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Discurso José Hierro, Premio Cervantes 1988

  • Es uno de los máximos exponentes de la poesía desarraigada de posguerra.
  • Encarcelado por pertenecer a una organización de ayuda a presos políticos.
  • Su poesía, inicialmente testimonial, devino con el tiempo en existencial.

Por
José Hierro, Premio Cervantes 1988
José Hierro, en una imagen de archivo. RTVE

José Hierro (Madrid, 1922-2002) recibía el Premio Cervantes 1998 en una ceremonia que se recuerda por la entrañable imagen en la que el poeta y el entonces rey Juan Carlos I van de la mano a Hortensia, nieta del primero, tras la entrega del Premio Cervantes.
Recurre José Hierro a la vía poética para construir su discurso, “pues la poesía es mi oficio y por ello estoy aquí”. Pero en su imaginación irrumpen, durante el discurso, Don Quijote, el mito, Miguel de Unamuno y Azorín. Y se apropia José Hierro de las atinadas palabras de éstos últimos con respecto a la obra magna cervantina: “El Quijote es anterior y posterior a Cervantes. Vive el Hidalgo Caballero entre nosotros como si nunca hubiese habitado en las páginas de un libro (…) Ha cortado el cordón umbilical que le unía a su autor y se ha fundido con la Humanidad, toda ella, cultos e incultos, de Oriente y Occidente”. 

Discurso José Hierro, Premio Cervantes 1998

Discurso íntegro de José Hierro

"El escenario impone. Como la ocasión, que congrega a tantas ilustres personalidades. Y a mí, además, me paraliza pensar que debo dirigirme a tan selecta concurrencia para distraer su atención durante unos minutos. Prometo que no serán muchos. Lo que no puedo prometer es que no se lo parezcan.
Las acciones provocadoras en el ámbito de la cultura están pasadas de moda. Y, sobre todo, resultan inelegantes, rayanas en la zafiedad del personaje de Larra. De no ser por el respeto a los usos y exigencias del protocolo, yo me limitaría a agradecer su presencia en esta acto solemne, y a continuación les invitaría a salir al puro aire primaveral para recorrer, juntos, estos espacios y estos tiempos sucesivos -Arquitectura e Historia- simbolizadas en unas piedras que son Patrimonio de la Humanidad. Sentiríamos palpitación del Tiempo. No sería necesario escuchar palabra alguna, referencia a hechos culturales, personas, -La Políglota, Cisneros-, presencia de la primitiva Universidad Complutense en Europa...
Ese silencio deseado no es posible. A mí me corresponde romperlo. Trataré de hacerlo sin contravenir las normas de la cortesía, la primera de las cuales se llama brevedad. En cuanto al esquema de mi intervención el primer punto exige, tras saludarles y agradecer su presencia, manifestar al jurado, nobleza obliga, el haberme elegido para incorporar mi nombre a la nómina de los que ya recibieron, en ediciones anteriores, el Premio Cervantes, del que tan orgulloso me siento. Y no sé cómo expresarlo.

