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El precio de nacer niña en Afganistán: "Mis padres me convirtieron en niño para poder estudiar"

  • Aún perdura la tradición Bacha posh, o “vestir de niño”, por la que familias sin varones convierten a la más pequeña en chico
  • Un rito que algunos utilizan para dar a sus hijas las mismas oportunidades de estudio y trabajo 

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Shabana rodeada de niñas y maestras en la escuela en Afganistán
Shabana rodeada de niñas y maestras en la escuela en Afganistán

Ser niña era un secreto. Ir a escuela, un secreto mayor. Cuando tenía seis años, Shabana Basij-Rasikh se vio obligada a esconder su identidad fuera de casa. Las calles de Kabul estaban prohibidas para mujeres y niñas que no fueran acompañadas por sus tutores varones. Los talibanes tomaron el poder en 1996 cuando Shabana estaba a punto de matricularse en la escuela. Las normas del régimen islamista prohibían a las mujeres asomarse por las ventanas de sus hogares. Tampoco podían acudir solas a un hospital ni mucho menos a una escuela. 

Sus padres se aferraron a la tradición Bacha Posh en dari, que significa literalmente “vestir de niño”, una costumbre afgana muy antigua por la que las mujeres que no tienen hijos varones convierten a la hija más pequeña en un niño, en una sociedad donde no tener un hijo varón no está bien visto e incluso se considera una maldición. Este proceso se interrumpe cuando la niña llega a la pubertad.

Tradiciones que aún persisten en una sociedad en la que las mujeres no consiguen levantar cabeza. La historia de Shabana Basij-Rasikh es un ejemplo al igual que la de Nadia Ghulam. Vivió durante 10 años con la identidad de su hermano para traer el pan a casa. Por ser mujeres, ni ella ni su madre ni sus hermanas podían trabajar.

En la actualidad la violencia contra mujeres y niñas sigue siendo una realidad. Estos días el país está dando sepultura a unas 85 personas fallecidas en un atentado contra una escuela, la mayoría de ellas niñas. Según datos del gobierno, otras 150 personas, gran parte de ellas también estudiantes, resultaron heridas.

Le cortaron el pelo y asumió actitudes de varón 

La familia de Basij-Rasikh, ante la necesidad de que sus hijas recibieran una educación, vencieron al miedo. Una mañana decidieron cortarle el pelo, vestirla de niño y orientarla para asumir actitudes de varón. Desde aquel día, Shabana ya podía acompañar a su hermana en la calle y juntas, con los libros escondidos debajo de la ropa, se dirigían a una escuela clandestina.

"Había momentos que pasábamos mucho miedo y vivíamos constantemente asustadas. Pero está presion no era todo el tiempo; yo recuerdo que me divertí mucho en esa escuela clandestina donde conocí a mi mejor amiga", relata Basij-Rasikh, en una entrevista con Rtve.es.

"Hace poco estuve en Kabul, vi la escuela clandestina a la que íbamos y sigue estando exactamente igual", recuerda sin sentir nostalgia por aquellos tiempos. Cada mañana para ir a la escuela, las dos hermanas tomaban una ruta distinta para que nadie las descubriera. Si alguien las paraba decían que iban al mercado. 

"Recuerdo perfectamente que me sentaba en el suelo con mi libreta y que había tantas niñas que daba la sensación de que no cabíamos en esa diminuta aula", afirma. La casa era demasiado pequeña. "En la actualidad muchas niñas no pueden estudiar; eso sigue siendo una realidad", asegura.

En la actualidad, Basij-Rasikh se define como una educadora, emprendedora social y "solucionadora de problemas". Tiene 30 años y con 24 fundó SOLA, las siglas en inglés de "Escuela de Liderazgo en Afganistán"

La violencia en Afganistán se ha “normalizado”

Eligió bautizar su proyecto con el nombre de “SOLA” que en pashto significa "paz". Una paz en vilo, en la actualidad amenazada, tras el anuncio de Estados Unidos y sus aliados de la OTAN de retirar sus tropas de Afganistán. "Es la hora de terminar la guerra más larga de EE.UU.", anunciaba a mediados de abril, el presidente estadounidense, Joe Biden. El primero de mayo comenzó el proceso de retirada que, según prevé la Casa Blanca, culminará el próximo día 11 de septiembre, coincidiendo con el vigésimo aniversario de los atentados del 11S.

