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El futuro de Afganistán, al otro lado de la frontera

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Se cumplen diez años de guerra en Afganistán

En los años 80, un congresista demócrata llamado Charlie Wilson-inmortalizado en el cine- pidió al Gobierno estadounidense que destinase millones de dólares a un grupo de muyaidines afganos liderados por un tal Jalaluddin Haqqani, al que calificó como "la bondad personificada".

Treinta años después, el dinero del contribuyente estadounidense sigue yendo al mismo grupo, aunque por vías más sutiles: la ayuda multimillonaria militar que EE.UU. da a Pakistán, cuyos servicios de inteligencia (ISI) están ligados a los Haqqani, y el 'impuesto revolucionario' que paga para evitar que ataquen los proyectos de reconstrucción de carreteras y escuelas en el este del país, la zona en la que operan.

Sin embargo, Haqqani y su grupo -del que forman parte unos 15.000 insurgentes- es considerado a día de hoy por EE.UU. una de las principales amenazas -si no la principal- al endeble proceso de reconstrucción de Afganistán, que cumple una década de guerra sin que se intuya un fin.

Esta paradoja ha salido a la luz en los últimos días, cuando los atentados salvajes en Kabul atribuidos a los Haqqani han dejado en evidencia a las fuerzas de seguridad afganas, que tienen que hacerse cargo del país en 2014, según el calendario establecido por la coalición internacional.

Formados al calor de la CIA, entrenados y apoyados por el ISI, exiliados   a la esquiva zona fronteriza de Waziristán del Norte tras la invasión   estadounidense y, finalmente, fortalecidos por un aumento constante de   seguidores, la historia de los Haqqani es también la del fracaso en Afganistán.

Más aún, también puede marcar su futuro: desde el impacto en las relaciones entre Estados Unidos con Pakistán hasta el juego de alianzas geopolíticas para dominar la política afgana pasando por las rivalidades internas entre grupos étnicos que merman la perspectiva de un futuro en paz.

La amistad cada vez más peligrosa entre EE.UU. y Pakistán

Hace hace apenas unos días eran casi desconocidos, pero el jefe del ejército de Estados Unidos, el  almirante Mike Mullen, ya en retirada, los colocaba en el punto de mira al señalar lo que para la CIA era un secreto a voces: que los  Haqqani era un "brazo" de los servicios paquistaníes de inteligencia.

Más sutil pero igual de contundente ha sido el presidente de Estados Unidos, Barack Obama, que ha considerado que existen "ciertos lazos" entre grupos extremistas y los servicios de inteligencia paquistaníes.

Sus palabras, consideradas por el experto del Council of Foreign Relations Daniel S. Markey como un símbolo del giro de la política de EE.UU.-marcado por su operación en suelo paquistaní para matar a Osama Bin Laden- desataron una tormenta diplomática en Pakistán, que negó cualquier implicación y lanzó serias advertencias para EE.UU.

"Un ataque americano a Pakistán en nombre de la lucha contra el extremismo no es aceptable", aseguraba el teniente general Ahmed Shuja Pasha, al mando del ISI.

Antes, el jefe de las fuerzas armadas paquistaníes, el general Ashfaq Parvez Kayani -anterior dirigente del ISI- negaba la "desafortunada" acusación que no estaba "basada en hechos".

Pero lo realmente significativo más que estas palabras es que los que se erigiesen como portavoces de Pakistán más que su gobierno civil, del presidente Zardari ha estado ausente y ha delegado en su primer ministro, Yusuf Raza Gilani.

Para Claire Castillejo, experta en la zona de FRIDE, este simple hecho muestra hasta qué punto el verdadero poder en Pakistán es el militar, alimentado precisamente por la ayuda que EE.UU. ha estado bombeando al ejército en los últimos años.

El problema es que en los últimos diez años, mientras trataban de reconstruir Afganistán, los estadounidenses han mirado hacia otro lado o han confiado en que una política de ayudas hiciese que finalmente Islamabad colaborase para erradicar el terrorismo en la frontera.

En 2011, y tras el asesinato de Osama Bin Laden, que vivía plácidamente en la localidad paquistaní de Abbottabad, Washington parece haberse "quitado los guantes", tal y como dice gráficamente Markey en un artículo en Foreign Policy.

"Algunas veces le decimos: Vosotros controláis, tú, Pasha, controlas a los Haqqani. Entonces él se revuelve y dice: 'No, nosotros solo estamos en contacto con ellos'", resume una fuente de  inteligencia de Estados Unidos citada por la agencia Reuters una conversación con el jefe de los servicios de espionaje  paquistaníes.

La lucha extranjera por influir en Afganistán

"Los militares tienen el poder en Pakistán y quieren el control de Afganistán", señala Castillejo, que considera que Washington ha dado tanta ayuda militar que ha creado un "desequilibrio total" con el poder civil.

Esos militares han considerado siempre a Afganistán un "activo estratégico", tal y como señala el experto del CIDOB Juan Garrigues, que considera que a Islamabad siempre le ha interesado un "Afganistán debilitado más que bajo el control de Estados Unidos o elementos no afines".