Agradecer el "merecido" honor era grave pecado de vanidad

No he hallado esas "pocas palabras verdaderas" machadianas que no fuesen, o lo pareciesen, mera fórmula vacía de contenido. Ensayé algunas: "Gracias, gracias, gracias; prometo hacerme, en adelante, digno de tan alto honor". Esta era la más adecuada; o así me lo pareció. Pero enseguida la encontré fría. Uno está formado -o deformado- por la palabra poética que pretende no sólo informar, sino también persuadir, transmitir la temperatura cordial. Así que ensayé la vía del barroquismo, el retoricismo, el floripondismo tantas veces latente en cuantos hablamos español, y revestí la fórmula expresiva con adjetivos solemnes y oratorios. El primero que saltó de mi pluma fue aquel "inmerecido", aplicado al honor que el jurado me concedía.
Pero enseguida me di cuenta de que esta pareja sustantivo-adjetivo, pertenecía al seguimiento de las expresiones automáticas y tópicas de la índole de: islas paradisíacas, recuerdo imborrable, humeante tazón, marco incomparable... fórmulas que utilizamos de manera habitual más de lo que nos gustaría, por lo que han ido desposeyéndose de un encanto y sorpresa inicial. Además, en este -y en otros casos similares- era mas que cortesía, ordinariez, pues insinuaría que el jurado concede la distinción a quien no la merece, robándosela a quien poseía méritos superiores. Y agradecer el "merecido" honor era grave pecado de vanidad.
A estas alturas de mi discurso, más de uno entre ustedes estará recordando la famosa anécdota atribuida a Don Miguel de Unamuno, a quien reprocharon que calificase de "merecido" el honor recibido cuando todos en circunstancias semejantes, decían "inmerecido". "Pues tenían razón", fue la respuesta arrogante de D. Miguel. Él no se equivocaba pues seres de esa talla son escasísimos. Lo suyo no era vanidad, sino orgullo y objetividad. Así que, indeciso entre las fórmulas posibles, me decidí, desafiando el riesgo de parecer seco y distante, por la fórmula "Gracias, gracias... etc." que antes deseché. Y no crean que no seguí mirando con el rabillo del ojo el "inmerecido", que se me escapaba de la pluma al recordar tantos creadores que, a uno y otro lado del Atlántico de la lengua común, enriquecen nuestra literatura.
Lo malo de todo esto no es que haya perdido -y hecho perder a ustedes- el tiempo por tiquismiquis de léxico protocolario, sino que aún no sé, sino aproximadamente cuál será la columna vertebral de mi discurso. Sólo una cosa no tuvo duda para mí: que dar las gracias por el Premio Cervantes, en el recinto de la histórica Universidad Complutense, y siguiendo el ejemplo de buena parte de los escritores que lo recibieron en ediciones anteriores, el discurso debía versar sobre algún aspecto de la creación cervantina. Pero ¿qué no se habrá dicho del autor y sus criaturas de ficción a lo largo de los casi cuatro siglos transcurridos desde la primera salida del Caballero? Porque, inconscientemente, cuando yo decía "Cervantes" pensaba en D. Quijote. Y ¿por qué flanco y con qué método acosarlo?

El proceso poético consiste en objetivar, racionalizar, lo que en principio se manifiesta de manera vaga


No puede ser desde la erudición, pues para desgracia mía, no pertenezco a tan noble gremio. Así que no iluminaré ante ustedes zonas oscuras de la obra y la vida de Cervantes. Y bien que me gustaría tener la capacidad y conocimientos suficientes para aportar algo concreto, no mera palabrería.
Otra vía teóricamente posible podría consistir en la vía, digámoslo así, del pensador, del intelectual -que no tiene por qué tener forzosamente un conocimiento "profesional" del tema -que lo asedia desde el exterior, impone su interpretación personal. Y desde ésta llegamos a saber, más que del tema, de quien lo trata. Los retratos velazqueños interesan más por Velázquez -la pintura- que por los modelos -la historia-. Pero también esta vía me estaba vedada por razones obvias.
De manera que, eliminadas razones distintas pero con igual riesgo de fracaso, suelto las riendas de mi caballo y dejo que él me lleve hasta donde su instinto se lo pida. Digamos que se trata de una vía poética, pues la poesía es mi oficio y por ello estoy aquí. Y, se preguntarán, alarmados, ¿qué entiende este hombre por "sistema poético"? Desde luego, nada de la "fermosa cobertura" del Marqués de Santillana, bella desnudez disimulada bajo las galas y el joyerío, sino algo más simple. El -para mí- proceso poético consiste en objetivar, racionalizar, lo que en principio se manifiesta de manera vaga, musical, como un vaho, una bruma que ha de solidificarse sometiéndola a la frialdad de la lógica. Lo que equivale a decir que el poeta, al comenzar un poema, no sabe cuál será su desarrollo y su fin. No "se sabe" el poema. Descubrirá lo que quería decir cuando lo haya terminado.
¿Por qué en este instante en que no tengo más remedio que agarrar al toro por los cuernos, se proyectan en la pantalla de la imaginación tres figuras? Una -qué original- la de D. Quijote, reflejada en el espejo cóncavo-convexo que da como resultado a su contrafigura, o complemento, que se llama Sancho. A un lado del Caballero duplicado, veo a D. Miguel de Unamuno. Al otro, a Azorín.

