"¿Quién soy yo?": Patti Smith, la hija pródiga de un santo que no se parecía a su familia
- A finales del año pasado vio la luz Pan de ángeles, las nuevas memorias de la autora de Horses
- El descubrimiento de un secreto genético en la madurez reordena una vida en la que todo tiene potencial poético
Bob Dylan me preguntó si conocía a alguna cantante para su nuevo disco.
—Bueno, yo soy cantante—respondí.
—No, me refiero a una cantante.
—¿Es que piensas que no soy una cantante de verdad?
—No—dijo entre risas. A ver, tú eres más como yo.
Fingí ofenderme, pero en el fondo me sentí halagada.
A finales del año pasado se publicaron las memorias de Patti Smith, Pan de ángeles (ed. Lumen), una autobiografía que se detiene, aunque no solo, en tres frentes por los que no sobrevuela: la infancia en Chicago en ‘La Parcela’, la hermosa relación con su amado Fred ‘Sonic’ Smith y una parte final, centrada en sus últimos años, casi detectivesca (y no es para menos). Y todo en un estilo poético “en contacto con otros niveles de la realidad”, según William S. Burroughs, que desata una mullida intensidad.
"Todo el mundo ha muerto, todo está olvidado, se hace eco una voz. Hago recuento de quienes todavía me acompañan. Me detengo en la cara de mi hermana, ingenua pero sabedora de todo. Mientras ella esté aquí, nuestros recuerdos estarán a salvo. Pero ¿qué será del futuro cuando faltemos las dos? Escribe para ese futuro, me dice la pluma", apunta su objetivo desde el prólogo sobre "los primeros y los últimos momentos de todo ente vivo".
"Una historia sobre genética"
Opina el cineasta Albert Serra, devoto lector de biografías del CEO de Ryanair, que en este tipo de libros la parte de la infancia le resulta un peñazo porque son todas iguales. Y, sin embargo, leyendo a la señora Smith es valioso leer las huellas, las creencias, las pistas, los dimes y los diretes que luego impulsan aún más el ya de por sí copernicano giro final de la autora de "Dancing Barefoot" al descubrir a muy avanzada edad que el que creyó siempre por su padre no era tal (biológicamente hablando).
El desvelo de esto es de película desde el principio. Su madre, en 2002, le dice de repente por teléfono que le tiene que contar "una historia sobre genética". Patti le viene a decir: “Venga, va, cuéntamelo ya”. Y la matriarca le explica que mejor en persona. Y así quedan en hablar de ello la siguiente vez que se vieran con el imprevisto no baladí de que su madre posteriormente tiene una grave caída por el que es hospitalizada y olvida completamente el diálogo.
Una mujer observa a Patti Smith en dos fotografías del fotógrafo estadounidense Robert Mapplethorpe en una exposición de 2010, en Dusseldorf (Alemania)
Entonces, aparece el recuerdo de la bisabuela que tenía su propia teoría sobre que la rockera era realmente hija de un tío de su madre, una historia desestimada, un meandro más de un conjunto de implosiones, hasta que, finalmente, en 2012, Patti Smith y su hermana Linda se hacen las pruebas de ADN y se dan cuenta de que son medio hermanas. Tampoco vamos a contarlo todo para dar margen a leer una autobiografía que merece la pena incluso por la ídem que vas a pasar leyéndola. O sea, por su objetiva finura.
Las fotos familiares, confeti negro
Ante esta revelación a sus casi 70 años, hay que volver a leer estas palabras al inicio del libro que adquieren una nueva condición: "¿Quién soy yo? A menudo me había hecho esa misma pregunta. Era feliz con mi familia, pero no podía sentir un extrañamiento inherente. Desde luego, no se debía a la falta de amor. Alicia buscaba por todo el País de las Maravillas y luego en A través del espejo con la esperanza de encontrar una imagen reconocible de sí misma. Por mi parte, me preguntaba por qué yo parecía tan diferente, tanto en el aspecto como en el temperamento. No reconocía mi cara en las caras de mi familia, cosa que despertaba comentarios maliciosos por parte de los vecinos".
