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La pandemia deja 2,7 millones de jóvenes en exclusión social: "No me imaginaba llamando a una ONG"

  • La crisis ha aumentado la brecha de género y ha tenido más impacto en sectores más feminizados
  • La mitad de los hogares en riesgo de excusión social sufren además la brecha digital

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Los pies de un joven sobre un asfalto lleno de flechas
Los pies de un joven sobre un asfalto lleno de flechas

Patricia, Verónica, Tamara, Juan y Jaime Alberto han dejado de hacer planes de futuro. Los cuatro comparten la frustración de no resolver las dificultades del día a día. La incertidumbre no les permite esquivar la vulnerabilidad causada por la precariedad laboral, los apuros para mantenerse debajo de un techo y la dependencia de ayuda para alimentarse. Pero también comparten la esperanza, algunos más y otros menos, de conseguir salir adelante.

Ellos son cinco de los 2,7 millones de jóvenes en situación de exclusión social. En España ser joven, entre 16 y 34 años, es uno de los factores de desigualdad que ha destapado la crisis sanitaria, según revela el último informe de Cáritas y Foessa. El estudio alerta de que la cohesión social en nuestro país ha sufrido un “shock” sin precedentes, que provoca procesos de exclusión "intensa y multidimensional" que impide a la juventud realizar proyectos de vida para avanzar hacia la madurez. Además, 1,4 millones de ellos está en un contexto de precariedad severa.

Patricia tiene 19 años y es de El Palmar, en Murcia. Atiende a RTVE.es al salir del trabajo. “Estoy reventada, pero estoy contenta: llevo desde el lunes trabajando en la cocina de un restaurante”, dice al otro lado del teléfono. Aún no puede hacer frente al gasto del autobús todos los días para ir a su nuevo empleo: "Es muy caro. A veces espero un buen rato a mi madre para que me recoja". Ella vive con su madre y dos hermanos de diez años en casa de su abuelo.

Dejé de estudiar porque no podía permitírmelo. Tenía que ayudar en casa. Mi madre es limpiadora y gana 400 euros al mes. Desde que se divorció de mi padre ya no nos da para vivir”, añade. Entre las dos salen adelante. Se siente responsable de que sus hermanos puedan estudiar y le gustaría que no les faltase nada. “Hay días que he pasado hambre y no había comida en casa. Por esto tengo que trabajar y quedarme con ellos”, cuenta.

La pandemia agrava la precariedad laboral

Patricia tiene ahora un contrato de un mes, pero cuenta con ilusión que necesitan a gente y que están contentos con ella. Según el informe de Cáritas 'Evolución de la cohesión social y consecuencias de la Covid-19 en España', la precariedad laboral durante la crisis sanitaria se ha duplicado. Una tesitura que alcanza a casi dos millones de hogares que dependen económicamente de una persona que además lidia con la inestabilidad laboral.

Esto "significa que, en el último año, estos trabajadores han tenido tres o más meses de desempleo, tres o más contratos diferentes, en tres o más empresas distintas", explica Natalia Peiro, secretaria general de Cáritas Española. "Hay peores condiciones de trabajo que generan más trabajadores pobres. El problema es que serán personas menos realizadas en lo personal y en lo social”, añade.

El informe destaca que en 2021 se sumaron más de 650.000 nuevos jóvenes en contexto de exclusión, la mayoría en situación severa. Son 500.000 jóvenes más con respecto a 2018 que están afrontando coyunturas especialmente complejas.

Quiero que con mi madre podamos vivir en un hogar nuestra y comer como comíamos antes

Patricia pertenece a este colectivo, que solo puede pensar en el día a día. No sabe lo que es una noche de diversión con las amigas y es totalmente consciente de su realidad: “Tengo amigas que están mejor que yo y otras que están mucho peor. Pelear contra todo esto te puede llevar por buen camino, pero también por los peores", asegura. Su propósito es volver a tener una casa: "Vivir en un hogar propio con mi madre y comer como comíamos antes”, desea.

Jóvenes, madres solteras y sustentadoras del hogar

Támara y Verónica, de 33 y 31 años respectivamente, son jóvenes españolas que tienen hijos a su cargo. Trabajan, pero lo que ganan no les permite vivir sin ayuda. A lo largo de 700 páginas, el informe Foessa confirma que la exclusión social en los hogares encabezados por mujeres ha pasado del 18% en 2018 al 26% en 2021.

"Me levanto cada mañana frustrada al ver que no tengo suficiente para vivir", asegura Verónica. Ella es de Cartagena, tiene 31 años y trabaja en un almacén de verduras. Es madre de dos niñas y está en pleno proceso de divorcio tras varias denuncias por malos tratos. "Estoy sola con mis dos hijas pequeñas. Trabajo muchas horas, pero cuando enferman las tengo que cuidar y no puedo ir. Los días que no voy no cobro y no tengo a nadie que me pueda ayudar", asegura.

Verónica aún no ha podido acceder a una vivienda y lamenta que lleva "un año escuchando" que no cumple con los requisitos. Vive en la buhardilla de la casa de una amiga, a quien paga un alquiler de 150 euros. “Todos los meses necesito ayuda para comer o cubrir algún gasto de farmacia”, confiesa.

