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Josele Santiago: "Madrid, antes de La Movida, no era una ciudad gris y triste. Ni por el forro"

  • El líder de Los Enemigos publica sus memorias, Desde el jergón, en donde vivisecciona cuatro décadas de carrera
  • La banda de rock regresa este otoño con nuevo disco titulado Canciones chulas
Josele Santiago
Josele Santiago, líder de Los Enemigos Berta Barcons
Javier Villuendas
Javier Villuendas

"Habrá que limpiar los colores que hay en tu cristal. ¿Lo ves claro ya? Bienvenido, hijo, a la realidad", satiriza Josele Santiago (Madrid, 1965) en uno de los clásicos de Los Enemigos, "La cuenta atrás", cuyo estribillo sentencia: "El mundo rula y al caer, ¡se muerde la cola! ¿Por qué has tenido que crecer? ¡Maldita la hora!". Pesimismo aliñado de ironía de una refinada banda de rock, que, con ya cuarenta años de trayectoria, tras idas y retornos, volverá en otoño con un nuevo disco de título guasón: Canciones chulas

Y, sin embargo, aquí no venimos a hablar del futuro sino de lo contrario: el pasado. Pues Josele, reputado escritor de canciones y letraherido, se ha animado a escribir sus memorias, Desde el jergón (ed. Contra), en donde vivisecciona su carrera y también las relaciones ‘enemigas’ en un grupo (con sus muchas filias y alguna fobia) que no deja de ser como el ‘reality’ Gran Hermano pero en furgoneta por carreteras secundarias, amén de sus adicciones, y, entre todo esto y mucho más, la historia de un barrio, Malasaña, cuando molaba.

Entre La Movida y el indie, Los Enemigos hicieron muchos amigos aunque Josele tampoco hace prisioneros si le parece, con un estilete a veces hilarante.

PREGUNTA: Un día reparó en que su vida había sido contada en "versiones no solamente dispares, sino en su mayoría escasas de puntería". ¿En qué sentido eran desatinadas?

RESPUESTA: Bueno, pues un montón de chorradas que se han dicho en estos 40 años. Incluso se ha dicho por ahí que soy del pueblo de mis padres, Cabra, en Córdoba, y no de Madrid. Hay mucha información falsa, se han dicho muchas tonterías. No me encuentro cómodo con que haya información falsa acerca de mí y de mi banda corriendo por ahí por las redes y por su puta madre. Pero tampoco me pongo a escribir el libro por eso. Pero sirve para repararlo, sí, yo doy fe de que es cierto lo que se cuenta en este libro (risas). ¿Cómo que natural de Cabra? ¿Pero qué dices? Y así muchas más cosas. Recuerdo una crítica de un concierto que se suspendió y al día siguiente salió en el periódico local que había estado de puta madre y que fue de maravilla.

P: Un disco clave para usted fue el ‘Funhouse’ de Iggy Pop and The Stooges. 

R: La primera vez que lo escuché fue siendo muy jovencito. Al momento me conecté con él. Una conexión sideral. Creo que es el disco que recopila todo lo que me gusta, todo está ahí metido. La cara A no puede empezar mejor. Y la cara B tiene "L.A. Blues" de cierre que que es un puto flipe. O sea, podría ser de John Coltrane. Conecté con ese disco desde pequeño y sigo conectándome con él. No sé por qué, pero esas cosas pasan.

P: Cuando comenzó en esto, ¿pensaba que iba a hacer historia del rock en España? 

R: No sé por qué yo tenía una fe inquebrantable en que, de alguna manera, iba a funcionar esto. Tampoco historia de rock and roll ni de nada. Que iba a funcionar, eso lo sabía y no sé por qué. Por aquella época era muy distinto lo de conseguir trabajo, conseguías apaños con relativa facilidad. Hice dos años de Filosofía y, de repente, dejé los estudios por el grupo. Y entonces sobrevivía a base de apaños, de trabajos temporales. Y si salía un bolo con Los Enemigos, que por cierto salían y no teníamos problema en ir sin cobrar a los sitios, con que nos pagaran los gastos, la gasolina y cuatro cervezas, nos íbamos al quinto coño y yo dejaba el trabajo que tuviera y ya buscaría otro. Tampoco era algo ambicioso. O sea, no queríamos triunfar. No se nos pasaba por la cabeza eso, pero sí vivir de la música. Y también que Los Enemigos iban a funcionar y, hasta que no funcionaran, no lo íbamos a dejar. Había una especie de fe. O en vez de fe, llámalo cabezonería. Yo pinchaba discos, hacía de transportista pero si salía un bolo... Más que fe y cabezonería era nuestro sueño. Un sueño que teníamos, éramos jóvenes, y pensábamos que los sueños hay que intentar cumplirlos. Si no salen pues mala suerte, pero si tienes un sueño vete a por él, hombre, no te conformes con cualquier mierda. Y mira, al final han pasado 40 años y aquí seguimos.