Y aún más misterio, cuando de rapaz le suplicó a su madre que le enseñara las fotos familiares: "Arrastré una silla hasta el armario del dormitorio, me encaramé y agarré la enorme caja blanca, pero noté que algo se movía y la solté. Mi madre gritó al ver que una horda de ratas se escabullía en todas direcciones. Horrorizada, se agachó y abrió la tapa. Suspiramos a coro al ver que habían quedado reducidas a jirones. Todos los preciosos recuerdos habían desaparecido. Cada una de las fotografías irremplazables habían regresado al éter, hechas jirones para construir nidos, como hebras de tabaco de mascar y confeti negro. Todas las fotos que habían despertado nuestras ávidas miradas y habían alimentado nuestras mentes inquietas. Nos quedamos sobrecogidos. Mi madre se pasó días llorando”.
Solo quedó una foto familiar, del padre, propiedad de Patti, enmarcada en estaño.
Rimbaud, Mapplethorpe, Bob Dylan….
Testigo de Jehová por guía materna, una infancia con una salud fragilísima que cuando contrajo el el virus A (H2N2) casi acaba con su vida, ver el atropello mortal de su perro, la epifanía con Picasso, las fotografías de Vogue, el cuento ‘El egoísta gigante’ de Oscar Wilde o los poemas de Yeats, la oposición a no elegir entre el Peter Pan niño y la Wendy niña (“era mejor contener a ambos)... y el pan de ángeles. Es decir, el alimento espiritual que nutre a la artista.
“Es lo que ansía quien escribe. En una cafetería al amanecer, en un salón vacío de un hotel o garabateando en un cuaderno en un banco de una catedral silenciosa. Un repentino rayo fulgurante que contiene la vibración de un momento concreto. Johnny Stahl atándome el cordón. Los dedos de Butchy Magic extrayendo el aguijón. El recuerdo inmaculado de gestos espontáneos de amabilidad. Son el pan de ángeles. La pluma cae, toco las heridas fantasmas. Cuando cumplí los quince, el rostro de otro muchacho se coló en mis fantasías furtivas. Los ángeles sirvieron una porción nueva; descubrí a Arthur Rimbaud”.
Patti Smith interpreta el tema "A Hard Rain's Gonna Fall" de Bob Dylan durante la entrega del Premio Nobel de Literatura en Estocolmo EFE/EPA/JONAS EKSTROMER
Su comunión de alma con el fotógrafo Robert Mapplethorpe en Nueva York en su vida bohemia en el Chelsea Hotel, el intermitente pero profundo vínculo con su héroe Bob Dylan (acabó recogiendo el premio Nobel por él en 2016), sus primeras lecturas poéticas con Jim Carroll y Allen Ginsberg, la grabación de Horses no por la fama y la fortuna sino para “las ratas del arte conocidas y desconocidas, los marginados, los despreciados y los desheredados. Era para las chicas que agarraban el estandarte, para los nuevos chicos del futuro, quienes venían de Venus y Marte”...
… y el fracaso comercial de su segundo LP Radio Ethiopia (sin plegarse a cambiar las letras para ser pinchada en la radio), las largas giras por todo el mundo, la recuperación de ventas del Easter con su hit "Because the Night" y, tras publicar cuatro discos en cuatro años míticos, desaparecer por amor. Una estrella apaga el interrputor en el cosmos industrial. “Hasta entonces había perseguido la voluntad general; había llegado el momento de perseguir la mía… la joroba rebelde se sacudió. Alejarme fue mi segunda declaración de existencia”.
Tragedia tras tragedia
En Detroit y luego en Florida, "vivíamos en todas las zonas horarias", dice en la descripción de sus felices años junto a Fred ‘Sonic’ Smith, ex del grupo protopunk MC5, escuchando discos por la noche y componiendo canciones que nadie escuchaba salvo los fantasmas del pasillo sobre el poeta Rumi o sobre un camello en su lento andar por el desierto. "El deseo de iluminación eclipsaba el de la ambición. Algunas personas pensaban, tal vez porque me había apartado de la vida pública, que no estaba haciendo nada". Casi una década sin sacar álbum.
