Pura vida, Carlos
- "Vivió periodista y murió periodista": el homenaje de José Antonio Guardiola a su amigo Carlos Hernández
Lo mínimo que se le pide a un amigo es que sea buen conversador y Carlos era de los mejores. Porque Carlos Hernández no escuchaba, atendía con ese brillo en los ojos que te empuja a seguir embelleciendo el relato. Y cuando tomaba la palabra reorientaba la charla hacia horizontes mucho más sugerentes.
Hace ya más de 20 años recibí un sms (entonces no existía el guasap) de Carlos: “Tengo que hablar contigo”. Andaba yo rodando un reportaje en un jardín de infancia para huérfanos de sida en Khayelitsa, a las afueras de Ciudad del Cabo. El texto era tan concluyente que paré el rodaje y le llamé.
Estaba hecho un lío. Después de su amarga expulsión de Antena 3, su proyecto profesional (es decir, vital) naufragaba. Tenía trabajo, pero no tenía rumbo.
Le habían ofrecido la dirección de comunicación del PSOE y quería escuchar lo que él ya sabía que le iba a decir con indisimulada sinceridad: Si cruzas a la otra orilla quedarás mojado para siempre. Charlamos durante más de media hora. Creo que él tenía tomada la decisión de aceptar ese cargo, pero quería que le enfrentara a la realidad, no sentirse juzgado y, supongo, asegurarse de que nuestros abrazos serían tan sonoros como lo fueron siempre. Abrazos que esparcimos por bares con narguile en los territorios ocupados, desayunos en Skopie, paseos por Bilbao o Kabul, salas de espera de aeropuertos de Santiago de Chile o de Bruselas.
Carlos cruzó a la otra orilla, sí, pero lo hizo consciente de lo que dejaba atrás, de las balas que ya no le dispararían, de los guerrilleros a los que no tendría que engañar para cruzar un checkpoint y, sobre todo, de los supervivientes de guerras, golpes de Estado y demás mierdas a los que no volvería a entrevistar. Le admiro porque nunca disimuló, fue de frente, con las cartas sobre la mesa. No borró ninguna experiencia de su currículo. Fue honesto. Siempre.
Y se reinventó. El triunfo, ese gran premio que siempre mereció, le llegó cuando encontró su lugar (profesional) en el mundo: las investigaciones sobre los campos de concentración del franquismo le devolvieron al reporterismo de guerra, aunque con moviola. Vivió periodista y murió periodista.
Madrileño con alguna pincelada seguntina en su árbol genealógico, Carlos era un tipo de sonrisa abierta, siempre generoso. Cuando nos encontrábamos en el hotel después de un día de rodaje no preguntaba qué había descubierto, sólo decía: ¿Necesitas algo? ¡La cantidad de imágenes que hemos intercambiado sin que se enteraran nuestros jefes!
En Costa Rica, cuando saludas, te despides o simplemente das las gracias basta con decir “pura vida”. Carlos ha surcado la vida sin anclas, ha vivido donde ha querido y ha viajado donde la curiosidad le ha empujado. Por eso, desde el aeropuerto de San José, donde escribo estas líneas, te digo, amigo Carlos, pura vida.