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David Trueba: "Lo maravilloso de la vida es que necesitas ideales y sabes que son imposibles"

  • El novelista, cineasta y periodista publica su quinta novela: Tierra de Campos
  • La historia de un exitoso cantante de pop-rock que recapitula su vida

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David Trueba: "Lo maravilloso de la vida es que necesitas ideales y sabes que son imposibles"

Cuando la lógica invitaba a aprovechar el tirón de Vivir es fácil con los ojos cerrados (ganadora de 6 Goyas en 2014), a David Trueba (Madrid, 1969) el cuerpo le pedía una nueva novela. La quinta. Tierra de Campos (editorial Anagrama) da continuidad a su estilo reflexivo, honesto, con dosis de humor y gotas de amargura, a través de la vida de Dani Mosca, un cantante y compositor de pop-rock de cierto nombre que vive en un estudio situado en el jardín de la casa de su exmujer.

Mientras viaja al remoto pueblo de su padre para enterrarle, repasa su adolescencia, las relaciones con sus padres, y reflexiona sobre sexo, amor, amistad, éxito y muerte. Y sobre el oficio de artista que el protagonista define no como una carrera: "simplemente corres”.

PREGUNTA: La primera sensación de Tierra de campos es de recapitulación. De repaso a todo lo vivido antes de que comience ‘el tercer acto’ de la vida.

RESPUESTA: Sí, tenía una cierta sensación de que era una novela que cierra un ciclo. Tengo la costumbre de escribir en estratos, hay elementos de una primera capa superficial de tierra y por debajo van otras preocupaciones que tienen que ver el proceso de seguir, cómo cada vez hay más peso, más parte vivida, arrastras más elementos que se han ido sumando, adhiriendo a ti. Y que hacen más difícil la ligereza, es más difícil volar. A los 20 años uno lo deja todo y se va de su ciudad, pero 20 años después cuesta muchísimo. Eso es interesante y muy novelístico. Algunas veces se plantean ficciones excesivamente alejadas de nosotros.

R: Por eso tiene todo el sentido que el protagonista, Dani Mosca, sea un autor de canciones honestas, personales y muchas veces sobre el amor. Se expone, que es algo que también te define.

R: Exacto. Y también es músico por la cercanía generacional que he tenido con muchos de ellos y porque la canción es algo inmediato, que tiene una potencia de sugerencia muy rápida y que se ha alzado como la expresión artística de nuestro tiempo. Se adapta muy bien por ejemplo a internet, porque es algo que se puede consumir en cuatro minutos, pero tiene un poder evocativo muy rápido.

P: Dani Mosca no es un trasunto, pero tiene mucho de ti.

R.: Lo bueno de la ficción es que no tiene límites. Te permite jugar con elementos propios, fabricar personajes que parten de la observación y sumarles diferentes particularidades. Aunque tengas muchos elementos en común, le añades otros que cambian completamente la fórmula. Disfruto mucho. Las posibilidades de la novela son infinitas. En la vida real no existe nadie que pueda tener la complejidad o el poder evocativo del Quijote, Madame Bovary, Hamlet o Ana Karenina. La ficción te da la posibilidad de estar tú y trascenderte a ti. Yo siempre hago eso. No tienes que ceñirte a tu propia biografía: puedes proyectar que serías tú si te pasa eso. Y la lectura cercana al autor se va disipando con el paso del tiempo. Por ejemplo, las novelas de Scott Fitzgerald, del que siempre he sido muy fanático, en los años 20 y 30 estaban muy pegadas a su personalidad, pero con el tiempo la novela queda más que él. La novela permanece y yo paso. Me tomo muy en serio mi trabajo y muy poco en serio a mí mismo.

Me tomo muy en serio mi trabajo y muy poco en serio a mí mismo

P.: Tierra de campos es una novela sobre ser padre y, sobre todo, ser hijo. La pregunta repetitiva del narrador: ¿Se hereda esto?