Lo de que D. Quijote cabalgue por estas Manchas de la memoria confusa es ilógico. Constituye una obviedad recordar que ni Rinconete, Cortadillo, Persiles, Sigismunda, pretendieron -no hubiesen podido- desbancar al Caballero de la Triste Figura. Sólo él ascendió a la categoría de Mito. Fue primero criatura de la imaginación del dios Miguel de Cervantes. Desde que el hidalgo manchego vio la luz, ya talludito, en la madrileña clínica de Juan de la Cuesta, ingresó en el escalafón de los Mitos, junto a otros, anteriores, coetáneos o posteriores, como Edipo, Hamlet, D. Juan, Fausto, todos, como él, de padre conocido.

Desde que el hidalgo manchego vio la luz, ingresó en el escalafón de los Mitos

Esto de "padre conocido" no pretende ser una gracieta, una expresión jocosa de las que tan pródigo son algunos "humoristas" (entre comillas) huéspedes de nuestras televisiones públicas y privadas. Al utilizarla, y antes de analizarla, de justificármela, pensaba en las dos tribus que coexisten en el país del Mito. Una, de "padre desconocido", innegablemente, es la más antigua. Quienes la componen son figuras humanas o monstruosas, encarnación de fenómenos naturales, misteriosos e inexplicables para los primitivos pobladores de la Tierra. Más tarde, Egipcios y Griegos, entre otros, los deificaron, les dieron apariencia de semidioses que no eran sino proyecciones y representaciones humanizadas del Sol, la Muerte, el Trueno.
Los de padre conocido son fruto de la literatura, en cuyo punto de partida está la Tragedia griega. Nacieron -insisto en la tópica expresión- como seres de ficción que aspiraban a salir del papel en el que su creador les engendró, respirar y, dada su compleja grandeza, convertirse en Mitos. Unos y otros, partieron de metas distintas y coincidieron, tras una marcha penosa, en la consulta del psiquiatra en el que se liberaban de sus complejos -Edipo, Electra, Fausto, Locura idealista- erigiéndose, sin pretenderlo, en modelos para futuros dolientes de mente desajustada...
Lo de que D. Quijote, como Mito, haya irrumpido en mi memoria no creo que necesite justificación. Pero ¿qué demonios pintan aquí, junto a él, don Miguel de Unamuno y Azorín?


Avanzando a tientas, a golpe de digresión buscando algo que no sé qué es, hasta que lo encuentro, me fijo en Unamuno. Es su retrato exagerado del gran energúmeno español, como le llamó Ortega. Está reclutando gente para ir "a rescatar el sepulcro de D. Quijote del poder de los bachilleres, curas, barberos, duques y canónigos... a rescatar el Sepulcro del Caballero de la Locura del Poder de los Hidalgos de la Razón". D. Miguel no dudó nunca que no fue Cervantes quien creó a D. Quijote, sino al revés.
Creación de D. Quijote, no entendió a su padre. Y lo que es peor: como era excelente escritor, desencadenó una caterva de cervantistas quienes, como en el aforismo chino, cuando alguien les muestra la luna no se fijan en ésta, sino en la mano que la señala. No es extraño que, en una de sus arremetidas contra los cervantistas, que se desentienden del héroe para diseccionar la escritura de Cervantes, proclamase, airado, que prefería leer el Quijote en inglés.
Para Unamuno, siempre a contracorriente, provocador, Cervantes es una criatura de D. Quijote ("cada uno es hijo de sus obras", recordó alguna vez). Y al llegar a este punto creo que empiezo a comprender el papel que Azorín puede interpretar en esta disparatada comedia. Porque Azorín, buen lector por buen escritor, afirma que "el Quijote no lo escribió Cervantes, sino la posteridad".
Ya sé que para "los Hidalgos de la Razón", guardianes del Sepulcro del Caballero, la paradoja azoriniana, menos retorcida que la unamuniana, tiene una explicación lógica que la hace aceptable. Porque cada época adopta un punto de vista para contemplar las obras predestinadas a ser eternas. Las desventuras del Caballero provocaban la carcajada de sus lectores contemporáneos. Década a década iba conquistando grandeza y melancolía -lectura muy propia del Romanticismo- hasta llegar a convertirse mediado el siglo XIX, en símbolo del idealismo, para los quijotistas, y en modelo de prosa, para los cervantistas, tan despreciados por Unamuno.

