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El duque de Edimburgo: cuando el deber es lo primero

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La reina Isabel II y el príncipe Felipe, duque de Edimbrugo
La reina Isabel II y el príncipe Felipe, duque de Edimbrugo. Ben STANSALL /AFP

"A partir de ahora, como el príncipe Felipe, siempre dos pasos por detrás". Cuentan que es lo que le dijo un asesor a Winnie Mandela el mismo día que Nelson Mandela salía de la cárcel para siempre en 1990, listo para liderar la Sudáfrica post-apartheid. Durante el larguísimo cautiverio de Nelson, Winnie asumió un liderezgo que ahora debía devolver a su titular. Conscientes de que no iba a ser fácil con Winnie le pusieron el ejemplo del marido de la reina Isabel II.

Si están leyendo esto es probable que hayan visto la película The Queen, la serie The Crown o el documental The Windsor. O todo. El retrato de ficción del duque de Edimburgo suele ser algo caricaturesco porque su personalidad se presta, pero la esencia es bastante fiel a la que cuentan los biógrafos y a la idea que se ha hecho de él la ciudadanía británica.

Empezó como un cuento de hadas con algo de Romeo y Julieta e intrigas shakespirianas y siguió como un ejemplo institucional con meteduras de pata. Romeo y Julieta eran la princesa heredera de un país bombardeado por la Alemania nazi y el apuesto príncipe de formación alemana (aunque nacido en Grecia) cuando se anunció su compromiso el 9 de julio de 1947.

Apenas hacía dos años del fin de la Segunda Guerra Mundial. Aunque, tampoco había que escandalizarse tanto, también la reina es de una dinastía "alemana", la casa de Sajonia-Coburgo Gotha (a la que pertenecía el marido de la reina Victoria), que cambió su nombre tras la Primera Guerra Mundial para sobrevivir a las revoluciones del momento. Se inventaron el Windsor, urgía olvidar cualquier conexión de la realeza con el Káiser, si querían ser populares entre sus súbditos.

La familia del príncipe Felipe hizo lo mismo, pero de forma algo más naif: cambiaron el Battenberg alemán por Mountbatten, que les sonaba más inglés.

Renunciar a sus privilegios de hombre

Los apellidos. Uno de los momentos sonados en que el marido de la reina tuvo que bajarse del caballo de la educación "de género" que había recibido. Primero tuvo que abandonar su carrera en la Marina a los 30 años, antes de lo previsto, cuando murió el rey Jorge VI e Isabel II tuvo que asumir la corona con apenas 25 años en 1952. A partir de ese día, Felipe tuvo que pasar a segundo plano y ponerse, como todos los británicos, al servicio de Su Majestad, su esposa.

Documaster - Así comienza el documental 'El marido de la reina'

Con alguna tirantez lo asumió, al fin y al cabo era un militar con una educación muy severa y sabía lo que era el escalafón y el cumplimiento del deber. Pero lo de que sus hijos no llevaran su apellido, lo de que él, oficialmente tuviera que renunciar a ser "el cabeza de familia" era una línea roja que no quería cruzar.

Hubo tensiones conyugales y políticas. Intervino la maquinaria de Palacio y el Parlamento. La reina, en medio. Estaba enamorada, pero si algo guía a Isabel II, hasta extremos impopulares, es la divisa Duty First, el deber, lo primero. En esta ocasión el deber era mantener su dinastía, la Casa de Windsor.

Aceptada lo que el Príncipe consideró una humillación a su masculinidad, Felipe siguió cumpliendo con su papel institucional hasta casi, casi, la muerte. Nadie niega que se diera a la juerga fuera de Palacio y que tuviera varias amantes. Pero tampoco nadie niega que ha sido el principal apoyo de la Reina, su esposa.

En una de las poquísimas entrevistas que dieron para un reportaje de la BBC, aparecían ambos comentando los asuntos del Gobierno que la reina estudiaba y debía firmar. De la reina siempre ha salido que él, su esposo, ha sido su mayor consejero en 73 años largos de matrimonio y 69 de reinado.

Carca y políticamente incorrecto

Acabó siendo parte del paisaje de la Familia Real y sus actos públicos. ¿En qué momento y cómo metería el duque de Edimburgo la pata? Bromas coloniales sobre aborígenes, de visita por las antiguas colonias del Imperio Británico, comentarios machistas a mujeres.

Yo viví dos en directo. De visita a Escocia en una recepción del Parlamento y el Gobierno autonómicos, todos ataviados con algún detalle tartan (esos tejidos a cuadros típicos escoceses, que eran emblema de los distintos clanes) le preguntó a la líder del Partido Conservador Escocés si también llevaba las bragas de tartan. Lo contó ella misma.

En Irlanda, ¡la primera vez que un monarca británico visitaba la República desde la independencia!, en la fábrica Guinness, preguntó si aquella cerveza que le ofrecían estaba hecha con el agua-barro del río. ¡En Irlanda! ¡En la Guinness!

Duty First

Pero fueron a otro acto en Irlanda y otro Guinness los que ilustraron como ningún otro el sentido del deber institucional de la Reina y su esposo, el príncipe Felipe.

En una visita a Irlanda del Norte, el 27 de junio de 2012, ambos cumplieron el protocolo y saludaron al primer ministro y al viceprimer ministro autonómicos. El número dos de ese Gobierno era Martin McGuinness, exmando del IRA. El IRA mató a Lord Mountbatten, el tío, valedor, "celestino", intrigante palaciego y, sobre todo, la verdadera figura paterna de Felipe.

En la videoteca ha quedado para la historia el apretón de manos de la Reina de los británicos al exterrorista norirlandés. Dos pasos por detrás de la reina, el príncipe Felipe, también. Duty first, el deber, lo primero.

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