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'El rapto de Europa", Veronés (1574), Palacio Ducale de Venecia.

Renacimiento en Venecia: la reinvención de la belleza a través del color

  • El Thyssen presenta una exposición sobre la pintura veneciana en el siglo XVI

  • Muestra obras de Tiziano, Tintoretto o Veronés con préstamos excepcionales

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“La herencia de la pintura veneciana y de Tiziano se aprecia en Rubens, en Van Dyck, en Rembrandt, en Delacroix, en Rothko, también en Bacon. Los venecianos plantean la destrucción de la pintura a través del color, un tema muy del siglo XX”.

El catedrático de Historia del Arte en la Universidad Complutense y exdirector del Museo del Prado, Fernando Checa, bosqueja la rabiosa modernidad y la estela importantísima de la última etapa de la escuela de Venecia.

Artistas como Tiziano, Tintoretto, Veronés, Giorgione o Lotto irrumpen en el Renacimiento con una vuelta de tuerca revolucionaria: frente a la predominante pintura de Florencia y Roma, basada en el dibujo previo “más intelectual”, proponen un paradigma fundado en las manchas de color “más sensual y basado en los sentidos”, en la técnica, y con un concepto propio de belleza en la temática, a la que dotaron de mayor expresividad en sus creaciones.

 'Dos ninfas en un paisaje', Palma el viejo, 1513,Museo Stadel.

El Museo Thyssen explora esta idea a través de la muestra “El Renacimiento en Venecia. Triunfo de la belleza y destrucción de la pintura” (Del 20 de junio al 27 de septiembre”).

Una amplia exposición de casi un centenar de obras, que cuenta con algunos préstamos internacionales excepcionales procedentes del Palacio Pitti de Florencia, el Museo de Historia del Arte de Viena, la Galería de los Uffizi de Florencia, el Museo del Louvre de París o la National Gallery de Londres, a los que se suman los ricos fondos que atesora España gracias a la admiración tizianesca de Felipe II.

El monarca fue el más grande coleccionista del Tiziano tardío. La mayor colección de sus pinturas está radicada en el Prado y en el Monasterio de El Escorial, de donde procede la obra maestra del claroscuro Cristo crucificado, que se suma a la selección y convierte a Madrid en el mayor escaparate mundial del arte de la ciudad de los canales durante este verano.

Asimismo, la pinacoteca adiciona piezas propias como El Paraiso (1588) de Tintoretto y Joven caballero en un paisaje (1505) de Vittore Carpaccio, un lienzo que fue símbolo del Thyssen en su inauguración hace 25 años.

El hilo argumental de la muestra ofrece un recorrido dividido por temas y su relación con la estética, que supuso el despertar artístico de Venecia en pintura y arquitectura abandonando la temática religiosa dominante en el medievo.

Fue el cambio propio de un momento de encrucijada: al borde de perder su hegemonía por la caída de Constantinopla (1500) y abocada al aislamiento, la Serenisima se reinventa a través de una efervescencia cultural que mira al clasicismo y rinde culto a una belleza idealizada como evasión de una realidad que le volvía la espalda.

 'Retrato de un joven en su estudio', Lottto, 1528, Galería de la Academia, Venecia.

Así, encontramos reflejada desde la impresionante decoración de los palacios de la ciudad, a la imagen del poderío militar encarnado en las brillantes armaduras de los caballeros retratados por Carpaccio. En otro apartado, el deseo de belleza urbana se funde con el sueño de jóvenes meláncolicos, que meditan o tocan instrumentos musicales elegantemente vestidos. Son estampas en las que se evoca una Antigüedad utópica en un ambiente mágico.

En este espacio, destaca Retrato de un joven en su estudio (1528), de Lorenzo Lotto, una de las grandes pinturas del Renacimiento, y la mejor del autor, que nos enfrenta a un misterioso desconocido que emerge de la oscuridad.

La idealización también se traslada a la naturaleza de las pastorales mitológicas de Piombo o Palma el viejo. Otra innovación: los pintores del Veneto se inventaron estos paisajes, ya que la ciudad del Adriático era un conjunto urbano circundado por canales.

Pintura de bellas

Con respecto a la imagen de la mujer, los autores venecianos crearon su propio género de “pintura de bellas”, féminas carnales que representan una hermosura idealizada que se contrapone a la mujer real, y que en muchos casos tienen a la diosa Venus como protagonista.

En este recorrido, el público puede disfrutar de la espléndida El rapto de Europa (1574), una de las obras más admiradas de Paolo Veronés, que por primera vez sale de Italia procedente del Palacio Ducal de Venecia [Ver la imagen que encabeza la información].

El conjunto rebosa sensualidad y sobresalen los reflejos de la luz sobre el cabello y joyas, un elemento muy típico en los lienzos renacentistas. “En el siglo XVII era el cuadro que todo rico europeo quería tener”, asegura Fernando Checa, que comisaria la selección del Museo Thyssen que ha tardado cuatro años en completarse.

 'María Magdalena penitente', Tiziano, 1540, coleccion particular.

Mención aparte merecen, las tres “Magdalenas” vestidas de Tiziano, “mujer pecadora pero mujer al fin y al cabo”; procedentes del Museo Capodimonte de Napolés, de una colección particular española, y una tercera, que ha sido prestada por el Ermitage ruso.

“La de San Petersburgo es una obra maestra. Era uno de los pocos cuadros que quedan en su taller antes de morir, y cuenta la leyenda que el pintor murió abrazado a la pintura porque es a la vez muy patética y muy sensual”, explica el comisario a RTVE.es.

En la última etapa de la escuela veneciana, la tendencia a la pintura de manchas se exacerba, en el eterno enfrentamiento entre dibujo y color. Una pintura que lleva implícita su propia autodestrucción. Son obras ideadas para ser observadas de lejos por el visitante, y juegan con la fusión de colores, un guante que a posteriori recogerán los impresionistas.

 'Cristo crucificado',Tiziano, 1565, Monasterio de El Escorial.

“En estas pinturas, si las ves de cerca ves borrones, una pintura casi abstracta, pero de lejos esos borrones se funden en la retina y aparece la figura”. Máximo exponente de esta ejecución pictórica es el Cristo crucificado de Tiziano. Un lienzo desbordante de dramatismo, que cierra la muestra en solitario, y que ha viajado desde el Escorial al Thyssen.

“El ojo del espectador del siglo XX está educado para ver este tipo de pinturas pero en el siglo XVI no lo tenían; por eso ese aspecto de modernidad de la pintura veneciana en esa pincelada suelta, en esos borrones. En el Renacimiento hablaban de crueles borrones, era a veces criticada, pero esa característica, precisamente hoy en día nos atrae”, concluye el especialista.

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