Enlaces accesibilidad
Cine

'Belfast': la agridulce infancia de Kenneth Branagh que apunta al Oscar

Por
Kenneth Branagh recuerda su infancia en Irlanda del Norte en 'Belfast'

A comienzos de los años 90, la duda sobre la carrera de Kenneth Branagh era si seguiría los pasos de Laurence Olivier o si era el nuevo Orson Welles. Tras el éxito de su impresionante debut (Enrique V,1989) era joven, ambicioso y cargaba ya la herencia de ‘interprete oficial' de Shakespeare en el cine.

Más de 30 años han pasado y nadie puede considerar a Branagh un fracaso. Sencillamente, su lugar era otro. Como actor ha sido más Welles que Olivier, entregándose a las apariciones como secundario de lujo; como director, más Olivier que Welles, es decir, más convencional que genial.

Lo que nadie vio venir es que, tras su errática carrera como cineasta, sea uno de los grandes favoritos para los Oscar 2022 con Belfast, una tierna mirada a su infancia en la convulsa Irlanda del Norte. Branagh, quintaesencia de lo británico, se mudó con su familia a Inglaterra con 9 años, donde aprendió a ocultar su acento norirlandés, por lo que Belfast es casi una deuda biográfica. Rodada en blanco y negro, por sus intenciones podía haberse perfectamente titulado ¡Qué verde era mi Ulster!

Hay nostalgia de otra era en Belfast: la película se abre con una edénica multitud de niños jugando en la calle, un tumulto en el que todos cuidan de todos: un sentimiento de comunidad perdido en las ciudades. Pero Belfast trata precisamente de la pérdida del paraíso: de ‘Los problemas’ que dinamitaron la convivencia entre protestantes y católicos.

RTVE.es estrena en exclusiva un clip de 'Belfast'

Verano de 1969, Buddy (Jude Hill), es un niño pizpireto de una calle de Belfast. Su infancia pasa entre fantasías, primeras atracciones amorosas, fascinación por el cine, y amor de sus padres (Caitriona Balfe y Jamie Dornan) y abuelos (Judi Dench y Ciarán Hinds). Hasta que se entremezcla con un trasfondo histórico muy específico: los episodios de violencia a cargo de radicales protestantes que buscan expulsar de sus casas a las familias católicas. La familia de Buddy, -protestante en una calle mayoría católica dentro una ciudad de mayoría protestante-, no entra en el juego, por lo que rápidamente son obligados a tomar partido o arriesgarse a ser tachados de traidores.

Caitriona Balfe, Jamie Dornan, Judi Dench, Jude Hill y Lewis McAskie, en 'Belfast'. Rob Youngson / Focus Features

Todos los ingredientes del Oscar

Belfast se asienta sobre un arquetipo narrativo reconocible del género de descubrimiento: el paso a de la infancia a la adolescencia. La apuesta de Kenneth Branagh no es soslayar el drama de la situación, pero si tamizar la memoria un filtro de sentimentalismo y hasta de feelgood movie. Con 29 años, Branagh fue nominado a mejor actor y mejor director por Enrique V. Con 61, vuelve a ser favorito y, solo El poder del perro aparece como máximo rival.

El particular odio entre católicos y protestantes le sirve a Branagh para armar una emotiva y universal defensa de la diversidad, fondo casi obligado para cualquier película que aspire a los Oscar en los últimos años (Moonlight, La forma del agua, La forma del aguaGreen book). También ayuda la querencia de la Academia de Hollywood hacia todo lo británico y su historia (El discurso del rey). Y, como colofón, el amor por el cine (The artist, Argo). En Belfast (además del prólogo de postales con la obligada música de Van Morrison), solo las películas y obras de teatro que Buddy contempla fascinado se fotografían en color.

Belfast es también una hermosa historia de amor entre los padres, interpretados por Caitriona Balfe y Jamie Dornan, prácticamente irreales por atractivos. Para entrar en el juego de Belfast, y creerse que el padre es un superhéroe con la puntería de Guillermo Tell, hay que entrar en la justificación de la idealizada mirada del niño como narrador.

Judi Dench, la abuela de 'Belfast'.

Judi Dench, la abuela de 'Belfast'. Rob Youngson / Focus Features

Quienes cruzan el mar cambian de cielo, pero no de alma, escribió Horacio. Convenciones de la película aparte, el agridulce lamento del exilio es la bella contradicción en la que vive Belfast: una oda a la tierra y un alerta de los peligros identitarios. Si la infancia es la verdadera patria, la pérdida de Branagh fue doble.