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El concurso internacional de relatos del magacín 'En Días Como Hoy' elige a su primer finalista

  • Víctor Gutiérrez opta al primer premio con una obra titulada 'Necesidad del necio'
  • El ganador recibirá una beca de 1.000 euros en cursos de la Escuela De Letras
  • Además, la obra premiada será dramatizada en Radio Nacional de España
  • Conviértete en el finalista del mes de diciembre. Puedes enviar ya tu relato

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Víctor Gutiérrez es el finalista del mes de noviembre del Primer Concurso Internacional de Relatos de RNE. El certamen, articulado a través del magacín 'En Días Como Hoy', se enmarca en la campaña 'La cultura en RNE... Porque a ti te gusta'.

La obra con la que Víctor Gutiérrez opta al primer premio -una beca de 1.000 euros en cursos de la Escuela de Letras y la dramatización en RNE del relato ganador- lleva por título 'Necesidad del necio' y está protagonizada por un roble y un gorrión.

Si deseas participar en el concurso y convertirte en el finalista de este mes, puedes enviar ya tu relato. Hasta junio habrá un finalista mensual preseleccionado por Escuela de Letras y RNE. Estos finalistas pasarán a la final de julio y verán publicados sus textos en las páginas web de las entidades convocantes del certamen, RNE y la Escuela de Letras.

Primer relato finalista

Reproducimos a continuación el primer texto finalista.

NECESIDAD DEL NECIO, DE VÍCTOR GUTIÉRREZ

La primavera llegaba lentamente, dando concesiones al invierno y al verano. Después de un largo insomnio un roble comenzaba a despertar. Se trataba de un árbol robusto de porte majestuoso que superaba con facilidad los veinte metros de altura. De su tronco corto, aunque muy grueso, partían varias ramas, las cuales de manera tortuosa se extendían en todas las direcciones. El color grisáceo de la corteza denotaba que se trataba de un ejemplar viejo.
Sobre sus ramas habitaba un gorrión de plumaje pardo con manchas negras y rojizas. Dormitaba y cada cierto tiempo piaba con el fin de encontrar una amante que le permitiera tener, los que seguramente fueran, sus últimos descendientes. La tristeza del gorrión por no encontrar pareja no pasó desapercibida para el viejo roble.

- ¿ Por qué lloras gorrión?- preguntó extrañado el roble.

- Lloro porque soy tan viejo que ya nadie se interesa por mí, estoy sólo, y no soy más que otra hoja sobre tus ramas.

- No te entiendo, creo que la vejez ha nublado en tus ojos la sabiduría de los años- afirmó el roble-. Sube a la más alta de mis ramas, aquella en la que se encuentra la primera flor de la primavera. Observa y dime lo que ves.

Obedientemente el gorrión voló hasta la más alta de las ramas y se posó a la izquierda de la flor. La rama, verde de juventud, acogió al pájaro con un suave balanceo. Desde ahí se podía observar la extensión del parque. Era un día soleado y la gente de la ciudad había aprovechado para dar una vuelta por el renacido lugar. Más allá de las vallas que limitaban el parque se podía ver el constante tráfico, edificios y más edificios. De vez en cuando se divisiva algún que otro árbol, islote en un mar de cemento. Haciendo un gran esfuerzo el gorrión comenzó a describir la escena.

- Alrededor nuestro hay un par más de robles, grandes, pero no tanto como tú. A nuestra izquierda hay un camino que serpentea entre la vegetación. En él hay humanos caminando - el gorrión se tomó un respiro intentando atisbar lo que el roble quería que viera-. Y no se que más contarte, hasta ahí es donde alcanza mi vista.

- Está bien todo lo que has dicho, mas yo me atrevo a describirte todo con una sola palabra.

- ¿Cómo?- pregunto el gorrión sorprendido.

- Yo lo que veo...- el roble suspiró moviendo todas sus hojas- yo veo vida.

El gorrión quedó en silencio un largo rato analizando en su mente cada una de las palabras del viejo árbol. No sabía por qué pero aquellas palabras le habían hecho sentir un inmenso alivio interior. Pero poco a poco las lágrimas volvieron a nublar la vista del gorrión.

- Pero es tan corta, tan injusta, tan insensible, tan irracional, que sólo puedo pensar en que nacer no es más que empezar a morir. La vida que estoy viendo desde aquí es efímera y bella. Demasiado hermosa para no estar triste si me toca abandonarla.

- Es cierto todo lo que has dicho - dijo el árbol lentamente, sin prisa-. Pero, ¿no es verdad que todo fluye? Nada en el universo puede detenerse, todo vibra. La vida es a la misma vez eterna y finita. Cuando tú te vayas la vida no acabará sino que seguirá constante en un inmenso ciclo como el de las estaciones.

El gorrión no sabía si reír o llorar. Todo cuanto decía el árbol tenía sentido. Cuando él muriera todo seguiría su curso, nada terminaba pues con la muerte. Pero sin embargo había un fin, eso no se podía negar. El tiempo existía y nada se podía hacer para ser inmune a su transcurso.

- Pero a mí, ¿de qué me sirve todo lo que dices? De una manera o de otra me toca abandonar esta vida que tanto me ha costado conservar - dijo frustrado consigo mismo-.

- Nunca te podré negar eso, pero al igual que has aceptado la vida con su felicidad y con su tristeza te toca aceptar la muerte como una etapa sucesiva a la vida. Mientras fuiste creciendo aprendiste, cada momento te enseñó diferentes maravillas del mundo. Es por tanto muy necio cerrar los ojos y decir que no quieres seguir aprendiendo pues, en cada etapa de la vida has descubierto parte de tu verdad.

El gorrión no sabía lo que pensar, no estaba triste y no sabría decir si aquello que sentía era felicidad. Su pequeña cabeza se encontraba saturada ante esa nueva visión del paisaje que se extendía bajo sus alas.

Por el camino que transitaba cercano al árbol corría una chica. Haciendo un último esfuerzo se salió del camino y se dirigió hacia el viejo roble. Extenuada por el cansancio, se dejó caer a la sombra del árbol apoyando su espalda en el grueso tronco. Lentamente, la respiración se fue tornando al ritmo normal. Las gotas de sudor resbalaban por su cara. Con avidez cogió un pequeño botellín de agua, la abrió y bebió dos grandes tragos. En ese momento se percató de un pequeño gorrión que estaba en la rama más alta del roble. En un instante el pajarillo desplegó sus alas y comenzó a surcar el cielo, libre y feliz.

- Si pudiera ser como tú- suspiró la muchacha-, sin preocupaciones ni presiones.

Absorta en el vuelo del pájaro dejó que una suave brisa la acariciará. De repente recobró la conciencia y un gesto de preocupación pintó su rostro. Miró ansiosa el reloj que llevaba en su muñeca y se levantó de un salto.

- ¡Oh no! ¡Se me ha vuelto a hacer tarde!

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