Para Unamuno, Cervantes es una critatura de don Quijote


Pero, ¿por qué no acudir a Miguel de Cervantes que, padre o hijo de su obra, alguna luz podrá proyectar sobre ella? Poco importa que sea juez y parte. Iniciemos esta indagación policiaca. Cervantes. En el prólogo a la primera edición de la primera parte de D. Quijote, escribe... "¿qué podría engendrar el estéril y mal cultivado ingenio mío sino la historia de un hijo seco, avellanado, antojadizo y lleno de pensamientos varios y nunca imaginados de otro alguno, bien como quien se engendró en la cárcel, donde toda incomodidad tiene su asiento y donde todo triste ruido hace su habitación?" Y más adelante... "yo, que aunque parezca padre, soy padrastro de D. Quijote,..." El resto del prólogo es una queja revestida de melancolía.
"Al cabo de tantos años como ha que duermo en el olvido, salgo ahora con todos mis años a cuestas con una leyenda seca como un esparto, ajena de invención". El sueño del olvido ha durado veinte años: los transcurridos entre la publicación de la Galatea en 1548 y la de la primera parte del Quijote en 1605. Hagamos ahora el resumen de los distintos parentescos. Para Unamuno, D. Quijote es el padre de Cervantes, a quien creó para poder ser creado, por aquello de que todos somos hijos de nuestras obras. Para Azorín, al Quijote lo escribió la posteridad, lo que le convierte en hijo de padre desconocido. Cervantes no está seguro acerca de su parentesco con el Hidalgo manchego: ¿padre?, ¿padrastro? Ni siquiera está seguro de su apellido -¿Quijada?, ¿Quesada?, ¿Quijana?, ¿Quijano?- ni recuerda el lugar de La Mancha que fue su cuna, en el supuesto de que fuese el mismo en el que Cervantes tropezó con el Hidalgo cuya edad frisaba en los cincuenta años.


Más de uno, entre cuantos tienen la paciencia de acompañarme en esta ocasión, se preguntarán por qué me demoro navegando entre manglares y divagaciones en vez de poner rumbo directo al puerto de llegada. Y no entenderán -yo, hasta ahora, sólo lo vislumbro- la curiosidad que despierta en mí la cuestión del parentesco que relaciona al autor con el personaje. El sistema del poeta, recordé antes, consiste en hacer accesible a la razón lo que, en su origen, es música errante que ha de encadenarse al pentagrama, lo que le permitirá ser interpretada y, en consecuencia, hacerse audible para todos, aunque no sepan nada acerca de la música, como podemos poner en marcha un coche sin conocer lo más elemental de mecánica.
Sucede que por todas partes se va a Roma. Y se llega. Un astrónomo está capacitado para predecir el día y la hora en que se producirá un eclipse de luna, pues en esos minutos la sombra de la Tierra interpuesta, impedirá que la del sol llegue a nuestro satélite. Un sacerdote caldeo, egipcio, maya, llegará a la misma conclusión, pero utilizando otro sistema, a partir del hecho de que devorar lunas o soles es la actividad predilecta de los dragones ciertos días de cada siglo. ¿Por qué si antaño el Sol se movía alrededor de la Tierra y ahora sucede al revés las estaciones del año siguen llegando puntualmente a su cita con equinoccios y los solsticios?, y ¿por qué el tiempo atmosférico no acaba de disciplinarse, someterse y, como siempre, sigue siendo huidizo, imprevisible, caprichoso y burlón? Su juego consiste en desmentir todo pronóstico: del meteorólogo, del campesino, de las cabañuelas, del acreditado calendario zaragozano. Por todas partes se va a Roma, sí; pero por todas partes puede no llegarse a Roma.

