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La sonata del Silencio

1946, remiendos para el corazón y la moda

  • La serie se enmarca en la difícil España de posguerra

  • La moda es un privilegio reservado a una minoría adinerada

  • La Sonata del Silencio se emite los martes a las 22:30 h en La 1

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1946 fue un año raro. Moría Manuel de Falla y nacía Liza Minelli. Se presentaba el primer biquini y Marilyn Monroe fue una de las primeras en posar con uno de ellos. Mostraba su piel casi desnuda al sol; y mientras, Gilda desnudaba mucho más quitándose tan solo un guante.

Todo eso ocurría fuera de una España que vivía aislada, encerrada tras altos muros que impedían que llegasen las nuevas corrientes, los tejidos de moda, los cambios. Había pequeños reductos, como la costa catalana. En Sitges, las jóvenes se bronceaban junto al mar y practicaban el salto del trampolín con bañadores que todavía escandalizaban a más de uno.

Dice el NODO que son “señoritas de apariencia cinematográfica”. Y es que las estrellas del cine eran, casi como ahora, modelos a imitar. Paloma Sánchez-Garnica en su libro La Sonata del Silencio (Planeta, 892 páginas) dice que las chicas soñaban con tomar un cóctel en Chicote, fumando un cigarrillo americano, “luciendo un elegante vestido ceñido al cuerpo, con medias de cristal y unos topolinos de colores en los pies”.

Y añade que se esmeraban en imitar a mujeres fatales del cine encarnadas por “Amparo Rivelles, Concha Monte, Irene Dunne o Mirna Loy”. La moda que se veía en el cine era un lujo reservado a las clases altas. Para el resto de las mujeres, la mayoría, no existía.

 Marilyn Monroe posaba en 1946 con el invento de ese año: el biquini.

Las medias eran algo prohibitivo. Montserrat Caballé cuenta que fue lo primero que compró con su primer sueldo, un par para ella y otro para su madre. Se dice, incluso, que algunas chicas se pintaba una raya sobre la pierna para imitar la costura de una media. Muchas mujeres tan solo las veían o tocaban en los grandes almacenes. Sánchez-Garnica lo recuerda así en sus páginas.

Entraron en el Sepu para ver las ofertas del duro de las que tanto se hablaba; estuvieron mirando unas medias de seda natural, pero no las compraron porque costaban cinco duros y medio. Había demasiada gente así que salieron y se metieron en los nuevos almacenes Capitol”.

SEPU, Sociedad Española de Precios Únicos. Un espacio de estilo francés en la Gran Vía que se mantuvo abierto hasta 2002, aunque en estos años ya solo compraban sus abrigos de piel falsa y sus vestidos vintage los drag queen de las discotecas gais e incluso las Diábeticas Aceleradas para sus espectáculos en Morocco.

 Los almacenes SEPU y un par de topolinos.

Los almacenes Capitol, muy populares, se anunciaban con este eslogan: La casa que vende más barato de Madrid y tenían bastante competencia: Almacenes Jorba, Almacenes Progreso, Almacenes Rodríguez y Almaneces El Águila que Ramón Areces compró en 1940 para hacer el primer centro de El Corte Inglés, que abrió en 1941.

“Recorrieron las cálidas dependencias sorprendidas de tanto género expuesto, desde bolsos, zapatos, ropa de señora y caballero, lencería, perfumes, medias, bisutería y hasta artículos de viaje. No se cansaban de mirar, podían tocar todos los artículos o probarse las prendas sin necesidad de ser atendidas por nadie. […] Al final compraron unas medias de nylon que estaban de oferta en un dos por uno (‘Pague un par y llévese dos’)

 Tan solo las clases adineradas podían llevar vestidos elegantes.

En el libro (editado por Planeta) también se hace referencia a los topolinos. Zapatos de suela en forma de cuña, con la puntera ligeramente abierta. Un calzado que adoraban las jovencitas –bautizadas luego como ‘chicas topolino’- y que las madres no podían ni ver; tanto, que se referían a ellos como ‘zapatos de coja’, comparándolos con los zapatos de los que sufren cojera y llevan gruesas suelas en los zapatos para caminar bien .

Pero no todo eran penurias y tristeza. La mitad norte de España, de Madrid al Cantábrico, fue testigo del florecimiento de una burguesía adinerada que solo quería entrar en sociedad y codearse con la gente bien de apellido ilustre.

 La funcionalidad marcaba las prendas del día a día.

Esa nueva clase social era la que vestía a la moda, que seguía siendo un privilegio reservado a unas pocas y unos pocos. Por eso, cuando una mujer llevaba un elegante traje o un bonito vestido llamaba poderosamente la atención.

En La Sonata del Silencio se lee: “Le enseñó lo que había traído: dos trajes de chaqueta, uno en gris combinado con una camisa blanca con cuello de encaje, y otro compuesto por falda y bolero de terciopelo verde combinado con una preciosa camisa de seda en verde muy claro, con unos lazos en los puños que le daban un porte de distinción; por último […] un gorro de fieltro con una pluma granate y una cinta que entonaba con el tono del traje”.

 Los tocados eran llamativos para que nadie se fijaran en la ropa.

