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El auge del ocio nocturno y la soberanía de los DJs

  • La actividad en clubes y discotecas alcanza cuotas similares a las de antes del parón de 2020
  • España se consolida como referencia mundial en cuanto a fiesta

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El auge del ocio nocturno y la soberanía de los DJs

Cuando Mark Renton conoció́ a Diane en Trainspotting (Danny Boyle, 1996) no se imaginó́ que su vida fuese a dar un giro de 180 grados. En ocasiones de manera premeditada, con la fecha marcada en el calendario desde hace semanas y en otras de manera improvisada, gestando un plan a última hora, las salidas nocturnas siempre suponen un estímulo importante.

Comprando entrada o de manera gratuita, la experiencia de entrar en una discoteca o club (apreciando la diferencia entre los dos) transmite un amplio abanico de sensaciones para cuerpo y mente de manera simultánea. Enmarcados ambos en lo que denominamos como “ocio nocturno”, millones de españoles y turistas extranjeros frecuentan este tipo de locales semana tras semana, año tras año. Para muchos de ellos supone una manera más de entretenimiento, pero para otros se ha convertido en una manera de entender la vida. Como si de un aficionado a un equipo de fútbol se tratase, hay personas que moldean su identidad sociocultural en torno a un estilo musical acompañado de su respectiva forma de celebración nocturna.

Una industria indispensable

Tras las pérdidas millonarias en los últimos años a raíz de las medidas implantadas con motivo de la COVID-19 a partir de marzo de 2020, la situación del ocio nocturno español alcanza ya de nuevo cuotas similares a las de la antigua normalidad a finales del año pasado. El hiato obligatorio, debido a cuestiones de seguridad social y sanitarias, trajo consigo una merma económica que afectó tanto al empleo directo como al indirecto que genera la industria del ocio nocturno. Para ser conscientes del negocio que se da alrededor de estas actividades de consumo, en 2019 el ocio nocturno facturó en España 20.000 millones de euros, suponiendo casi un 2% del PIB total nacional y dando empleo a más de 250.000 personas, en su mayor parte jóvenes.

Concentrado principalmente en las grandes ciudades, España cuenta con 50.000 locales de ocio nocturno, de los cuales más de 2.000 son discotecas. Con horarios que abarcan prácticamente la integridad de la noche y una amplia diversidad de oferta musical y cultural, discotecas y clubes siguen consolidándose como una de las formas de ocio más populares entre los jóvenes. En este sentido, tras la pandemia, desde FASYDE han apreciado un descenso de dos años en la edad media, de 31 a 29, del público consumidor de ocio nocturno, que da importancia a los contenidos y experiencia, especialmente la calidad de la cultura (aquello que van a escuchar) y lo que la envuelve (el profundo cuidado de lo que la rodea).

España se ha consolidado desde hace décadas como una de las referencias mundiales en cuanto a ocio nocturno y fiesta en general, atrayendo anualmente a millones de turistas en busca de lo que no encuentran en sus regiones de origen. Entre un 20% y un 25% de los turistas extranjeros viajan a España con el primer deseo de disfrutar de nuestro ocio nocturno, casi 20 millones de personas de todas partes del mundo. Pero, ¿quién se encarga de satisfacer a todos estos millones de personas?

La música es un elemento necesario en cualquier fiesta y alguien debe de responsabilizarse de la buena gestión de lo que suena a lo largo de la noche. Salvando todas las distancias posibles, la figura del DJ tal y como la conocemos actualmente encuentra su origen en los años 60 vinculada al comienzo del auge de las discotecas en Estados Unidos y Europa, así́ como a la aparición de la cultura hip-hop y la música disco. Con el paso de los años, la profesión ha ido evolucionando, tanto desde el plano técnico, pasando, por ejemplo, de los vinilos al simple ordenador portátil donde poder almacenar toda la música de la sesión, hasta el plano social, convirtiéndose en auténticos referentes artísticos para millones de oyentes gracias a la sociedad globalizada del siglo XXI.

Drizzyclare (aka de Clara Becerril, Zaragoza, 1997), pese a llevar poco más de dos años desarrollando su carrera artística en esta profesión, ya ha pinchado en salas emblemáticas como Razzmatazz 1 en Barcelona o Café́ La Palma en Madrid, con más de 25 años de historia. Esta joven DJ concibe la cultura club como un espacio donde bailar y disfrutar de la música que te gusta, pero además conocer nuevos sonidos y empaparte de diferentes culturas para ampliar conocimientos y miras. Una de las cuestiones que más preocupa en cada noche de trabajo gira en torno a la percepción del público sobre el set. Cualquiera que haya frecuentado el ocio nocturno de su ciudad habrá́ presenciado cómo alguien se acerca al DJ de turno a pedir X canción del TOP50 España de Spotify. A este respecto, señala que “muchas veces no se tiene en cuenta todo el trabajo previo que realizamos para preparar la sesión y el tiempo que lleva detrás”.

Considera que sigue habiendo muchos lugares donde el público “entiende que puede interactuar y tener decisión de cómo va a ir el transcurso del set”. Ante esto, destaca la necesidad del papel educativo que muchos profesionales toman con gusto para seguir inculcando la cultura club sobre cientos de jóvenes que van a ver sus shows cada fin de semana.

Afters y la negación del amanecer

Para los más valientes o inconscientes hay una opción más allá, para disfrutar de la noche o de la mañana, según se mire. Enfocados en sus orígenes en los años 80 al público ‘techno’, la Comunidad Valenciana tomó la delantera en España en este tipo de locales que solían abrir sus puertas a las seis de la mañana con el fin de adoptar a todos aquellos “peregrinos” que renunciaban a despedir el día de manera definitiva. De manera inevitable, la extensión de los afters recorrió́ toda la península, abarcando más estilos musicales y grupos sociales.

A nivel reputacional se abrió́ una amplia brecha entre clubes y discotecas. Los afters recibieron con los brazos abiertos la normalización del consumo de ciertas sustancias prohibidas legalmente y, por su carácter, el enfrentamiento con vecinos del lugar supuso y sigue suponiendo un hecho prácticamente rutinario en el día a día de estos espacios. Estas “características naturales” de los afters han complicado históricamente la continuidad en el tiempo de los mismos, siendo frecuentes las aperturas y cierres eventuales.

En el plano legal se da una situación tan confusa como cómica en algunas Comunidades Autónomas. Es el caso de Madrid, donde según la Ley 17/97 se declara la ilegalidad de los afters, pero es imposible negar la evidencia de su existencia. Registrados algunos según la licencia de bar-cafetería, tienen prohibida, entre otras cosas, la reproducción de música antes de las 9 de la mañana. No es de extrañar la acumulación de multas y conflictos legales en los que se ven envueltos este tipo de locales que, a ciencia cierta, no parece que vayan a terminar nunca. Todo parece llevarnos a la conclusión de que el ocio nocturno es una gran rueda que parece que no va a dejar de girar nunca en España, al menos mientras la economía se sostenga de manera tan explícita sobre ciertos subsectores del sector terciario.