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James Rhodes: "En la música clásica hay muchos idiotas que piensan que la música es solo para ellos"

  • El pianista inglés toca en Madrid y clama contra las estiradas rutinas de la música clásica
  • “Es terrible que no se les enseñe a los niños quién es Beethoven”, lamenta sobre la educación musical

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James Rhodes durante el concierto en Murcia del jueves 19 de enero. noticias

¿Qué recital de música clásica se inicia con el pianista gritando:"Fuck Trump!"? Seguramente solo un concierto de James Rhodes (Londres, 1975), el pianista inglés embarcado en una doble cruzada: liberar a la música clásica de sus anquilosadas ceremonias por un lado y, como víctima de abusos sexuales en su infancia, concienciar a la sociedad y reclamar mejoras legislativas al respecto.

Con una sudadera que rezaba Chopin se presentó en el Circo Price de Madrid ante un público rendido como si fuese una estrella de rock. Pero en el escenario solo había un piano en el que Rhodes tocaba la Fantasía fa menor y la Polonesa-fantasía, de Frédéric Chopin y la Sonata para piano núm. 31 de Ludwig van Beethoven. Sus normas: luz tenue, informalidad de vestuario, bebida en la sala, y breves charlas introductorias entre pieza y pieza.

Rhodes vive un idilio con España. Su libro Instrumental, cruda autobiografía sobre cómo la música le salvó la vida, ha sido un éxito de ventas y el pianista es una moda, especialmente entre público que se acerca casi por primera vez a la música clásica.“Toda mi vida he aprendido que el mundo es hostil y peligroso. Y la gente aquí es abierta, amistosa. La gente es amable y la amabilidad es lo único importante. Gracias a España he aprendido que hay gente buena y el mundo es un buen lugar”, dice en una entrevista para RTVE.es dos días antes del concierto.

Rhodes reconoce que no es un virtuoso, sino un pianista correcto que pretende romper las reglas que rigen los conciertos desde hace prácticamente 80 años. “En el mundo de la música clásica hay muchos idiotas que piensan que la música clásica es inteligente, solo para ellos, para gente con dineropara gente que sabe cuándo hay que aplaudir, que sabe distinguir un allegro de un adagio. Son tonterías. Nada de eso importa. Lo que importa es la música”.

Y en eso se muestra innegociable. “Hay una razón por la que dentro de 300 años seguiremos escuchando a Bach o a Chopin y no a Muse o Justin Bieber. No es porque sea mejor, o una forma más elevada o superior. No. Pero sí porque tiene una profundidad o complejidad que puede resultar desafiante. No son cuatro minutos con una emoción, sino 40 con todas las emociones”, explica. “Lo que hay que cambiar no es la música, sino la presentación”.

Y la música clásica, dice Rhodes, está en peligro más allá de las decisiones de la industria discográfica. En España, la LOMCE expulsó a la música de las asignaturas obligatorias. “Ocurre igual en Reino Unido. Es catastrófico. Un jodido desastre. La educación musical debería ser un derecho humano elemental, como Internet, lengua o matemáticas. Ahora pertenece a la gente con dinero, que se puede permitir clases e instrumentos. Es terrible”.

Pero en lo que respecta al futuro, Rhodes casi parece cegado por el optimismo. En un panorama en el que al desinterés de nuevos públicos, se suma la caída de ventas que afecta a las más célebres discográficas, el pianista inglés sostiene que siempre hay salida.

“Prefiero que 50.000 personas me escuchen en Spotify que 10.000 paguen por mi música”, afirma. “Siempre hay un modo para sobrevivir. Necesitamos hacerlo accesible. Lo que ocurre en la música clásica es que a los músicos les cuesta ser sociables. Necesitan ser activos en twitter, colgar su música gratis, tocar en diferentes lugares. ¡Yo toqué en el Sonar! Es un desafío, pero el público llegará”.

A Rhodes, desde luego, todo le sonríe. Hace unos días, durante la promoción de La La Land, un perodista de la BBC le recomendó a Ryan Gosling el libro de Rhodes para tocar un Preludio de Bach en seis semanas. Resultado: el libro se agotó en Amazon.

“Sabemos los nombres de los abusadores, pero no los de las víctimas”

James Rhodes asiente al leer la frase del medallista olímpico Antonio Peñalver: “Los males de los abusos sexuales no desaparecen hasta que vomitas todo el veneno”.

“Sí es cierto. Y lo horrible es que empeora antes de que empiece a mejorar. Cuando hablas empeora porque te confrontas finalmente con los sentimientos ocultos de los que habías escapado”, explica.

Rhodes sufrió las violaciones de su profesor de boxeo en el colegio entre los 6 y los 10 años, y no fue capaz de hablar de ello hasta más de quince de años después. “Mi primer intento de suicidio ocurrió tras soltarlo por primera vez. No estaba preparado para la vergüenza, la exposición. En España, en Inglaterra, necesitamos escuchar mejor. Hemos olvidado cómo escuchar, culpamos a las víctimas”, dice.

Sostiene que jamás sospechó el éxito de su libro. Batalló legalmente durante dos años con su exmujer, que quería detener su publicación para proteger al hijo de ambos. “Sabemos siempre los nombres de los culpables, pero no los nombres de las víctimas. Es importante levantarse y decir: me ha pasado a mí. Si tenemos suerte de tener una voz, tenemos que hablar”.

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