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Fatih Akin: "La vergüenza conecta a las generaciones con el pasado"

  • El director turco-alemán se alza con el premio a Mejor Película del BCN Film Festival por su La Isla de Amrum
  • Akin reflexiona sobre el peso de la memoria colectiva y el rechazo a la herencia ética en su última película
Fatih AKin
RUBÉN LUENGO (Barcelona)

El cine de Fatih Akin siempre ha orbitado alrededor de personajes que cargan con una identidad en conflicto. En La isla de Amrum, esa identidad ni siquiera ha nacido todavía. El protagonista es un niño que no ha hecho nada, pero que ya vive bajo el peso del pasado. "No eres culpable, pero estás conectado", resume uno de los diálogos clave del filme, que Akin señala como el corazón moral de la historia: la herencia emocional del nazismo y la vergüenza como vínculo entre generaciones.

El director presentaba la película en el pasado BCN Film Fest, donde la cinta se alzaba con el premio a la Mejor Película. El drama ambientado en 1945, en los últimos días de la Segunda Guerra Mundial, sigue a un niño que crece en la isla alemana de Amrum mientras el régimen nazi se derrumba; un relato sobre la pérdida de la inocencia y la construcción de la memoria desde la infancia.

"La vergüenza es un sentimiento muy fuerte, quizás la sensación más negativa"

Akin, en conversación con RTVE, ha insistido en que la película no habla tanto de la culpa como de la conexión. "La vergüenza es algo fuerte. Nadie quiere sentir vergüenza, es una sensación negativa", ha explicado. Ese sentimiento, según el director, atraviesa sociedades enteras y no solo individuos. El niño protagonista no tiene recuerdos propios, pero sí una atmósfera moral que lo rodea. No huye, como otros personajes de su filmografía; se dirige hacia lo que será. "Está corriendo, no huyendo de sí mismo, sino corriendo hacia sí mismo", afirma.

La infancia, en este caso, funciona como prólogo. Akin describe la película como el origen de muchos de sus personajes posteriores. "Todos mis filmes son sobre el movimiento. Cuando hay movimiento físico, también hay movimiento interior", señala. En La isla de Amrum, ese movimiento es casi imperceptible: un niño que intenta pertenecer, que busca la aceptación de los demás y que interioriza normas morales que aún no comprende.

Fatih Akin durante el BCN Film Festival

El proyecto nace además de una historia real. El cineasta alemán Hark Bohm, mentor y colaborador de Akin, quería rodar una gran película sobre un juez de las SS, pero el proyecto resultó inviable. Fue entonces cuando confesó el motivo íntimo: su infancia en Amrum y la detención de su padre nazi delante de él. Akin le propuso contar esa historia más pequeña y personal. Finalmente, la enfermedad de Bohm hizo que el director asumiera la película. "Empecé como una misión, como un director contratado… pero en el camino entendí que era una película de autor. Una película personal", recuerda.

La mirada de Akin evita el determinismo. Aunque el entorno está marcado por el nazismo, la película no es fatalista. El director la entiende como una historia sobre escapar de la condena heredada. La guerra aparece casi fuera de campo, como una presión moral que moldea la infancia. La isla se convierte en un microcosmos: adultos que se adaptan, otros que ocultan su pasado y niños que absorben todo sin comprenderlo.

El triunfo en Barcelona refuerza esa lectura. La película fue reconocida como mejor largometraje del festival, consolidando una obra que explora la pérdida de la inocencia desde el final del régimen nazi y la necesidad de construir una memoria propia frente al legado familiar. En su mensaje tras el premio, Akin agradeció el reconocimiento y afirmó: "Me emocionó mucho estar en Barcelona y compartir la proyección con el público".

Todas mis películas son sobre el movimiento, incluso sobre el movimiento interior

El cineasta trabaja ahora en varios proyectos, entre ellos uno sobre el antisemitismo contemporáneo en Alemania. Reconoce que escribirlos está siendo lento. "La experiencia es genial porque puedes relajarte… pero también te hace más lento. Piensas dos, tres o cuatro veces", explica. El resultado, sugiere, será un cine más reflexivo, menos impulsivo, más consciente del peso político de la memoria.

Con La isla de Amrum, Akin filma el momento en el que la Historia se infiltra en la identidad antes de que exista una identidad. No hay culpa, pero sí herencia. No hay memoria, pero sí vergüenza. Y ese territorio ambiguo, entre la infancia y la responsabilidad, es donde el director encuentra su película más íntima.