Las negociaciones de paz entre los talibanes y el Gobierno, iniciadas en septiembre de 2020, no han tenido éxito. No ha habido alto el fuego ni reducción de la violencia, que más bien ha incrementado desde comienzo de año. Las mujeres exigieron estar en la mesa de las negociaciones para no permitir que se retrocediera en sus derechos. Ahora no pueden disimular la preocupación por su futuro. Temen la devastación de lo poco conseguido en los últimos años. Se trata de un territorio donde la violencia se ha “normalizado”. Ellas no quieren ser de nuevo las víctimas de un nuevo conflicto.

En Afganistán, ya se ha iniciado la cuenta atrás para la salida de las tropas internacionales. A la ONU también le preocupa lo que quedará atrás: un país con unos Derechos Humanos en retroceso. Además de la precaria situación de la mujer, inquieta el aumento de la esclavitud sexual y de la prostitución infantil. Hay niños a los que visten de niñas para que bailen ante los hombres. A menudo, son víctimas de abuso sexual, utilizados como símbolo de poder por los señores de la guerra. El gobierno afgano se plantea prohibir esta práctica pedofilia tolerada durante siglos en nombre de la tradición y la cultura.

Un informe de Naciones Unidas revela que los ataques a civiles en Afganistán no cesan. En el primer trimestre de 2021 se han registrado 1.783 víctimas civiles, entre las cuales 573 habían muerto. Supone un aumento del 29% en comparación con el mismo periodo en 2020. Es especialmente preocupante el aumento del 37% en el número de mujeres muertas y heridas, y del 23% en las víctimas infantiles en comparación con el primer trimestre de 2020.

Nadia: "Durante 10 años me convertí en mi hermano para traer el pan a casa"

El rostro de Nadia Ghulam no esconde las cicatrices de una guerra civil que fue devastadora para su familia. Tenía diez años cuando su hermano murió y su padre enfermó. Nadia se despertó una mañana e inconsciente decidió apropiarse de la identidad de su difunto hermano.

"Nos dijeron que las mujeres no podían salir de casa, no podían trabajar y no podían soñar. Entonces pensé que yo podía ser el hombre de mi familia. Me visto hoy mismo de chico y voy a trabajar. Durante 10 años me convertí en mi hermano para traer el pan casa. Lo hice por el mero hecho de querer vivir", relata, a Rtve.es.

Nos dijeron que las mujeres no podían salir de casa, no podían trabajar y no podían soñar. Entonces pensé que yo podía ser el hombre de mi familia. Me visto hoy mismo de chico y voy a trabajar

Nadia y su madre vivían cada día con vida como un regalo. "Mi madre estaba muy nerviosa y con mucho miedo. Mi vida no era fácil, salía de casa y no sabía si iba a volver", asegura.

 Nadia Ghulam mostrando sus tres libros

Nadia Ghulam mostrando sus tres libros (Foto cedida por Nadia Ghulam)

En su piel colecciona historias de miedo. Recuerda que consiguió un trabajo para el ejército talibán como "cocinero". Tenía que convivir con ellos en sus bases. “Me ofrecían fumar marihuana y tenía que hacerlo para estar completamente integrada”, dice y rompe el relato con una carcajada. Vivía con ansiedad constante, día y noche. La acompañaba siempre el miedo a ser descubierta: "Si llegan a descubrir lo que era, me habrían pegado un tiro en la cabeza".

"Me ha resultado agotador sobrevivir"

Trabajando para una ONG conoció a la periodista española Mónica Bernabé, quién se ofreció a ayudarla a salir del país. "Mónica me sacó de allí y me salvó del suicidio". Ghulam lleva más de 15 años en España. En los últimos cinco meses se ha sometido a intensos tratamientos. "Mis heridas físicas eran visibles. Todos veían a una mujer con la cara quemada a la que tenían que ayudar", describe.

Mis heridas físicas eran visibles. Todos veían a una mujer con la cara quemada a la que tenían que ayudar

Entrevista Nadia Ghulam

Sin embargo, su puzle interior sigue sin ordenarse: "Estos años aquí han sido muy duros. Hay momentos de desesperación y tristeza. A veces pienso que si me hiciera un corte en la piel los demás podrían ver lo podrida que estoy por dentro. Me ha resultado agotador sobrevivir y ahora contar todo lo que llevo vivido".

