'El día de la revelación': Steven Spielberg recarga y clausura su personal catarsis extraterrestre
- El director añade una capa política al esquema de Encuentros en la tercera fase en su nueva película
- “Junto a E.T. es la tercera parte de una trilogía”, dice el director a TVE
Con 17 años, en el instituto, Steven Spielberg filmó con una cámara de Super 8 su primera película de extraterrestres. “Era insufriblemente larga, duraba dos horas y media”, recuerda en una entrevista con el Telediario de TVE. Han pasado 63 años, pero Spielberg conserva el mismo impulso sobre la misma cuestión: “Me sentía atraído por lo desconocido, que nunca me parecía aterrador, sino curioso”.
El día de la revelación es la culminación de esa conmoción infantil, que el cineasta ha conservado, aunque inevitablemente se ha ido impregnando de capas tras más de 50 años de carrera: la película puede resumirse como la esencia de Encuentros en la tercera fase –a saber, dos personas que sienten como una llamada espiritual la llegada de vida extraterrestre- a la que suma una trama política intensa sobre el control de la información.
Como si fuera Indiana Jones, El día de la revelación comienza a toda pastilla. Josh O’Connor es perseguido por una oscura organización gubernamental (liderada por Colin Firth) de la que posee secretos. O’Connor interpreta a un denunciante con, aparentemente, las mejores intenciones: un Edward Snowden que ha sustraído datos que considera deben ser públicos porque “cambiarían la historia de la humanidad”.
En paralelo, en Kansas City, la periodista del tiempo de una cadena estatal (Emily Blunt), tras recibir la extraña visita de un pájara rojo, desarrolla una empatía absoluta: comprende qué aflige a cada persona con la que se cruza, además de poseer súbitamente el conocimiento de todas las lenguas, incluida una de sonidos no humanos.
Los personajes de O’Connor y Blunt, que no se conocen, empiezan a comprender que están secretamente ligados por un hilo más allá de la comprensión humana. Hasta ahí, en la trama resuena el esquema de Encuentros en la tercera fase donde Richard Dreyfuss y Teri Garr sentían la inexplicable llamada de acudir a la Torre del Diablo de Wyoming para acabar recibiendo a una comitiva extraterrestre.
La diferencia es que lo que en Encuentros en la tercera fase era pureza y sencillez, en El día de la clausura está recargado de intriga y efectos, hasta el punto que a veces se asemeja más a Minority Report. De alguna manera, es como si se añadiese el virtuosismo narrativo de Spielberg por acumulación hasta degradar la esencia. El día de la clausura es tan discursiva que Encuentros en la tercera fase parece abstracta en comparación, algo de lo que Spielberg es obviamente consciente. “Sentía que algo ocurre en el mundo: mucha gente de las fuerzas aéreas, en el Congreso, o dentro de la inteligencia, se están convirtiendo en denunciantes y están hablando. Algo está sucediendo y pensé que quizá podía contar una ficción que, quizá, en algún tiempo pueda ser más ciencia que ficción”, dice Spielberg.
Ciencia ficción extemporánea
La película viene con el hype de ser lo mejor de Spielberg en las dos últimas décadas –algo aventurado si se recuerda que ha firmado obras como El puente de los espías, Los papeles del Pentágono o West Side Story. Lo que sí se puede decir sin miedo es que no alcanza la magia de Encuentros en la tercera fase o E.T., películas que Spielberg considera “ciencia-especulación” y “fantasía científica” respectivamente.
¿Funciona El día de la clausura? Absolutamente. Es difícil no apreciar el talento único de Spielberg para guiar al espectador y su pericia narrativa. Y coincidir con el mensaje de que la empatía es la solución de toda confrontación humana. Aunque más extemporánea –concretamente de la infancia de Spielberg- quedan ya la idea de platillos volantes y cráneos de ojos grandes que nos visitan mientras el poder quiere ocultarlo.
Josh O'Connor y Emily Blunt en 'El día de la revelación'.
Quizá es más bonito quedarse con la idea del arte como impulsor de esa empatía, presente en una secuencia del corazón de la película en la que se reconstruye el decorado de habitación infantil –una ficción- para que un personaje pueda acceder a los secretos de su infancia y de su alma, es decir, un buen resumen de la propia carrera de Spielberg.