El Quijote es anterior y posterior a Cervantes, y Don Quijote, un ser de carne y hueso

¿Quién puede impedir a nadie que afirme que Newton no pensó en la ley de la gravedad al ver caer una manzana de un árbol sino que, habiéndola elaborado y formulado sobre el papel, se vio obligado a inventar el manzano para corroborarla?
Las paradojas de Unamuno y Azorín, como la metáfora del dragón que devora al sol o a la luna son verdades contempladas desde el otro lado. Realidades fabuladas, traducidas a otra lengua. Y coinciden en un punto de fuga: el Quijote es anterior y posterior a Cervantes. Cuando atinan, desatinan. Vive el Hidalgo Caballero entre nosotros como si nunca hubiese habitado en las páginas de un libro. Es una figura familiar, ennoblecida y añejada por la madera del tiempo. Ha cortado el cordón umbilical que le unía a su autor y se ha fundido con la Humanidad, toda ella, cultos e incultos, de Oriente y Occidente. Y esto es algo que -entre otros muchos rasgos- lo singulariza entre los Mitos de padre conocido, que pueden ser conocidos y admirados, pero no populares (no imagino a un analfabeto inglés pensando en Hamlet cuando debe tomar una decisión y si, en cambio, a un analfabeto español calificar de "quijotada" a cualquier decisión locamente idealista). A diferencia de los Mitos de origen literario, D. Quijote es un ser de carne y hueso, no un arquetipo que vive a salto de mata entre páginas y páginas eruditas y acaba por dar nombre a un complejo. El Quijote tiene esa fuerza de impregnación popular que, como el Romancero, hace que no nos parezca obra de una sola persona, sino acarreo de generaciones sucesivas. Los años no le han hecho perder su lozanía. Tal vez D. Juan sea el Mito que más se le aproxime, pero se ha quedado más cerca de lo arquetípico.
No es hijo de ninguno de los padres conocidos -desde antes de Tirso hasta después de Zorrilla- que lo han prohijado, aprovechándose de su desamparo. Pero todos hubieron de contentarse con realizar unas variaciones personales sobre un tema dado, (y desaprovechado); resignarse a ser Avellanedas de una criatura que no halló a su Cervantes.


Esta criatura, confesaba su autor, fue engendrada en la cárcel. "Un hijo seco y avellanado". Tras la declaración inicial de paternidad, vuelve sobre ella para transmitirnos su propia duda acerca del vínculo que los une: ¿Hijo?, ¿Hijastro? Comenzada la novela surgen nuevas imprecisiones. El sobrenombre de Sancho -Panza o Zancas, como aparece en los papeles del historiador arábigo Cide Hamete Benefeli- También es dudoso para el narrador pues "con esos dos sobrenombres le llama algunas veces la Historia". En cuanto a la duda acerca del verdadero apellido de don Quijote, Cervantes alude a los "autores de esta tan verdadera historia". Autores, así, en plural, lo que lo sitúa, mágicamente en la órbita de las obras de creación colectiva, que antes recordé.
Sí: ya sé algo de esos recursos fabuladores del contador de historias reales o imaginarias. Le sirven para dar mayor verosimilitud, o crear enigmas que animen al lector a seguir adelante. En nuestro siglo no son pocas las novelas y las películas que basan su publicidad en el hecho de que lo que se cuenta en ellas ha sucedido realmente. El truco es antiguo. Muy cerca tenía Cervantes el ejemplo de Fernando de Rojas que halló por casualidad el primero -y único- acto de aquella tragicomedia que hubiese sido divina de haber escondido más lo humano. Trucos, recursos, malabarismo, mentiras...
Pero la mentira deliberada puede ser una verdad simétrica, una verdad traducida a una lengua de código muy distinto. A partir de un punto, podemos trazar radios alrededor. Cada uno es una mentira posible. ¿Por qué el autor elige, entre las infinitas mentiras posibles, una determinada? ¿No será que mentir equivale a expresar una verdad que el mentiroso ignora que lo es?