R.: La gente cree que heredas las propiedades o los rasgos físicos. Eso es lo superficial, pero nuestro trabajo está precisamente en rascar la superficie y ver que se heredan cosas muy profundas.

P.: Antes citabas a Scott Fitzgerald y precisamente la madre del protagonista da el mismo consejo que el padre del narrador de El gran Gatsby: recuerda siempre que no todo el mundo ha tenido las mismas oportunidades que tú. ¿Es la bondad la principal herencia de tus padres?

R: Sí, ese tipo de actitud moral va calando sobre ti en la convivencia. Por eso de alguna manera es tan importante con quién viven los hijos, con quién crecen. Mucha de la educación que recibes no tiene la forma de educación, sino es el contagio, la observación, el modo de vivir, el modo de comportarse. Y eso es interesante. El ser humano es una especie de ser filtrado. Todo tiene importancia. Por eso me gusta la infancia y juventud, que es el período esponjoso del ser humano, luego comienza un período impermeable. Por eso pasan cosas tan paradójicas como en los malos tratos: los hijos de maltratadores son muchas veces maltratadores cuando la lógica te llevaría a lo contrario. Sin embargo, el maltrato ha calado porque no has visto otras resoluciones de los conflictos.

P.: Toda la novela está atravesada por una cierta actitud de ‘descreimiento sano’: los ideales tal vez no tengan sentido, pero creer en ellos vale la pena como único asidero.

R.: Es el gran asunto de la novela. La primera parte trata de la construcción de una persona, sus columnas básicas que obviamente son ideales: proyectos de vida, emocionales, profesionales. ¿Qué ocurre? Que la vida se encarga de dificultarlos, romperlos, ponerlos en cuestión. Porque los ideales se asocian a personas y cuando tú asocias algo a una persona inmediatamente es defectuoso porque la naturaleza de la personas, por suerte, es defectuosa, inconstante e imperfecta. En la segunda parte tiene que proceder a la reconstrucción, que es más interesante porque se tiene que hacer sobre la ruina de sus sueños. Ya no hay idealización, pero necesitas el ideal. Ese es el gran enigma del vivir. Cuando descubres hacia dónde vas, ¿por qué sigues yendo?

P.: Esa identificación de la vida como un magma sin sentido parece que conduciría al nihilismo o a un existencialismo desgarrador. Sin embargo, Dani Mosca lo asume apuntando a lo contrario: vamos a centrarnos en ser felices. También parece tu filosofía.

R.: Hay siempre una confusión de si la inteligencia y la observación provocan infelicidad. Creo que no es así. La inteligencia primero debe llevar a la bondad, darte cuenta hasta qué punto ser bueno es difícil, y ser honesto contigo mismo. La estupidez no es una garantía de felicidad, ser irreflexivo te lleva más bien a no plantearte nada. La gente que se hace preguntas incómodas llega a lugares más placenteros porque, en el fondo, el conflicto te hace ver que es el proceso lo interesante. Para mí, por ejemplo, el proceso de escribir la novela es el gran reto: el lector tiene que viajar en una línea 25 años hacia detrás y hacia delante y que parezca fluido. Fabricar es el mayor placer. Transportado a la vida, el proceso es el placer. Por eso me sorprende que haya gente intentando impostar la edad, la realidad en la que vive, lanzando mensajes al exterior para protegerse. La gracia está seguramente en el proceso de salir al descubierto.

R: Suena fácil, pero la realidad indica que no es tan sencillo.

R.: Porque estamos desorientados en esa oscuridad. Es interesante reencontrar el camino. Por supuesto que la desesperación forma parte de nosotros, sin eso no es vida. Lo que no hay es que tenerle miedo.

David Trueba.

David Trueba. EFE cdg

P.: El sexo y “la potencia atómica del amor” domina la novela. El protagonista arranca en un momento en el que “el amor ya no forma parte del paisaje” de su vida.

