Modelos de negocio: Cómo ganar dinero en un mundo perfectamente copiable (I)

JAVIER CANDEIRAJAVIER CANDEIRA - Melbourne, Australia 

Dicen que la primera víctima de la guerra es la verdad. Yo no lo sé, de hecho siempre he pensado que la primera víctima de la guerra son los civiles. Pero sí que sé que la primera víctima del encarnecido debate entre ciudadanos e industrias del copyright es la sutileza del matiz. Entre las acusaciones mutuas de 'piratas' y 'ladrones', resulta difícil encontrar argumentos que, como el reciente manifiesto en defensa de los derechos fundamentales en Internet, propongan un derecho de autor equilibrado y favorezcan a la sociedad en su conjunto a la vez que reconocen la importancia de los creadores profesionales en la formación de un imaginario común.

En presencia de las tecnologías actuales, la copia privada (masiva, pero privada) es un hecho natural inevitable o, mejor dicho, sólo evitable mediante dos catástrofes: o la vuelta a una sociedad preindustrial o la implantación de un estado policial. Cualquier legislación de derecho de autor equilibrada habría de preservar la copia privada con todas sus consecuencias. Decir que el derecho a la copia privada existe sólo con el papel y la pluma pero no con el ordenador e internet es lo mismo que negar a los ciudadanos el derecho a servirse de los beneficios de la tecnología de su tiempo. La guerra contra el uso privado de esas tecnologías es una guerra de prohibición con nefastas consecuencias sociales.

La legislación por pánico moral es un mal modo de gestionar los grandes experimentos socioeconómicos necesarios para lograr la evolución de las industrias culturales, en este caso la nueva economía de la abundancia cultural. La forma correcta de hacerlo 'bien y a la primera' requerirá una máquina del tiempo. Igual que la influencia de la creación de la imprenta en la Revolución Industrial y la Ilustración parece ahora inevitable pero era difícil de predecir en pleno Renacimiento, los cambios que apenas aciertan a esbozar estos párrafos serán evidentes para los historiadores del mañana. Poco a poco saldrán en las páginas de los periódicos, y luego en los libros de historia. De hecho 'ya' están saliendo en los periódicos, aunque la relación señal-ruido no sea la óptima: cada vez hay más cultura más accesible libremente a más gente, y los esfuerzos de las Coaliciones son sólo dedos que intentan taponar agujeros en un dique que se derrumba.

El dique se derrumba, es cierto. Pero no el dique de la cultura, sino el de los modelos añejos de las industrias editoriales de la cultura. Los nuevos modelos pueden suponer otras hecatombes distintas de las que citaba al principio de este mensaje: la desaparición del negocio de la música grabada, por ejemplo. El mundo de la edición literaria ya está sufriendo grandemente, y el paso al digital puede hacer que desaparezcan los sueldos (que no los trabajos) de muchas personas, no sólo autores sino editores, correctores, diseñadores, impresores... Otros intermediarios perecerán en los cambios a una industria cultural que viva en la abundancia de copias en vez de en la escasez. Pero sigue habiendo lugar para los creadores.

Si los creadores quieren disfrutar de los frutos de su trabajo en una sociedad tecnológica libre, deberán montar negocios en torno a la creación que no dependan de que la gente no se pueda agenciar su propia copia de las obras reproducibles. Esto no quiere decir acabar por completo con el derecho de autor: no existe razón para acabar con el monopolio del creador a la explotación comercial de sus obras. Pero los modelos de negocio post-Internet deberán tener en cuenta la existencia de redes de pares y al público como diseminador de la obra existente. Ni siquiera es necesario que sean negocios que dependan de esa diseminación: basta con que no dependan de la escasez y el control de las copias.

A falta de pan, buenas son tortas

El ejemplo más directo de cómo ganar dinero sin depender de las copias físicas lo tienen los músicos en los conciertos. Ya antes de la llegada de Internet, los Rolling Stones inauguraron la era de los macroconciertos al darse cuenta de que sus ingresos por venta de discos favorecían más a su discográfica que al grupo, mientras que ellos ganaban sobre todo de tocar en directo. Las discográficas también se han dado cuenta, y por esta razón están ahora de moda los contratos llamados '360', en los que la discográfica no sólo gestiona la venta de fonogramas de sus artistas, sino que también actúa de agencia de contratación de actuaciones. Los primeros y más notorios ejemplos fueron Madonna y Robbie Williams, pero estos términos son cada vez más comunes en los contratos de los músicos. Esto sólo puede ser señal de que aquí hay dinero para repartir. 

En el otro extremo del escalafón de los músicos y ejecutantes, muchos artistas sin discográfica venden sus propios discos en los conciertos, y ganan más dinero haciéndolo que lo que ganan otros grupos de éxito equivalente con sus discos de discográfica. Algunos incluso han dejado de vender discos, porque prefieren vender camisetas, que son más baratas de producir, se venden a mayor precio y dejan más margen. Al fin y al cabo, el pop siempre ha sido imagen, y si lo importante para los músicos es la música, lo importante para los músicos como emprendedores es el negocio. Que un músico viva de vender camisetas es tan aceptable (o tan dañino) como que un futbolista viva de anunciar zapatillas. Sólo que, en el caso de los músicos, es un negocio al alcance de 'los pequeños' mientras que la venta de camisetas y los anuncios de zapatillas están reservados a los futbolistas 'grandes'.

A algunos escritores el 'se pueden dar conciertos' no les suena a 'a falta de pan, buenas son tortas', sino más bien al 'si no tienen pan, que coman brioche' de María Antonieta. Mi respeto y admiración para Almudena Grandes y para todos los que logran ganarse la vida escribiendo. Pero tampoco es cierto que, como lamenta Javier Marías, por culpa de la copia privada vaya a llegar un día en que 'ya no habrá más canciones ni películas ni series de televisión ni novelas nuevas'. Por cada novelista que vive de los royalties de sus libros hay un centenar que vive de otra cosa, en algunos casos de dar clases en la universidad. Algunos capturan el prestigio que les da ser autores literarios para escribir en diarios, como hacen, con salarios pingües (y, que conste, bien ganados) los antedichos Marías y Grandes. Otros, ni siquiera: Juan García Hortelano era funcionario, Juan Benet, ingeniero y Torrente Ballester, catedrático de instituto. Y a mucha honra.

Esto ha sido así desde tiempo de Cervantes, recaudador de impuestos y soldado que, como escribió de él el licenciado Márquez Torres en su aprobación de censor a la segunda parte de El Quijote, 'siendo él pobre, [hizo] rico a todo el mundo'. En muchos casos, la creación cultural es un mecenazgo en el que los creadores donan su tiempo (y, en términos económicos, su coste de oportunidad) en favor del común. Negarlo es no ver la realidad y pretender 'volver' a un tiempo en que los autores vivían unívocamente de sus regalías es desear, como Quijano, el retorno de una Arcadia ideal que nunca existió. En último caso, el problema de los autores literarios es una situación que no tiene nada que ver con Internet ni con las descargas, que a menudo se utilizan como conveniente chivo expiatorio para desviar la atención de problemas estructurales.

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