Colores como el verde o el granate eran rayos de luz en la triste bandera de tejidos que se veía en las calles. Texturas toscas, en negro, gris y marrón, que reflejaban el nivel económico y social. Para desviar la atención, las señoras llevaban llamativos sombreros y tocados que evitaban que las miradas se posasen en los trajes raídos y ajados.

Entre 1936 y 1959 no hubo certamen de Miss España. No había tiempo para la belleza. Además, las mujeres tenían que estar en casa, enjauladas, como predicaba Fray Luis de León en La perfecta casada, libro guía que madres y esposos pretendían inculcar a las mujeres jóvenes, a veces incluso a golpes.

“Bueno es el continuo estar en su morada, que el salir fuera de ella es de las viles”, decía Fray Luis de León e incluso se remontaba a Demócrito (del siglo V antes de Cristo) para insistir en que “el aderezo de la mujer y su hermosura es el hablar escaso y limitado, las mujeres han de guardar la casa y el silencio”.

 Roberta Moretti, el glamour en La Sonata del silencio.

Encerradas en casa, sin hablar. Escuchando la radio seriales y anunciosMe ha lavado el vestidito, yo mi blusa me he lavado, lo he dejado muy blanquito, muy sedoso me ha quedado, porque, porque hemos usado Norit el borreguito...

Solo las damas pudientes tenían ciertas libertades y solo ellas acudían a las casas de costura con nombres afrancesados. Entre los salones de moda estaban Madeleine y Téllez. Las señoras adineradas y la aristocracia podían ir a París y vestirse en la casa Balenciaga, situada en la avenida George V.

 Así eran las tendencias en moda de 1946.

En el libro se describe así a madame Hardion, la esposa del embajador: “Vestía un elegante traje de satén verde de media manga, con algo de vuelo y ajustado a la cintura, con cinturón de piel de Suecia de color verde claro, adornado con flores en tres tonos distintos; completaba el vestuario con un collar de perlas de dos vueltas que le caía a la altura del escote… “

Balenciaga había cerrado sus talleres de costura en 1936 y se había instalado en París. Allí tuvo un éxito enorme entre el público y el reconocimiento de la sus compañeros. Coco Chanel llegó a decir: “Él es el único couturier en el sentido más exacto de la palabra. El resto son simples diseñadores de moda”. Y Christian Dior dijo: “La alta costura es como una orquesta cuyo director es Balenciaga. Los demás modistos somos los músicos que seguimos las instrucciones que él nos da”.

 En 1946 Balenciaga lanzó su primer perfume. Al Lado, uno de sus diseños de ese año.

En 1946 Balenciaga presenta la línea barril (tonneau) y boleros bordados en los que se aprecia una emocional influencia española. Precisamente ese año lanza su primer perfume: Le Dix. Palabras como bordados, pañuelos, medias o perfumes no entraban en el vocabulario de muchas chicas, simplemente no se oían en en algunas calles de los barrios madrileños.

A muchas chicas solo se les está permitido soñar, ya sea con Balenciaga o con la moda, esa que tan solo algunas pocas pueden ver en las revistas.

 El traje en marrones y grises era el uniforme de los hombres.

Las penurias mandan y marcan. Las mujeres no pueden llevar pantalones, “hacen el ridículo vistiendo como hombres y fumando como carreteros”, se puede leer en el libro. “Para qué llevar pantalones si su figura, sus caderas y sus piernas están hechas para la falda”.

Aún así las jóvenes se rebelan y empiezan a renovar los rancios armarios. “Las mujeres van por las calles provocando con esos vestidos que transparentan sus formas y esas blusas que dejan ver el principio de los pechos…”.

 Las blusas tenían mangas sofisticadas pero se evitaban los escotes.

Pero hablemos de moda, y fantasía. 1946, como decía al principio, supuso el lanzamiento del biquini, ese tortazo contra la opresión y el machismo de una sociedad que solo ve en las mujeres sumisión, abnegación, pureza y maternidad.

Algunas valientes, ejemplos para otras muchas, lograron derribar barreras. En 1946 María José Ugarte se convierte en la primera auxiliar de vuelo de Iberia. 

 Los colores oscuros marcaban la moda de posguerra.

Las tendencias, marcadas todavía por la escasez que trajo la guerra, proponían chaquetas sencillas, sin adornos, y trajes rectos, con cierto aire militar, con faldas que poco a poco se van acortando.

Los hombros van muy marcados, en horizontal, y todo el conjunto proyecta una silueta desproporcionada. Todo es entallado, y cada vez más corto tan solo por el hecho de ahorrar en tela.

 Las chicas jóvenes empezaron a rebelarse contra lo establecido.

Las revistas aconsejaban ‘reciclar’ los pantalones viejos de los maridos para convertirlos en ropa para los niños. Los visillos servían para hacer vestidos y las cortinas para confeccionar trajes de novia. Moda nacida de la necesidad.

No había dinero pero en muchas cosas siempre hubo amor, incluso por la moda. Fueron años de remiendos tanto para los vestidos como para el corazón.

 Diseños de Jean Patou y bolso, fechados en 1946.