948, el Servicio Nacional de Salud (NHS).

En los últimos 70 años, la sanidad pública se ha convertido en una de las prestaciones sociales mejor valoradas por los británicos. De hecho, en algunos sondeos como los de Panelbase y Opinium, el futuro del NHS aparece como el reto más importante al que se enfrenta el próximo gobierno, por delante incluso del Brexit y de otras cuestiones recurrentes como la criminalidad, la inmigración y la economía.

La baza de la remontada laborista

Si las últimas proyecciones de escaños dan alguna posibilidad, por pequeña que sea, de que los laboristas puedan evitar una mayoría absoluta de los tories, es gracias a que Jeremy Corbyn ha logrado introducir con éxito el debate sobre la sanidad pública en el tramo final de la campaña electoral. El líder de la oposición ha tenido dificultades evidentes para articular un discurso coherente en torno al Brexit, pero ha sido lo suficientemente hábil para desplazar el foco de disputa política hacia el NHS.

Desde que los conservadores desbancaron a los laboristas del gobierno en las elecciones de 2010, los hospitales y centros de salud públicos han visto recortada de forma notable su financiación. Entre 1997 y 2010, los primeros ministros laboristas Tony Blair y Gordon Brown aumentaron el gasto del NHS a una media anual del 6%, pero ese porcentaje se redujo al 1% durante el primer quinquenio del conservador David Cameron.

Un sistema en caída libre

Los tiempos de espera en las urgencias son cada vez mayores y, según datos del propio NHS, uno de cada seis pacientes tiene que esperar más de cuatro horas para ser atendido.

En las últimas semanas han aparecido en los medios de comunicación noticias reveladoras de los graves problemas que tiene la sanidad pública. Hace unos días, la fotografía de un niño de cuatro años tendido en el suelo de las urgencias de un hospital de Leeds dio la vuelta al mundo. El pequeño Jack, con síntomas de neumonía, fue llevado a urgencias por sus padres. Los médicos le pusieron oxígeno y le dieron una cama. Pero poco después se la quitaron para dársela a otro paciente. Su madre extendió en el suelo un abrigo y colocó sobre él a su hijo, que se pasaría las siguientes cuatro horas tumbado en el piso antes de recibir asistencia médica.

Críticas a Johnson por no mirar la foto de un niño durmiendo en el suelo de un hospital

La situación no es mucho mejor fuera de las urgencias. La media para iniciar un tratamiento contra el cáncer es de 62 días, mientras que el tiempo de espera para recibir un tratamiento ordinario llega a superar los cuatro meses en el 15% de los casos. A día de hoy, hay cuatro millones de pacientes que aguardan una operación. Según una encuesta de British Social Attitudes, el nivel de satisfacción de los británicos con el NHS descendió del 70% en 2010 al 53% en 2018.

El Reino Unido gasta proporcionalmente menos dinero en la sanidad pública que Alemania y Francia, que son sus países de referencia por peso demográfico y económico. El NHS tiene, por ejemplo, la mitad de enfermeras per cápita que Alemania. Falta personal y prueba de ello es que el gobierno británico ha identificado 100.000 puestos vacantes solo en los centros de salud de Inglaterra. Que hace falta más dinero para el NHS lo reconoció hasta la campaña pro-Brexit en el referéndum de 2016, liderada por prominentes conservadores como Boris Johnson y Michael Gove. No hay británico que no recuerde aquel autobús que recorrió las cuatro esquinas del Reino Unido prometiendo falsamente que los supuestos 350 millones de libras que el país se ahorraría semanalmente al abandonar la UE irían a parar a la sanidad pública.

La sombra de EE.UU. 

En la última década, los gobiernos conservadores han incrementado además la participación del sector privado en la prestación del Servicio Nacional de Salud. Corbyn azuza el temor a una paulatina privatización de la sanidad pública y denuncia que Boris Johnson quiere incluir al NHS en un futuro acuerdo de libre comercio con Estados Unidos, algo que niegan tanto el primer ministro británico como el presidente Trump.

En cualquier caso, para no alimentar las sospechas y los rumores, Johnson decidió distanciarse del magnate neoyorquino en la reciente Cumbre de la OTAN, celebrada la semana pasada en Londres. No hubo, como es tradición, ninguna entrevista bilateral entre los dos socios atlánticos por excelencia.

Tanto los conservadores como los laboristas llevan en sus programas electorales importantes subidas en el presupuesto del NHS. Pero Corbyn es consciente de que la evidencia de los datos y el compromiso histórico del laborismo con la sanidad pública hacen más creíbles sus promesas. De ahí que haya concentrado su estrategia electoral en los problemas que padecen los hospitales y centros de salud del país, sobre todo los de Inglaterra. En Escocia, Irlanda del Norte y Gales las competencias de sanidad están transferidas y la situación no es tan alarmante.

La campaña electoral ha estado tremendamente polarizada y los partidos han planteado sus estrategias de comunicación con mensajes políticos sencillos. Boris Johnson lo ha fiado todo al Brexit y ha pasado de puntillas por el resto de asuntos: Get Brexit done!.

Corbyn, por el contrario, ha puesto el foco en la necesidad de impulsar los servicios públicos y de garantizar la igualdad de oportunidades: Un Reino Unido para la mayoría y no solo para unos pocos. Pero ni una palabra del Brexit, consciente de que la cuestión divide a las bases de su partido. Lo que es indudable es que la irrupción en la campaña del debate sobre la sanidad pública ha mejorado las perspectivas electorales del Partido Laborista.

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