Josele Santiago

Josele Santiago BERTA BARCONS PONT Berta Barcons

P: A lo largo de la autobiografía cita varios libros y escritores, y recuerdo que hace años comentó que ‘La montaña mágica’ era su libro favorito. ¿Cree que el influjo de la lectura en su generación musical era más fundamental que ahora? ¿Quién utiliza hoy en una canción la palabra ‘jergón’? 

R: No tiene tiempo ahora nadie para nada. Y se lee mucho menos y la música se escucha de fondo mientras haces algo. No sé, tuve la inmensa suerte de que en mi casa había una biblioteca bastante completa recopilada con criterio por mi padre. Era un barrio obrero e iba a casa de mis amigos y no había ni un puto libro. Veía la enciclopedia verde esa a todo el mundo y poco más. Entonces eso fue determinante para mí. A los 12 años ya estaba leyendo a Cortázar, por ejemplo, y este tipo de cosas. Iba jugando por la biblioteca, que me encantaba. He sido lector compulsivo. No concibo la vida sin la literatura. 

P: Unas letras ‘enemigas’ en las que suele meter algo de humor para aliviar su negrura.

R: No siempre porque tuvimos épocas muy negras. Pero sí, sin una pizca de humor, más o menos grande, no funciona nada. Es fundamental en el arte. Hay canciones que no tienen ni una pizca de humor, pero pertenecen a la época más oscura nuestra cuando se mató Lalo y que yo empecé a tener problemas serios. Ahí no, no lo ves. O quizá igual un poquito de retranca sí. Pero todos los clásicos meten un poco de humor o al menos sarcasmo. Es algo fundamental que cualquier lector compulsivo se da cuenta, ¿no? A ver, ¿cuál es la obra más más conocida o más internacional o más universal de este país? Pues El Quijote. Y está lleno de humor. A la vez es muy patético y muy triste la historia de Don Quijote, pero el humor es una constante en todo el libro. ¿Y si no hubiera ese humor? Pues seguramente sería un libro más. 

P: Jorge Martínez y sus Ilegales también tenían mucho humor, y también son historia del rock de España.

R: Claro, Jorge también era un gran lector, un tipo muy muy culto que hablaba un castellano precioso. Podías estar horas escuchándole y lo considero uno de los mejores letristas que ha tenido este país. Y con su pérdida, yo personalmente, he perdido un gran amigo. Como digo en el libro, de hecho, el país ha perdido gran parte de la poca lucidez que tenía. Era un personaje muy importante para mí, porque también fue un maestro, me enseñó muchas cosas. No directamente, no me refiero a que me diera clases de guitarra ni nada por el estilo, pero escuchándole hablar y escuchándole cantar, escuchando y leyendo sus letras, aprendí muchísimo. Y luego forjamos una amistad muy bonita porque era un gran amigo. También era el peor enemigo, ¡cuidado! Pero era un tipo que valoraba la amistad. Y, en el fondo, con esa armadura de tipo duro y tal, que también lo era, era una ternura.

P: Su primera canción fue a Florinda, la señora de la limpieza de su bloque. "Su existencia no parece digna de ser relatada por la emergente cultura de 'lo auténtico' que se extiende por Malasaña. La imaginería del rock a nosotros no nos dice gran cosa, ni mujeres fatales, ni lencería fina, ni cuero negro, ni leches en vinagre". ¿Cómo era esa emergente cultura de 'lo auténtico' sobre la que ironiza?

R: Es que se trataba de copiar a los americanos. Nada más, punto, no había más que rascar. Esa era la autenticidad en el rock español. Entonces era como para descojonarse de la risa.

P: La autenticidad era ser copiones.

R: Bueno, intentar parecer lo más americano posible. Y conocer grupos que no conocían ni su puta madre y todos americanos, por supuesto, algún inglés que otro. Consistía en eso la autenticidad. O, por lo menos, no sé si era otra cosa y no supe verla. Yo convivía con la autenticidad a diario, porque vengo a Malasaña muy pronto. Ahí se concentraron muchos auténticos de estos pero también un montón de gente melómana, de gente que le gustaba la música, en general y sin prejuicios, porque era, no olvidemos, la época de las tribus urbanas y toda esta cultura cerril. Rockers, mods, punks… Si te gustaba el rock no te podía gustar el punk, pero éramos muchos a los que nos gustaba todo. Aquello era muy frustrante para mí y para muchos más, gente aficionada a la música, al rock, en general. Pasó a formar parte más como posicionamiento social que como fuente de información, cultura y disfrute. Entonces en Malasaña empezamos a juntarnos gente que renegábamos de las tribus y se montaron bares musiqueros, muy rockeros, en los que se podía escuchar buena música sin ningún tipo de prejuicios. Porque aquello de las tribus urbanas acababa a hostias siempre. Yo creo que era una excusa para darse de hostias. Y entonces en Malasaña lo que empezaron es a abrir bares muy cerquita unos de otros y con lo cual podías hacer un recorrido interesante. En los que podías tomarte una buena copa que no fuera garrafa, cosa muy común en aquellos tiempos, y escuchar música de todo tipo sin ningún tipo de problema. Y descubrir además un montón de cosas que hacer para un aspirante a músico. Aquello era un paraíso y una fuente de información inagotable, porque por allí se pasaban muchas lumbreras, gente de la radio, de la prensa musical, gente con mucho criterio que conocía un montón de grupos que yo desconocía. Podías estar hablando de música con Jesús Ordovás. Era era otra cosa muy distinta y es lo que nos atrajo a muchos hacia allí.