Cervantes adjudica sus poesías a pastores enamorados, pero se delata disfrazado de Cautivo que regresa a la patria

Nadie en su sano juicio permitiría la entrada del autor Cervantes en su novela. Lo hace dando la cara, con digresiones acerca de documentos perdidos en los que están escritos los trabajos, locuras y desventuras de D. Quijote. Sus poesías las adjudica a pastores enamorados, aunque cuando más se delata es al aparecer disfrazado de Cautivo que regresa a la patria. Nadie en su sano juicio, repito... pero ahora advierto que me dejé llevar por el tópico léxico, y que lo que quería decir es que sólo el loco de atar permitiría que Cervantes se mezclase con sus personajes. Porque estamos entre Caballeros de la Locura, no de la Razón, entre fabuladores que restituyen a sus probables autores los personajes y vidas y sucesos de que se apropió Cervantes. Por eso Unamuno, en su "Vida de Don Quijote y Sancho" despacha sin comentario alguno los capítulos XXXIX al XLII, precisamente los más autobiográficos, en los que Cervantes evoca su cautiverio en Argel. Unamuno ni siquiera se detiene a ensalzar las acciones valerosas, arriesgadas, solidarias del Soldado Miguel de Cervantes ("a la guerra me lleva/la necesidad...") a pesar de saber que se trata de un hijo, de D. Quijote, poeta, autor dramático, novelista... actividades que desconocían sus compañeros de armas y que, veinte años más tarde, otros, que sí habían tenido noticia de ellas, comenzaban a olvidar. Aquel escritor que prometía, era un ser a contratiempo. Gentes nuevas lo expulsaron del Corral de Comedias. Y del Parnaso, al que llevó una tropa inacabable de poetas, en acto de generosidad excesiva y mínimo sentido crítico.

El ser humano al crear a Dios estuvo más acertado que Dios al crear a los humanos

En esta recta final, todos los datos concuerdan. Da lo mismo que estemos ante el negativo o el positivo, ante la radiografía o la fotografía. Fabulación y erudición, mago y científico llegan a las mismas conclusiones por caminos convergentes, como en el mundo de los Guermantes. Todo se puede decir de una manera o de la simétrica invertida en el espejo del agua. Para el creyente, Dios hizo al ser humano; para el ateo, el ser humano hizo a Dios, porque lo necesitaba (y no es el momento de someter a votación quién lo hizo mejor, pues la Razón, como saben los quijotistas no lo explica todo, como creen los cervantistas).
Si se pudiesen realizar operaciones con cantidades heterogéneas, la conclusión podría ser que el ser humano al crear a Dios estuvo más acertado que Dios al crear a los humanos: basta con asomarse a las páginas de los periódicos o a las pantallas de los televisores, echar una ojeada sobre el mundo, para comprobarlo. Pero es un argumento propio de los más zafios hidalgos de la Razón.
¿Cervantes, criatura de D. Quijote? ¿D. Quijote, criatura de la posterioridad? En este embrollo, ¿qué papel interpreta Cervantes, el Manco que escribe a través de mil manos anónimas, desde el pasado y desde el porvenir, un libro que es un milagro y un enigma como el del origen del Universo, el del homo sapiens? ¿Dónde estará el instante primero, el Big Bang, el eslabón perdido?
Yo tomo mi penacho y mi báculo de chamán por la senda del desvarío. Cuento la verdadera falsa historia de la creación de D. Quijote. Uno hijo -recordémoslo- engendrado en la cárcel, nos dice su padre Cervantes. Subrayo engendrado, no parido. (No me vengan los hidalgos de la Razón con que el hombre no pare y me obliguen a justificar la metáfora aduciendo el testimonio de tantos escritores que han comparado la felicidad y el dolor de crear con los del parto).

RTVE

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