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Un charcutero finísimo

Leocadio Botillo somos todos. Que tire la primera piedra aquel que no ha prejuzgado tirando de topicazos sobre cualquier tema en particular. El caso es que, labia como él, no creemos que tenga nadie. Menudo personaje.

El ajuar universal
CHRIS VAL

Desde Séneca hasta hoy, la Península Ibérica ha sido tierra en la que han fructificado filósofos y pensadores, gentes amantes del discernimiento, de la reflexión, y, sobre todo, necesitados de transmitir sus conocimientos de forma desinteresada a los demás, ya sea subido a un púlpito, detrás de una barra o mientras se conduce un taxi.

Así es Leocadio Botillo, un charcutero de oficio y filósofo de vocación, estudioso de nuestro carácter, fundador de su propia propedéutica, y con una labia que ya la quisiera un concejal de urbanismo. Cuarto y mitad de Psicología, Antropología y Filosofía pero cortado en lonchas muy finas.

Y es que apellidarse Botillo ya de por sí otorga enjundia. Pero si además te llamas Leocadio tienes la certeza de que nada puede salir mal en tu vida. Esa seguridad se ve reflejada en tus palabras. En la certeza de que te va a acompañar toda tu vida un verbo fluido, fácil, que el don de la palabra y la oportunidad te sacará de más de un aprieto.

Ese es nuestro charcutero. Defensor a ultranza de lo de aquí. De nuestras fiestas, de nuestras unidades de medida. De la gastronomía rica en matices. De los bares. Benditos bares. De los inventos españoles, casi todos con palo. De una forma de ser que a veces nos sonroja pero siempre acaba por imponerse.

Y es que ya lo dice Leocadio en su frase más recurrente. Lo de fuera no es que sea malo. Pero es peor.