Su experiencia le permitió conocer los privilegios de los hombres. Todo lo que para las mujeres estaba prohibido Nadia podía hacerlo. Tenía su bicicleta que le permitía moverse a cualquier hora para ir a cualquier lugar. "En pleno verano llevaba a mi madre en bicicleta con mis tías y primas. Ellas iban tapadas de arriba abajo con el burka. Si hacía calor yo iba mucho más cómoda", cuenta en tono irónico.

Le gusta el cine. Lograba colarse en sótanos clandestinos con televisores pequeños en blanco y negro. "Me dejaban entrar y veía de vez en cuando alguna película. Me apasiona la lectura y ser hombre, también me permitía leer". Nadia hoy tiene varios libros publicados en los que intenta relatar todo lo vivido.

La educación de las mujeres, de nuevo bajo amenaza

La constitución afgana garantiza el derecho a la educación para las mujeres en su artículo 43 y el derecho al trabajo en el artículo 48. Estos derechos vuelven a estar amenazados. Shabana, tras la caída el régimen talibán, tuvo la oportunidad de estudiar con una beca en Estados Unidos dentro del programa de intercambio, Youth Exchange and Study (YES). Terminó su formación, volvió a Afganistán y abrió su propio internado.

"El 63% de las adolescentes de mi país no saben leer", sentencia Basij-Rasikh con los datos en la mano. La Agencia de la ONU para la Infancia (UNICEF) estima que 3,7 millones de niños no asisten a la escuela en Afganistán, el 60% de ellos son niñas. Según los datos oficiales, de los 300.000 jóvenes que estudian en Afganistán solo el 25 % son mujeres y de todas solo un 20 % sabe leer y escribir.

"Las niñas en Afganistán se enfrentan a barreras socioculturales. En una familia sin recursos se prima la educación del niño frente a la de la niña; las tasas del matrimonio infantil son muy altas. El 17 % de las mujeres casadas reconoce haber contraído matrimonio antes de los 15 años; otra barrera, por ejemplo, es la menstruación porque no todas las escuelas cuentan con letrinas separadas, lo que impide a las niñas tener acceso a la higiene", explica, a Rtve.es, Lorena Cobas, especialista en programas y emergencias de UNICEF.

La fundadora de SOLA considera que otro factor que no favorece a la educación de las mujeres es la falta de maestras mujeres. "Sabiendo esto consideré el hecho de que hay 34 provincias en Afganistán, y en 17 de ellas, es decir, en la mitad, menos del 20% de los docentes son mujeres", concluye. El valor que tiene SOLA es que, al ser un internado, se convierte en un espacio seguro para que las niñas puedan estudiar y desarrollar actividades creativas y el pensamiento crítico.

Ghulam también se dedica en cuerpo y alma a fomentar la educación en su país a través de su organización Ponts Per La PauHasta los 17 años, ella no sabía ni leer ni escribir. Venir a España le permitió comenzar desde cero sus estudios; actualmente es Educadora Social y se está especializando en Cooperación y Desarrollo Internacional. "La educación es como un mar porque cuando entras no ves la profundidad. Yo a medida que he avanzado en mis estudios, me doy cuenta de que no sé nada y que necesito aprender más y más", concluye

La educación es como un mar, porque cuando entras no lo ves la profundidad. Yo a medida que he avanzado en mis estudios, me doy cuenta de que no sé nada y que necesito aprender más y más

La pandemia también agrava la precariedad de sus vidas. Afganistán enfrenta el coronavirus con un sistema sanitario muy precario y "la pandemia también es una crisis para la infancia. Los niños son los que trabajan. Las medidas de contención y el confinamiento aumentan la violencia en los hogares. Ellas no saben cómo llegar a los servicios de protección social; muchas no pueden acudir presencialmente. No hay un teléfono, a veces, ni siquiera un cuarto separado", asegura la portavoz de UNICEF.

Tradiciones como la de Bacha Posh se siguen dando a día de hoy; es uno de los mecanismos con los que las familias pueden afrontar su cruel realidad, aunque a la larga pueden ser negativos para las pequeñas travestidas, ya que las secuelas emocionales pueden marcar su vida para siempre.

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