“Yo nunca había pedido ayuda. No me imaginaba llamando a una ONG, está vez no tenía más opciones. Me quedé en la calle tras separarme de mi pareja, mis padres tienen muchas dificultades económicas y no me pueden socorrer”, asegura por su parte Támara. Tiene un niño de seis años. Al separarse compartió piso con una amiga, pero enero tenían que dejarlo. “Cómo última opción fui a pedir apoyo a Caritas al fin de poder acceder a una vivienda, asegura. Sola no podía hacer frente a los dos meses de fianza y el pago del primer mes que exigen.

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La pandemia también ha aumentado la brecha de género. Los datos del estudio reflejan que esta crisis, en 2020, tuvo más impacto en los sectores más feminizados, como el comercio o la hostelería, lo que ha implicado un retroceso mayor para muchas mujeres en términos de integración social.

Tamara trabaja en una residencia de personas mayores, pero lleva tres meses de baja por problemas de salud al complicarse una operación. Ahora cobra menos. “Sin estar de baja cobro 900, el piso son 500 y ahora estando de baja ingreso casi 300 euros menos”, hace el cálculo. Con eso tiene que pagar los gastos de luz y agua, el comedor y todo lo que necesita para el cole de su hijo, que es quien más le preocupa. Está deseando que le den el alta para contar con un poco más de dinero y poder vivir el mes a mes.

A nivel económico separarme ha sido una ruina, pero me estoy dando cuenta que yo sola puedo y que no necesito a nadie", afirma esta madre, que confiesa que ha "necesitado" que le "eche un cable Cáritas y poder alquilar una casa”.  “Si veo que no me ahogo el mes que viene no pediré ayuda. Sé que hay gente que esta mucho peor”, concluye.

Los papeles importan: “Soy solicitante de asilo y no puedo trabajar”

Juan Sebastián Díaz es colombiano y llegó a España hace cuatro meses. Él participó activamente en las protestas de líderes estudiantiles y sociales en su país, era miembro de un partido político y le amenazaron varias veces de muerte. “Cogí todo lo ahorrado y vine aquí a Madrid. He solicitado el asilo y todavía no tengo la documentación para poder trabajar”, argumenta. Aprovecha este tiempo para formarse, pero está agotando sus ahorros, relata al salir de su curso de ciberseguridad en el Campus del servicio diocesano de empleo en Madrid.

Según el estudio, más del 50 % de los hogares con extranjeros estaban en situación de exclusión social en 2021, es decir, la precariedad que se vive en estas casas es casi tres veces mayor que en los hogares españoles. Juan Díaz comparte piso y habitación. “No sé cuánto pueden tardar en darme los papeles, solo me queda estudiar mucho y vivir con el mínimo”, relata.

Más determinante todavía resulta la incidencia de la etnia en la intensificación de la exclusión social. El año pasado, más del 70% de los hogares gitanos se encontraba en esta situación, una cifra que triplica la del conjunto de los hogares españoles. Muchos hijos e hijas de estas familias sufren las consecuencias directas de la exclusión.

Por eso en este Campus se acercan, a través del ocio, a jóvenes que han abandonado los estudios. Se trata de motivar a los adolescentes durante actividades como la gimnasia, el juego o la informática. "Son aquellos que tienen 16 años, que han abandonado la escuela, muchas veces por el fracaso del mismo sistema (...) y aquí utilizamos el ocio para trabajar sus competencias personales y socioemocionales”, explica Fernando Arias, director del centro.

La brecha digital: “En mi casa no tengo wifi”

La crisis por la COVID-19 también ha destapado un nuevo factor de exclusión social: la desconexión digital, el nuevo analfabetismo del siglo XXI. 

Juan tiene 35 años y lleva un mes trabajando de repartidor tras estudiar un curso de mensajería. Estaba empleado en la contrucción de de repente "todo se paralizó". "No pude estudiar durante este tiempo porque no tenía ni para conectarme. Cuando pregunté a las asistentas sociales me mandaron a este centro. Estudié y he conseguido un empleo, asegura. Lo que gana no le da para tener conexión las 24 horas, ni mucho menos tener wifi en casa, pero se apaña. "Me pongo una recarga de 10 euros de saldo para todo el mes. No tengo wifi en casa."

Parecido es el caso de Pedro Mora, de 52 años. Hasta antes de la pandemia cuidaba a una persona dependiente y con la crisis sanitaria se quedó sin trabajo. Lamenta que le exigían conocimientos informáticos: “Todos me decían de buscar por las plataformas y en internet, pero yo no tenía conexión. Muchos trabajos ahora también te piden saber usar el ordenador. Me di cuenta de que necesitaba reciclarme y decidí estudiar un curso de calefacción, me enseñaron a utilizar la tablet y ahora sé hacerlo”, dice contento. “He encontrado un trabajo, pero he pasado meses muy malos y nadie me decía que no me contrataba porque era un viejo”, se ríe.

La brecha digital persiste en la España rural

No pude estudiar durante este tiempo porque no tenía ni para conectarme

La mitad de los hogares en exclusión social sufren el apagón digital, dice FOESSA, lo que significa que 1,8 millones de hogares viven la brecha digital de manera cotidiana, algo que afecta especialmente a los conformados solo por personas con más de 65 años y a personas que viven solas. Esto ha impedido a muchos mejorar su situación debido a la falta de conexión, de dispositivos informáticos o de habilidades digitales.

Un apagón que sufren en su entorno. Sobre todo, esa conexión la echan en falta los que tienen hijos que van al colegio y muchas veces se les exige lo digital. Pero la prioridad principal Patricia, Verónica, Tamara, Juan y Jaime Alberto sigue siendo la de traer al menos un plato de comida al día y mantener un techo bajo el que vivir.