En particular, a Pakistán le preocupa que Afganistán tenga lazos con India y con Irán, porque le aislaría geopolíticamente. Es en ese contexto en el que según fuentes de inteligencia se mantiene a los Haqqani campar a sus anchas en la región tribal de Waziristán del Norte, virtualmente convertida en "tierra de nadie".

Los movimientos diplomáticos que han seguido a los ataques de los  Haqqani no dejan lugar a dudas: mientras Pakistán recibía la visita del  ministro de Seguridad chino, que afirmaba su amistad con el país pase lo  que pase -frente a las críticas de EE.UU.- el presidente afgano asumía  las palabras de Mullen y acusaba a Pakistán de estar detrás de la muerte  del expresidente Rabbani para, a renglón seguido,  firmar un acuerdo estratégico con  India, el enemigo acérrimo de Islamabad.

En su última edición, el semanario The Economist colocaba en boca de un alto cargo retirado la explicación básica de lo ocurrido entre el ISI y los Haqqani: "Los indios están llenando de dinero a sus favoritos en Afganistán, los rusos y los iraníes hacen lo mismo, así que Pakistán quiere jugar también, pero con una excepción, que no tenemos dinero. Todo lo que tenemos son locos y eso es lo que usamos".

La disputa entre etnias del país

El problema es que esos 'locos' han empezado a volar demasiado alto, tanto que se han colocado directamente en el objetivo internacional, más allá de los ataques de los aviones no tripulados de la OTAN y de Estados Unidos.

Su ataque durante veinte horas a la zona de las embajadas de Kabul y el asesinato -cuya autoría luego se ha negado- del jefe negociador de Afganistán con los talibanes, el expresidente Rabbani, han dejado a Islamabad ante la evidencia de que han creado su propio 'Frankenstein', en palabras de Garrigues.

Haqqani fue señor de la guerra contra la URSS, luego ministro con los talibanes -a los que se unió de manera tardía- y luego desapareció tras una visita a Islamabad en plena ofensiva de EE.UU. en 2001, instalándose en Waziristán del Norte.

En una entrevista casi insólita, su hijo y jefe operativo de su grupo, Sirajuddin Haqqani, contaba a Reuters hace unos días cómo pasó los días "más duros" de su vida al ver a todos los muyaidines "en silencio y bajo tierra tras la invasión de Afganistán".

Pero eso no duró mucho tiempo. Tras una situación de relativa calma y con Bin Laden desaparecido, los Haqqani consiguieron explotar la ira contra la invasión y convertirse en el grupo más poderoso dentro de la llamada Shura de Quetta, el consejo talibán en el exilio liderado por el mulá Omar.

En este sentido, el atentado contra Rabbani ha sido considerado por algunos expertos como un reto a la propia Shura, que se ha mostrado partidaria de negociar la paz. De hecho, los terroristas que asesinaron al jefe negociador se presentaron como enviados del mulá Omar.

"La Shura de Quetta podría tener interés en reintegrarse en la vida política afgana pero hay elementos radicales como el grupo de los Haqqani que quieren hacer descarrilar esas conversaciones con sus ataques", asegura Garrigues, que considera "interesante" que este ataque haya puesto en evidencia las diferencias internas dentro del consejo talibán.

Por eso, no es extraño que los Haqqani hayan querido  desvincularse de los ataques y hayan expresado su respeto a las  conversaciones abiertas por la Shura, aunque quieren que su base sea  "más amplia".

En el otro lado, las negociaciones también se veían con desconfianza. La colocación misma de Rabbani, un representante de la Alianza del Norte -opuestos a los talibanes y de origen tayiko y uzbeko, no como los talibanes y Karzai, que son pastunes- era un movimiento para hacer que todo el país estuviese implicado en las negociaciones.

La corrupción y las muertes civiles, el resultado

"Son los mismos que estaban allí antes de los talibanes", recuerda Castillejo, que asegura que estos jefes tribales siguen teniendo un gran poder en Afganistán porque los ciudadanos acuden a ellos ante un gobierno que no les garantiza su seguridad y una coalición internacional mal. vista.

Y, al igual que Pakistán, India o Irán buscan el poder de influencia, tayikos, uzbekos y pastunes luchan por su pedazo de 'tarta' en uno de los países con peor gobernanza del mundo.

"El problema de la corrupción o se limita a una etnia o a otra, la hemos visto en gobernadores en el Norte o en el Sur", reconoce Garrigues.

En el otro lado, la lucha sectaria y el terrorismo procedente de la frontera ha provocado que se disparen las víctimas civiles, que han aumentado en lo que va de año un 40% respecto al año anterior, que también registró una de las cifras más altas de la última década.

"La guerra no ha acabado, es un conflicto abierto que ha ido mutando. Puede que los actores hayan cambiado pero al final los afganos que viven allí y sufren los efectos de la violencia han visto que la inseguridad no ha desaparecido", concluye el experto del CIDOB.