R.: Es una parte del proceso de reconstrucción del que hablábamos. Lo maravilloso de la vida es que necesitas esos ideales y sabes que esos ideales son imposibles. En política, cuando el ideal está por encima de las personas, estas se convierten en tiranos criminales: no importa exterminar para conseguir el ideal. Tenemos que convivir con el ideal y con la incapacidad de llegar al ideal. Es como cuando Sancho, le dice al Quijote en su lecho de muerte: salgamos señor a enderezar entuertos. Y Quijote dice no, todo era una falsedad. Tiran los dos hacia el lado contrario. Esa es la gran sabiduría de Cervantes. Y la de Shakespeare cuando, en El rey Lear, el bufón dice las verdades y el rey es un payaso. Esa es la vida: eres el rey y el payaso. Y tienes que serlo porque si en algún momento uno se apodera del otro te puedes convertir en una persona muy peligrosa o en una persona muy poco interesante.

P. ¿Te consideras, como le dicen a Dani Mosca, un “ególatra del amor”, una víctima de amor romántico?

R.: Todos lo somos. Ahora hay un movimiento contrario provocado por el salvajismo de esos que dicen que matan por amor. Pero es estúpido. Oigo que dicen que hay que rebelarse contra el amor romántico, contra las canciones, que la culpa de las mujeres muertas la tiene Frank Sinatra. En absoluto. Lo que hay que hacer es convivir con la realidad, que son dos cosas distintas. Si anulas la idea romántica estás anulando la potencia del amor, que causa infinitos bienes a la sociedad y a la vida íntima de las personas. Es la convivencia entre el peligro, el respeto al otro y tu fascinación lo que hace interesante la vida. El criminal lo que hace es utilizar en su propio egoísmo un sentimiento noble. No, la persona que mata no ama, porque el que ama da libertad y autonomía al ser que ama. Si no, no lo ama: lo posee.

Si anulas la idea romántica estás anulando la potencia del amor

P.: ¿Qué te ha parecido el retrato que tu amigo Javier Cercas hace de tu propia separación con Ariadna Gil en su novela El monarca de las sombras?

R.: Bien. Mis amigos me decían ‘te ha puesto en una novela y dices tacos’. (risas) Y, no, no digo tacos. Mi madre me enseñó a hablar así. Pero es lo que decíamos: cuando un novelista usa un personaje lo transforma. No existe una novela real, todo es ficción.

P.: Sobre las separaciones, en el libro se dice que “quién no ha perdido a quién quiere mientras le dice que todo está bien, no sabe qué es el amor”.

R.: Exactamente. Pues seguramente a lo mejor tienes que vivir ciertas cosas para poder contarlas. Hay que sabe estar en la vida y, como repito, convivir entre realidad e ideales. Cuando viene la gente con la fórmula perfecta… no, no hay fórmulas perfectas. Cuando encuentras la cura a algo vuelve la enfermedad. Por eso hemos avanzado muchísimo en tecnología pero no hemos resueltos los problemas básicos de la humanidad. Y por eso las novelas van a seguir existiendo, porque los problemas básicos no los van a resolver ni la tecnología, ni la religión, ni la ciencia. Va a ser siempre el enfrentamiento de las personas a la vida y eso contiene todos los grados de degradación y de fascinación posibles.

P.: Sin ningún ánimo de ser una novela generacional, los personajes han vivido su infancia en la dictadura y caminan con la transición, que para el protagonista fue “la transición de los profesores de pegar a no pegar”. ¿Te sientes un poco parte de una generación bisagra?

R.: A lo mejor ahora suena duro contarlo, pero pasaban pegándonos la primera media hora de clase y pidiéndonos perdón la segunda media hora para que no los denunciáramos porque había un ley que, creo que hizo el gobierno de Suárez, que no les permitía pegar. A los padres también les costó entenderlo. ¿Qué cambió en la transición? Me gusta la palabra bisagra, porque mi generación, los que cumplimos 30 años en el 2000, fuimos la bisagra entre el siglo XX y XXI, con todo lo malo que tiene de no encontrarnos en ningún sitio, como lo bueno de darnos una perspectiva sobre las cosas. Cuando mi padre nace, en el pueblo que nace, están en siglo XVI y cuando muere están en el 2001 de Kubrick.

