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Tatuadores y tatuados, biografías en carne viva

  • En España se hacen un promedio de un millón de tatuajes al año
  • El tatuaje combina la autoafirmación identitaria con la expresión estética
  • Los tatuadores españoles denuncian la falta de regulación específica
  • La actividad mueve en nuestro país una media de 200 millones de euros

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Tatuadores y tatuados Biografias en carne viva

"Para mi el tatuaje es todo. Todo lo que hago desde que me levanto hasta que me acuesto, es tatuaje", afirma sin dudas a RTVE.es Javier Urbaneja, tatuador. A su lado, Zulima Torné, tatuadora y compañera de estudio, explica: "En mis propias carnes lo que me suelo tatuar son vivencias que quiero mantener conmigo de por vida. Casi todos mis tatuajes me llevan a una experiencia concreta que he vivido".

En pocas líneas, ambos nos resumen una vocación, una profesión, el ingrediente principal de sus días y una filosofía de vida: Son tatuadores y tatuados. "Empecé a tatuar hace 20 años, cuando tenía 17", nos cuenta Javier. En 1999 abrió su propio estudio, Qbos, donde ahora nos reciben él y Zulima.

Tatuajes trazados hace 5.300 años nos han llegado aún nítidos en el cuerpo momificado del cazador Otzidescubierto en los Alpes en 1991; los humanos se han dibujado signos en la piel con diversos fines desde la antigüedad más remota. Pero lo que en un principio tuvo un uso ritual y tribal, identificativo de castas y pertenencia a comunidades, ha derivado en la actualidad a una función más expresiva y estética con un amplio abanico de propósitos.

La ceremonia del tatuaje

Apunta Javier que "antes era más práctico y ahora es más estético, pero depende del tipo de cliente". Sin embargo, el momento del tatuaje, la intrusión en la integridad física para marcar la piel de forma perenne, mantiene una suerte de poder "sacramental" y ceremonial para sus participantes.

"Creas un vínculo espectacular, tocar a alguien cogerle y hacerle daño, y notar que esa persona te ha escogido a ti para llevar un trabajo tuyo de por vida. Es un vínculo muy especial", confiesa Zulima. "El momento de tatuarte es muy importante, tanto como llevarlo", continúa.

La palabra "tattoo" llegó a Europa gracias a los viajes del inglés Cook a bordo del Endeavour en el siglo XVIII. Procede del vocablo "tatou", que es como los tahitianos llamaban a esta práctica. Fueron los marineros quienes rompieron el tabú de las religiones bíblicas hacia la marca indeleble del cuerpo. Tripulaciones como la de la Bounty, incluido el capitán Fletcher, reintrodujeron el tatuaje en occidente.

Para el antropólogo y sociólogo francés David Le Breton, el trabajo del tatuador le sitúa "por encima de las culturas, se tranforma en un transmisor, casi en un chamán de los tiempos modernos". Y el autor resalta la trascendencia del acto: "La persona tatuada inventa un mito personal alrededor de su tatuaje”.

Dibujos eternos, razones perecederas

"Hay gente que se tatúa porque en su grupo social todo el mundo lleva algo. Es cultural, es por sentirte dentro. Cuando te tatúas, demuestras a qué grupo perteneces, igual que cuando te vistes", aclara Torné.

Pero una decisión tan definitiva no siempre se toma desde convicciones firmes, y esta duda no es ajena al tatuador. "Lo notamos cien por cien", afirma Javier, y argumenta: "El error es tatuarse por moda. El tattoo es atemporal. No te lo puedes quitar como un jersey".

Después de dos décadas dibujando sobre la piel de sus clientes, para Urbaneja "la primera relación es de respeto. A veces congenias y otras no (..) Cuando escogen un motivo, intentan no cometer el error de arrepentirse. Al principio desean que sea algo de lo que no quieren olvidarse. Con el tiempo, si continúan tatuándose, tienden a elegir diseños con otros criterios", nos dice.

Tatuadores y tatuados

De los pies a la cabeza, la piel de nuestros entrevistados es una biografía en colores y perforaciones. Un episodio médico, la ilusión de una casa nueva, un capricho para el ser amado, un lazo de amistad. Para Javier, tatuar y tatuarse, son prácticas que "van de la mano. Hay un montón de tatuadores que no van tatuados. Te pueden tatuar muy bien pero les falta un 50 por ciento de la experiencia total. Si eres tatuador tienes que tatuarte", afirma con convicción.

Zulima propone una gama de diseños personal, más allá de los patrones clásicos. Su perspectiva relacionada con la condición de autora da una vuelta de tuerca a sus trabajos: "Un lienzo nunca te pone límites sobre lo que vayas a hacer encima de él. La piel de una persona implica que la persona te dice qué es lo que quiere llevar, pero hemos conseguido clientes que nos han dicho 'haz lo que quieras'".

Abrir su estudio, Qbos, en España supuso una aventura en un "limbo de alegalidad", nos explica Javier. Ambos se lamentan por un déficit regulatorio que ellos decidieron compensar "ajustándonos al marco legal más exigente de todos, el de Canadá", a cuya normativa se ciñen sus instalaciones y su práctica profesional.

España, tierra de nadie del tattoo

"En España se hace una media de un millón de tatuajes al año", explica a RTVE.es Fidel Prieto de Mingo, secretario de la Unión de Tatuadores y Anilladores Profesionales (UNTAP). Teniendo en cuenta que los precios oscilan entre 50 y 300 euros de media, según Prieto, esto permite calcular un volumen comercial de casi 200 millones de euros.

La inversión que requiere un estudio con un equipamiento correcto, también según datos de UNTAP, se sitúa entre 15.000 y 20.000 euros. En España funcionan entre 3.000 y 3.500 talleres, explica Fidel Prieto, de los que "el 25 % de los estudios son ilegales".

Autónomos y pequeños empresarios como Javier, Zulima o Fidel Prieto, denuncian la ausencia de un epígrafe específico que defina su actividad profesional. Esto les obliga a regularizar las licencias y la fiscalidad registrándose "como establecimientos de belleza -epígrafe 887-, peluquerías, o el cajón de sastre del epígrafe 'varios'", se queja el secretario de UNTAP.

Tatuados arrepentidos, industria floreciente

Además de acentuar la identidad, personalizar la propia imagen puede abrir las puertas de determinados grupos sociales. Pero también puede cerrarlas si el aspecto choca con determinadas convenciones establecidas. Un empleo de cara al público, el deseo de no entorpecer primeras impresiones en un determinado momento profesional o vital puede llevar a la necesidad de eliminar un tatuaje.

"Entre un 18 y un 20 % de la actividad se dedica a la eliminación de tatuajes, que se realiza a partes iguales entre clínicas dermatología y estudios profesionales", nos aclara Prieto. "La clave. -continúa- está en el desarrollo de los láseres utilizados para tratamientos relacionados con el pelo, que son muy similares". Según la consultora Ibis-World, en Estados Unidos el crecimiento de esta actividad se cuadruplicó en la última década.

Pero, como afirma Le Breton en su libro El tatuaje (Casimiro Libros, 2013), "El tatuaje es hoy una tendencia planetaria. El cuerpo desnudo parece ser algo insoportable". Para el antropólogo, marcarse la piel es "una firma del yo" que valida una observación: "En un mundo de imágenes, hay que hacerse imagen".

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