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Según un estudio de la Universidad de California, los niños piensan de forma muy similar a la que se emplea en la ciencia. Fotolia

Todos los niños son científicos

  • Nuevos estudios prueban que los niños son permeables al conocimiento científico

  • Las metodologías ahora fomentan un aprendizaje basado en la creatividad

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Lo hemos oído en todos y cada uno de los programas emitidos de Órbita Laika. En algún momento alguien dice: "Yo es que soy de letras". Es el eterno refugio para protegernos de nuestra incultura científica. Sin embargo estudios recientes prueban que somos muy permeables al conocimiento y al método científico desde que somos niños.

Por eso y para acabar de una vez con esa cantinela, las nuevas metodologías de enseñanza fomentan un aprendizaje de las ciencias basado en la creatividad y la curiosidad. Decía Albert Einstein que "el estudio y, en general, la búsqueda de la verdad y la belleza conforman un área donde podemos seguir siendo niños toda la vida". 

Y en realidad nada mejor que la mente de un niño, completamente libre de ataduras y convencionalismos, para aplicar el método científico. Cuenta el divulgador Bill Bryson en su obra 'Una breve historia de casi todo' que, cuando era niño, en los años 50, contempló con asombro una ilustración de su libro de ciencias, un libro "maltratado, detestado, un mamotreto deprimente".

La imagen era una representación de la Tierra con un corte transversal que permitía diferenciar las distintas capas del planeta y la esfera central de hierro y níquel, "tan caliente como la superficie del Sol", tal y como indicaba el pie del diagrama.

La pregunta que se hizo Bryson al ver eso, según él mismo relata, fue: "¿Y cómo saben eso?". Su mente infantil, más allá de sorprenderse por todo lo que se extendía debajo del suelo, quiso saber cómo se hacía para obtener esa información tan fascinante. El libro de texto, sin embargo, tan solo le mostraba el resultado, le contaba el final de la historia, le llevaba al destino sin permitirle disfrutar del viaje. Somos curiosos desde que venimos al mundo, y eso es lo que nos permite aprender, pero, según el divulgador británico Phillip Ball, autor del libro Curiosidad. Por qué todo nos interesa, la escuela puede aniquilar ese espíritu explorador.

Según un estudio publicado en 2012 por investigadores de la Universidad de California, los niños piensan de forma muy similar a la que se emplea en la ciencia. Cuando se enfrentan a los problemas y deben tomar decisiones, los niños formulan hipótesis, hacen inferencias causales y aprenden a partir de la estadística y la observación, métodos que los convierten en "pequeños científicos".

El profesor debe conocer los intereses y aficiones de los alumnos, y buscar materiales fascinantes. "No hay niño que se resista a hablar de un agujero negro, de antimateria, de calamares gigantes, de criaturas extremófilas... son cosas fascinantes para las que los críos tienen buena disposición. Otra cosa es que, una vez que has capturado al niño a través de la fascinación, seas capaz de vincular ese conocimiento a herramientas como las matemáticas o la física", comenta Javier Mateos, especialista en educación y creatividad científica y director de Aleen, empresa especializada en ingeniería del conocimiento.

Sin embargo, es habitual que la ciencia se enseñe dando respuestas en lugar de estimular la formulación de preguntas, y las materias científicas acaben siendo arduas y tediosas. Frente a los métodos de la vieja escuela, nuevos proyectos se abren paso en las aulas con un paradigma diferente para la enseñanza, en el que los alumnos investigan, analizan, crean, plantean hipótesis, experimentan, descubren y comunican. Para que ese concepto pueda aplicarse dentro del aula, es fundamental la figura del profesor.

El programa El CSIC y la Fundación BBVA en la escuela lleva 25 años estableciendo una colaboración entre investigadores y maestros con el fin de ofrecer a estos docentes una formación adecuada e introducir la enseñanza de la ciencia desde las primeras etapas de la educación. Hasta hace poco tiempo, la ciencia apenas estaba presente en la educación infantil y primaria. El programa del CSIC, además de transmitir a los docentes esa cultura científica básica, aspira a que puedan aplicar en el aula una metodología en la que el alumno toma el papel de investigador a través la experimentación y el descubrimiento, de forma que el niño adquiere el saber de forma natural.

Más de 4.000 maestros están directamente implicados en el proyecto. Esperemos que todo ello sirva para desterrar de nuestro vocabulario esa expresión que en Órbita Laika nos gusta tan poco: "Yo es que soy de letras".