P.: En cierto modo, eres una persona ‘ahistórica’, en oposición a Gus, el carismático y moderno cantante del grupo, que se sube a la última ola de la movida madrileña.

R: Ese era en paisaje. Nunca le ha dado más importancia al paisaje que las personas. Siempre he creído que las personas no pueden ser adscritas a los movimientos. Las encuestas sociológicas están muy bien para definir rasgos comunes, pero no para definir la intimidad de cada uno. Por eso hay sorpresas y se dicen que las encuestas han fallado. No han fallado, las encuestas son así, dan una generalidad, un punto en común. Muchas veces lo que veo es traslación de conceptos sociológicos en personajes, que los convierten en arquetipos muy poco ricos. Alguien de los 70 es así porque mayoritariamente eran así en los 70. No. Yo crecí en los 70 y 80 y formabas parte de algo, pero no eres algo. Algunos eran más y otros menos ese algo y eso es lo que quiero retratar.

P.: Cuando Gus viaja a Londres elige el 7 de julio como fecha simbólica que representa España (en 1822 la Guardia Real se sublevó para volver al absolutismo de Fernando VII). ¿Es una forma de decir que en la historia de España domina la corriente reaccionaria sobre la progresista?

R.: Tengo una relación con España compleja porque me fui a los 21 años y estuve fuera año y medio. Quería huir porque esto me parecía lo peor. Y descubrí que todos los lugares eran igual. Es un reduccionismo pensar que tu país es peor que los demás. A mí, que he sido afrancesado toda la vida, no me hace falta llegar a este momento para descubrir que los franceses también son intransigentes, odian al extranjero o votan a Marine Le Pen. España es España. Y el español lo que tiene que hacer es convivir en esa fricción. Otra fricción más. ¿Qué son los sanfermines? No lo sé muy bien, pero claramente es lo que más importa en España: la fiesta, la muerte. No puedo odiarlo porque forma parte de mí. Si no hay fricción provocas un ciudadano horrible: el que cree que su país es maravilloso. El ciudadano tiene que ser un frente de crítica activa a su país para mejorarlo. Es un país donde hay gente que se muere de hambre, de gente sin casa, que no pueden trabajar en lo que ha estudiado, que se exilia, de gente enterrada en un sitio que su familia no conoce, donde hay un alcoholismo brutal, mujeres sometidas, homosexuales que reciben violencia. Eso hay que criticarlo activamente.

El ciudadano tiene que ser un frente de crítica activa a su país para mejorarlo

P.: Una preocupación para Dani Mosca es la fuerza centrífuga del éxito, que tiende a expulsar al artista de la honestidad y las razones por las que empezó.

R.: La magnitud del éxito tiene su peligro porque es como un terremoto: puede tragarte, separarte de lo que quieres hacer, o pervertirte. No tienes que dejar condicionarte ni por el éxito ni por el fracaso. Todo lo que te separe de tu camino está mal. Si el éxito es un poco viento de cola que te empuja, fantástico; pero si te rompe el mástil, no lo quiero. Yo digo que he tenido fracasos moderados: esos que no impiden que te sigas dedicando a lo que quieres. No me queja nunca. Tengo lectores que creo que me buscan sabiendo que entre nosotros hay una relación particular. Mientras tenga ese cupo no aspiro más.

P.: De hecho, tu protagonista asume sin dramas el cataclismo de la industria musical y rechaza que el artista sea responsable de “buscar nuevas ventanas” en una panorama en el que “sobran profetas”.

R.: Las industrias cambian, lo que no cambia en la esencia. La supervivencia del creador tiene que estar al margen de la tecnología: no que la tecnología marque su camino. Si en algo se ve que el cambio tecnológico es juvenil es en que la gente se pone al servicio de la tecnología, no la tecnología a su servicio. Es la definición de infantilidad: esa persona que cree que lo importante es el coche y no quién está a los mandos.

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