En la España de los siglos XVI y XVII, beber vino y comer cerdo podían funcionar como pruebas públicas de cristiandad para los moriscos.
La sospecha religiosa convirtió la mesa, las tabernas e incluso los viñedos en espacios de vigilancia e integración.
Algunos jornaleros recibían vino como parte de su salario, mientras otros cultivaron cepas para demostrar su conversión.
Lope de Vega caricaturizó esa sobreactuación; Cervantes mostró después, con Ricote, que ni la integración cotidiana a través de aquella bebida impidió la expulsión de 1609.
Cuina Brutal