P: Podría ser el mejor barrio de rock del mundo de tantos garitos que había... ¿Qué le parece en lo que se ha convertido? 

R: A mí se me caen los huevos al suelo cada vez que voy. Se ha convertido en un barrio hipster a más no poder. No tiene nada que ver. Está lleno de bares limpios. A mí no me gustan los bares limpios. Tienen que tener su grasa y su serrín. Eso se ha acabado. No tiene nada que ver con lo que llegó a ser.

Josele Santiago Berta Barcons

P: Comenta que a la gente de La Movida le encantaba "sentar cátedra y prohibir cosas. Todo el mundo vive aterrorizado ante la idea de no enterarse a tiempo y quedar como un garrulo". Aunque oficialmente ha quedado como un movimiento de apertura de miras y libertad.

Quizás al principio sí, antes de que fuera denominada Movida y eso. Y ha habido una serie de grupos, para que andarnos con rodeos, horrorosos. Y que bueno, tenían otro espíritu, ¿no?, respecto de los grupos que había antes. A mí lo que me da más rabia de todo es que haya echado raíces la idea de que antes de La Movida Madrid era una ciudad gris, triste, en la que no se podía uno divertir. Y esto no es así ni por el forro. Había un montón de bandas estupendas que no eran del rock sinfónico haciendo solos interminables ni mucho menos, como también ha echado raíces la idea. Y que bueno, más o menos, podías ir a conciertos de puta madre todos los fines de semana. Luego con La Movida esto de los bares musicales y de las actuaciones en garitos pues empezó a proliferar. Antes era más difícil, pero la información estaba en la calle. Estaban los carteles pegados y había un montón de bandas maravillosas. Estaban Leño, Cucharada, que eran delirantes y digno de verse. Estaba Asfalto, Mermelada… había muchos. Todo esto un poco a espaldas, era mucho más underground. Y a espaldas de los grises, que igual venían y te desmantelaban el concierto a hostias. Pues qué le vamos a hacer. Cuando empezó La Movida y todos estos grupos, que también pueden haberse preocupado por afinar las guitarras, había más permisividad. Ya hacía más tiempo que había muerto el dictador y había más libertad. Y es cierto que esta gente de La Movida, que eran sobre todo del barrio de Prosperidad, ayudó mucho a que esto fuera así, a que empezaran a hacer leyes más permisivas con la juventud. Pero no salieron de la nada, hay un precedente muy claro de un montón de músicos y un montón de grupos y un montón de colectivos que animaban el cotarro. Madrid no era una ciudad aburrida para nada. Y luego muchos grupos de estos de La Movida empezaron a hacer cosas muy interesantes. Pero después, mucho después. Al principio, de músicos tenían bastante poco. Pero grupos como Gabinete Caligari, incluso Alaska… A mí hay discos de Dinarama que me encantan. También salieron los Golpes Bajos. Aprendieron y se empezaron a tomar las cosas más en serio y es cierto que mucha gente empezó a a a crear algo nuevo de una manera muy amateur. Fotógrafos, pintores, de todo… Pero creo que se ha sobrevalorado aquello. Hay un capítulo en el que hago un poco de coña de esto porque tampoco es el principio fundamental de todo. Antes había más cosas, coño.

P: Y entre La Movida y el indie, Los Enemigos. Llegaron en medio. De estos últimos, se preguntaba a veces sí hacían a propósito tocar tan mal.

R: Un poco de sarcasmo. Nosotros estamos a la mitad, entonces nos identificamos con ninguno de los dos. Tampoco nos hubiéramos identificado con ningún movimiento ni tribu ni nada de esto porque, más que nada, para mí el rocanrol es lo contrario de la ortodoxia. Puedes hacer lo que te salga de los huevos, es la forma de arte más abierta que he conocido. Fíjate la cantidad de concepciones que hay dentro del rock. Para mí cualquier tipo de ortodoxia me produce urticaria.

R: Cuando relata la separación de la banda, se habló de ir en limusina al que entonces sería el último concierto. Y se negó. 

P: Se habló. Pero eso no casa con el espíritu de la banda. Somos una banda que no tiene nada que ver con limusinas ni con ni con jet privado. Vamos, que no vamos de estrellas por la vida. Vamos, más bien, de lo contrario. Yo no escribía sobre mujeres fatales, la primera canción sobre una mujer que me vino a la cabeza fue la de la señora de la limpieza de mi escalera. Fue una idea que surgió tontamente en el local del plan de celebración de nuestro último bolo. Pero vamos, si queréis ir en limusina vosotros mismos, yo iré en metro.