Porque llegó el matrimonio, la nueva casa en la que "me conmovió profundamente que tuviéramos árboles que cuidar", el nacimiento y crianza de los niños, una nueva dimensión de amor sereno y vida reposada hasta que sobrevino el drama. "Fred era duro y delicado a la vez. El boxeador, el revolucionario, el campocorto, el piloto. Era un hombre atormentado, pero nunca fui capaz de penetrar en la auténtica naturaleza de sus problemas. Era como esos hombres que regresan de la guerra y nunca hablan de sus experiencias pero las llevan puestas como un abrigo grueso haga el tiempo que haga. Pero Fred no había ido a la guerra. Llevaba la guerra dentro… Su declive fue la tragedia de mi vida, y no beneficia a nadie el exponer las batallas privadas de un hombre muy reservado".
Antes, llegó la muerte de Mapplethorpe, a quien le escribió el poemario El mar de coral, y después la de su teclista Richard Sohl y después la de su hermano Todd, quién, por cierto, cuando una Patti de 19 años contó a su familia que estaba embarazada y que iba a dar a su bebé en adopción, este reveló a su vez otra historia que casi la eclipsó: "Para nuestro shock colectivo confesó que él también se debatía a causa de un gran dilema personal. Llevaba años vistiéndose con ropa de mujer en secreto".
La cantautora norteamericana durante la presentación en Madrid de la exposición "Vida y hechos de Arthur Rimbaud", en 2007 EFE/Paco Campos
E imaginen sin meterse demasiado en el papel esta secuencia de defunciones íntimas concatenada, la suprema devastación. Estamos en 1994, y así lo expone la artista: “Acepté ayuda para empezar una nueva vida. Al final, llegó el momento de reincorporarme al mundo, al trabajo, y saldar deudas. Flaqueé, me puse en pie, flaqueé de nuevo, grabé canciones y por fin salí a actuar. ¿Cómo es posible que Robert, Richard, Fred y Todd, ninguno de ellos de más de cuarenta y cinco años, hubieran muerto? A todos ellos les habían robado la posibilidad de forjar obra, aventura y vida en tierra”.
En estos penumbrosos días, el cantante de REM tuvo un cameo estelar (o angelical): “A mediados de febrero cayó una suave nevada. Mientras Jack y Jesse dormían, me puse el abrigo para salir al jardín. En ese momento sonó el teléfono. Era Michael Stipe, me llamaba desde España y me confesó algo avergonzado que iba medio borracho. No conocía a Michael, pero me encantaban sus canciones y me sorprendió oír su voz. Me dijo que sentía lo de Fred, y que se le había ocurrido que lo más probable era que fuese el primer día de San Valentín que yo iba a pasar sin él, así que, con timidez, se ofrecía a ser mi pareja esa velada. Ese gesto tan considerado me llenó de felicidad y me consoló durante la noche solitaria”.
De una tribu sagrada
Y seguimos leyendo y “dando pasos de gigante hacia el nuevo milenio. Tomar conciencia de que el siglo XX, con sus dos terribles guerras, sus campos de muertos, sus revoluciones culturales, el cubismo, el jazz, el expresionismo abstracto, el rock and roll y pérdida tras pérdida se acercaba a su fin”. Y justo en esa página pero antes, la poeta expresa esto sobre su no futuro no-padre, por entonces un anciano.
“Hice una breve visita para ver a mis padres antes de marcharme a Europa. Mi madre estaba entretenida con un puzle de un viejo molino. Mi padre se hallaba en el patio de atrás dando de comer a los pájaros. Dudé si interrumpirlo o no, pero sentía una urgencia de verlo, así que me asomé sigilosamente. Estaba al final del jardín, de espaldas a mí y con los brazos extendidos. Me quedé en silencio y observé cómo los pájaros volaban hacia él y lo cubrían, como si fuese un fresco de Giotto, de la serie de escenas de la vida de san Francisco de Asís. Notaba el afecto que sentían por él las aves, no solo porque las alimentaba, sino porque respondían a su bondad innata. En ese momento no me cupo duda de que pertenecía a una tribu sagrada. No era un hombre perfecto, tampoco había obrado ningún milagro. Pero tenía la sencillez de un santo, y la hija pródiga de un santo. Como si percibiera de algún modo mi presencia, se dio la vuelta mientras los pájaros echaban a volar de nuevo y me miro.
—Hola, cariño—me saludó
—Hola, papi—respondí.