El voto árabe en Israel: la fuerza de la minoría incómoda
- Los partidos árabes representan a una quinta parte de la población israelí
- Despreciados por los partidos judíos, son clave en el futuro de Netanyahu
Llegan a la cita electoral pese a todo. Un pese a todo largo, que incluye varios intentos de apartarlos de los comicios, ataques verbales –incluso físicos a sus sedes- y señalamientos públicos: son las formaciones con las que no se debe pactar. Dos partidos árabes, Ra’am y la Lista Conjunta, aspiran a recoger el voto de los palestinos con pasaporte israelí, casi una quinta parte de la población.
Sus escaños pueden ser fundamentales para investir a un primer ministro si la suma de los partidos judíos, a favor o en contra de Netanyahu, no alcanza la mayoría absoluta. Los más despreciados son, más que nunca en estas elecciones, una minoría incómoda.
Presentarse y votar en un entorno hostil
No todos los líderes árabes que quisieron optar a un escaño en la Kneset han podido presentarse. Varios partidos, entre ellos el Likud de Netanyahu o Poder Judío, de Itamar Ben Gvir, intentaron apartarlos de las elecciones. Lo hicieron con argumentos manidos, vinculándolos con el terrorismo o denunciando que negaban la existencia de Israel como un Estado judío y democrático. El Tribunal Supremo fue, como en ocasiones anteriores, la tabla de salvación para casi todos.
Todos menos uno, Sami Abu Shehadeh, líder de Balad, uno de los partidos que integran la Lista Conjunta. Decidió retirarse a última hora de la carrera para no poner en peligro la presencia de la coalición en las elecciones. Un artículo publicado en un medio israelí en las horas posteriores al 7 de octubre de 2023, en el que algunos interpretaron un apoyo al terrorismo que él negó y que sigue negando tajantemente, le llevó a un callejón sin salida.
Horas antes de retirarse, Sami Abu Shehadeh estuvo hablando con TVE en la antigua ciudad árabe de Jaffa, ahora convertida en un barrio de Tel Aviv. En ese momento la comisión electoral, un organismo político de mayoría judía, había vetado provisionalmente a Ra’am y a la Lista Conjunta de las elecciones. "¿Qué nos están diciendo? ¿Que el 20% de la población no tiene derecho a tener sus representantes y su propia agenda política? Eso es racismo", lamentaba.
Los partidos árabes son esenciales, nos insistía, para defender los derechos de una población desatendida, discriminada. Shehadeh nos ponía ejemplos de ello: Israel no construye hospitales en las poblaciones árabes, no prevé paradas de tren en ellas. Hay un desequilibrio enorme en la inversión. Alguien tiene que luchar por ellos, por esa parte de la población etiquetada aquí como los árabes-israelíes.
Los árabes-israelíes son descendientes de los palestinos que habitaban en esta tierra antes de la creación del Estado de Israel, víctimas y supervivientes de la Nakba. Tienen pasaporte israelí, pero son considerados enemigos internos por algunos partidos judíos. En el mismo local en el que nos atiende Shehadeh, académicos israelíes alertaron de la deslegitimación constante que amenaza a las formaciones árabes desde hace tiempo.
Una de ellas es Amalia Sa’ar, antropóloga en la Universidad de Haifa. "Los partidos árabes deberían ser considerados como aliados para parar los intentos de reforma judicial, para construir algo que se parezca a una verdadera democracia y que nos aleje del camino de la dictadura", comentaba ante periodistas y diplomáticos. Pero prácticamente todo el espectro judío los rechaza. Y el rechazo es tal que desde hace días verbalizan una preocupación creciente: que durante la jornada electoral veamos escenas de violencia, de intentos de intimidación, para que los palestinos con pasaporte israelí no acudan a las urnas.
La alianza demonizada
Sin quererlo, las formaciones árabes se han convertido en protagonistas, casi ejes de esta campaña. El Likud, el partido de Netanyahu, ha manipulado fotos para reunir a los líderes de Ra’am y de la Lista Conjunta con los líderes de la oposición judía. Usando la inteligencia artificial, han difundido un vídeo en el que el principal rival de Netanyahu, Gadi Eisenkot, abrazaba a Mansour Abbas, líder de Ra’am. Eisenkot tuvo que aclarar que no incorporaría a los partidos árabes en su gobierno, que ninguno de esos partidos reunía las condiciones para ello. Acercarse a los árabes se ha convertido en un tabú, más todavía después de los ataques de Hamás del 7 de octubre de 2023.
El líder de Raam, Mansour Abas AFP
Solo uno de esos partidos, Ra’am, logró entrar puntualmente en un gobierno israelí en 2021, en una breve experiencia durante el ejecutivo de Naftali Bennett y Yair Lapid. Difícilmente veremos a un partido árabe en el gobierno de nuevo, pero hay varias incógnitas que despejar: si el bloque judío de oposición a Netanyahu aceptaría el voto de los partidos árabes, al menos sus abstenciones, para abrir una nueva etapa en Israel; si sería posible un gobierno en minoría con un apoyo árabe desde fuera, y si la sociedad judía aceptaría hoy por hoy esa fórmula.
"Pactar con los partidos árabes es un tabú porque somos un país racista. Me duele decirlo, pero es la única explicación", cuenta Meir Margalit, historiador y activista por la paz. Algunos líderes, lamenta, intentan relacionar constantemente al 20% de la población con el terrorismo, mezclándolos en una gran ensalada con Hamás o con Hezbolá, lo que los convierte en enemigos internos en el imaginario colectivo. Lev Grinberg, sociólogo, apunta que, para la inmensa mayoría de israelíes, los árabes no son parte ni del eje derecha-izquierda, ni del Netanyahu sí o Netanyahu no. "Están directamente fuera del espacio político, considerados casi partidos ilegítimos que no deberían participar en la política de Israel. Han sufrido un proceso de deslegitimación total", apunta.
Peso, participación y posiciones
Una participación alta entre los árabes con derecho a voto puede complicar las opciones de Netanyahu de sumar los apoyos suficientes para seguir en el poder. Empresas demoscópicas citadas por medios como The Times of Israel prevén que su participación llegue este año hasta el 63%, siete puntos más que en 2022. "Hay una parte de los palestinos que elige no votar en las elecciones israelíes", explica desde Ramala Inès Abdel Razek, codirectora del Instituto Palestino para la Diplomacia Pública. "No están interesados en ellas, y optan por boicotearlas porque creen que la Knesset, el parlamento, es una institución colonial que nunca va a defender sus intereses", continúa.
Si van a votar, tienen dos opciones. La primera es Ra’am, de Mansour Abbas. Esa lista ha incorporado como número dos a un judío, Yoav Segalovich, que ocupó altos cargos en la Policía israelí. Su programa se centra en mejorar las condiciones de vida de la población árabe participando en las instituciones israelíes, prometiendo, por ejemplo, que van a luchar contra las mafias y el crimen organizado. La Lista Conjunta es la unión de tres formaciones, Hadash, Ta’al y Balad: árabes sumando fuerzas con algunas voces de la izquierda israelí, como el partido comunista. Han sido tan demonizados por buena parte del espectro político israelí que incluso han sufrido ataques en sus sedes durante la campaña.
La mayoría de las encuestas dan a la Lista Conjunta más diputados que a Ra’am. Sondeos que, en todo caso, apuntan a un récord de escaños para las formaciones árabes si el votante se moviliza. Y eso determinará su rol final: en qué medida esa minoría incómoda puede construir mayorías para apartar a Benjamin Netanyahu de los mandos de Israel o bloquear la gobernabilidad si nadie quiere contar con ellos.