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Silenciados

Los olvidados de Ituri

  • El sistema de salud pública en la región está diezmado, con centros de salud destruidos y saqueados.
  • De momento, no hay casos de COVID-19 en los campos de desplazados en el noreste de la República Democrática del Congo

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Los olvidados de Ituri

BENJAMIN

“Hui con mi hermana de la aldea, pero nos encontraron. Mataron a varias personas delante de nosotros. Nos retuvieron durante dos semanas. Cuando nos liberaron, nos reencontramos con nuestros padres en el campo de Rho”

Benjamin, 16 años, sentado junto a su padre en su refugio de plástico en el campo de desplazados de Rho.

Benjamin, 16 años, sentado junto a su padre en su refugio de plástico en el campo de desplazados de Rho. ALEXIS HUGUET

20.000 desplazados en Drodro

En el noreste de la República Democrática del Congo (RDC), unas 20.000 personas se han asentado en campos informales tras huir de sus aldeas. Actualmente viven en la parroquia de Drodro o en el campo de Rho ubicado en los alrededores.

Los saqueos, la violencia y la inseguridad han obligado a los habitantes de la provincia de Ituri a abandonar sus hogares y buscar refugio en los campos, que proporcionan solo un poco más de seguridad. A pesar de la presencia de fuerzas armadas para garantizar la protección de los habitantes, el campo de Rho ya ha sido atacado dos veces.

Además de la violencia dentro y alrededor del campo, los desplazados también se enfrentan a enfermedades como el sarampión y la malaria.

Dos niños caminan sobre charcos de lluvia en el campo de Rho.

Dos niños caminan sobre charcos de lluvia en el campo de Rho. ALEXIS HUGUET

Un conflicto sin fin

Un violento conflicto entre las comunidades hema y lendu–tradicionalmente ganaderas y agrícolas– marcó el principio de la década de los 2000 en esta región y ha continuado esporádicamente a lo largo de los años. La última vez que las hostilidades estallaron fue en diciembre de 2017. Los intereses económicos, así como la lucha por el control de la tierra y los recursos, son las principales causas del conflicto actual, que no puede reducirse solo a las tensiones étnicas. A día de hoy, 200.000 personas viven en campos de desplazados y 100.000 más con la comunidad local.

JOSÉE
“Llegaron gritando: ‘Os vamos a matar a todos’. Disparaban en todas las direcciones. Espérance, mi hija, comenzó a llorar pero estaba oscuro y no fue hasta la mañana siguiente que vi la sangre en el suelo y la herida de bala en su hombro. Cuando llegué al campo, la llevé a la clínica móvil”.

Josée con su hija Espérance de 6 años que fue herida durante un ataque al campo a finales de septiembre de 2019.

Josée con su hija Espérance de 6 años que fue herida durante un ataque al campo a finales de septiembre de 2019. ALEXIS HUGUET

HONORINE

“La lluvia se cuela en nuestro refugio y casi no tenemos comida. Mi hija Josie vomita, tiene diarrea y tos. Desde que estamos aquí, mis hijos están enfermos todo el tiempo. Cada semana los tengo que llevar a la clínica móvil”.

Honorine, de 31 años, sostiene a su hija de 7 meses en la clínica móvil en el campo de desplazados de Rho.

Honorine, de 31 años, sostiene a su hija de 7 meses en la clínica móvil en el campo de desplazados de Rho. ALEXIS HUGUET

La vida en el campo

En el campo de desplazados, las condiciones de vida son extremas y las familias temen nuevos ataques. Viven en refugios improvisados o en edificios públicos como iglesias y escuelas, y tienen un acceso muy limitado a alimentos y agua. Para sobrevivir, algunas personas trabajan en campos que son propiedad de las comunidades de acogida; otros logran ganar un poco de dinero vendiendo algo en el mercado local. “Solo hemos recibido una vez alimentos. Trabajamos como jornaleros en los campos y comemos hojas de mandioca”. 

Dieudonné, 32 años, llegó a Rho en junio de 2019 y es padre de siete hijos, cuatro de los cuales han muerto. El acceso a la atención médica es muy complicado en la región porque pocos servicios de salud son funcionales.

SAMUEL

“Aquí, la mayoría trabaja como jornaleros en los campos colindantes por 0,50 euros al día. Pero hay mucha inseguridad y si te ven de camino al campo, te matan”.

Samuel, líder comunitario del campo, en medio de refugios de plástico y paja.

Samuel, líder comunitario del campo, en medio de refugios de plástico y paja. ALEXIS HUGUET

Desierto sanitario

El sistema de salud pública está diezmado, con centros de salud destruidos y saqueados. Pocas organizaciones trabajan actualmente en esta área y las necesidades están aumentando a medida que la población del campo continúa creciendo. Además de las terribles condiciones de vida en los campos, que fomentan varias enfermedades entre sus habitantes, el sarampión y la malaria están afectando gravemente a los niños.

SÉRAPHINE

“Ya saquearon el hospital en 2018, pero este año ha sido peor. Lo han quemado todo, el edificio y el equipo. Han robado todas las medicinas. He asumido el trabajo de mi marido en el centro de salud. Era el jefe de enfermería, pero lo mataron el año pasado”

Séraphine, jefa de enfermería, evalúa un centro de salud destruido.

Séraphine, jefa de enfermería, evalúa un centro de salud destruido. ALEXIS HUGUET

Asistir a los deslazados

Las personas más vulnerables, especialmente los menores de 5 años, se ven gravemente afectadas por enfermedades prevenibles como la malaria, la diarrea o las infecciones respiratorias.

Según una encuesta de mortalidad retrospectiva hecha por Médicos Sin Fronteras (MSF), las tasas de mortalidad fueron tres veces más altas que los umbrales de emergencia entre los niños menores de 5 años que llegaron a la zona de salud de Nizi durante la primavera de 2019. MSF ha ampliado sus actividades en la zona para responder a la emergencia, pero la situación sigue siendo crítica.

De momento, no hay casos reportados de COVID-19 en los campos de desplazados, pero a principios de abril se registraron los primeros casos en la capital de Ituri. El coronavirus ha paralizado algunos de los sistemas de salud más avanzados del mundo, países donde hay una red de seguridad social y la mayoría de personas tienen acceso a agua corriente y espacio para autoaislarse. Pero esta no es la realidad para las personas desplazadas en Ituri como Josée, Honorine o Samuel, que ya de por sí viven en condiciones muy precarias y sin medios para protegerse. MSF está monitoreando la evolución de la COVID-19 en el país, en contacto regular con las autoridades sanitarias, para prestar apoyo si fuera necesario.

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