El valle de los neandertales

  • RTVE.es visita Pinilla del Valle, el lugar con más yacimientos de neandertales de Europa
  • Este próximo domingo día 9 se celebra una jornada de puertas abiertas
Ampliar fotoRecreación de un campamento de verano neandertal

Recreación de un campamento de verano neandertalImagen cedida por Mauricio Antón

AMÉRICA VALENZUELAAMÉRICA VALENZUELA 

Situados en medio del Calvero de la Higuera, en Pinilla del Valle frente embalse de Lozoya, miramos a nuestro alrededor, girando sobre nosotros mismos. Vemos un terreno verde y fértil rodeado de montañas y podemos imaginar lo que sentían neandertales que habitaron este valle hace 100.000 años.

“Era pura riqueza y abundancia encerrada entre montañas”, explica a RTVE.es el paleontólogo Juan Luis Arsuaga, codirector del yacimiento. Aquí, durante el Pleistoceno, la comida no escaseaba ni para los neandertales ni para los otros grandes depredadores, como leones, leopardos, perros rojos, lobos y osos que cazaban gigantes herbívoros como rinocerontes de estepa, uros, ciervos y caballos que venían atraídos por los pastos que crecían regados por un arroyo.

Los neandertales eran cazadores y recolectores nómadas , pero aquí permanecían todo el año”, añade el arqueólogo Enrique Baquedano, codirector del yacimiento y director del Museo Arqueológico Regional (MAR) de la Comunidad de Madrid. “En otros lugares de Europa los neandertales se veían obligados a comer presas pequeñas como conejos o tortugas”, explica.

El homo neanderthalensis habitó el planeta durante 270.000 años y convivieron con los homo sapiens en la Península Ibérica unos 35.000 años. “Durante el largo periodo de tiempo que los neandertales vivieron, la Tierra experimentó alternancia de periodos fríos y cálidos”, ilustra Arsuaga. “En el periodo frío empezó la competencia con los homo sapiens y los neandertales se extinguieron”, apunta. Qué sucedió exactamente aún es un misterio.

Aquí más de 70 personas trabajan en la XI campaña de excavación financiados por la Comunidad de Madrid, Mahou y el Canal de Isabel II. Hasta el 25 de septiembre cavarán intensamente en busca de restos fósiles de seres del pasado para descubrir detalles sobre sus costumbres y entender qué les abocó a la extinción. En su inmensa mayoría son arqueólogos, paleontólogos y geólogos que no han querido dejar pasar la oportunidad de veranear en el lugar con más yacimientos de neandertales de Europa.

Los primeros restos fósiles aparecieron en 1979 durante las obras de un camino al borde del Embalse de Lozoya, en lo que hoy se conoce como Cueva del Camino. Un equipo de paleontólogos de la Universidad Complutense de Madrid excavó este yacimiento durante la década de los años 80 y descubrió dos joyas que hicieron que despegara el interés por este lugar: dos molares de neandertal.

“El yacimiento fue un cubil de hienas hace unos 90.000 años. Estas carroñeras arrastraban restos de animales y humanos hasta allí para devorarlos”, explica Arsuaga. “Son buenas acumuladoras de material interesante, pero también se comen los huesos, tienen una dentición especializada para machacarlos y devorarlos, por eso no hemos encontrado más restos humanos”, comenta.

En busca de nuevos yacimientos

Tras este primer hallazgo de restos de neandertal, en 2002 empezaron a prospectar los afloramientos de roca caliza que salpican el valle en busca de otras cavidades que pudieran esconder fósiles. Desde entonces, se han descubierto varios yacimientos, “y quedan muchos calveros aún excavar”, reconoce Arsuaga.

El lugar es una especie de queso gruyere, plagado de cavidades, galerías, torcas y dolinas que se conectan entre ellas. Ahora mismo están excavando el yacimiento de la Cueva de Buena Pinta, donde también se han encontrado dientes de neandertal. “No acertamos a encontrar dónde está el resto del individuo”, reconoce mirando a la roca como si esta pudiera hablarle y darle una respuesta.

Saludamos en la distancia al tercer codirector del proyecto, el reputado geólogo Alfredo Pérez-González, que está revisando las anotaciones tomadas por los voluntarios. Nos devuelve una sonrisa.

Otro rico yacimiento es el Abrigo de Navalmaíllo. “Ahí estuvo acampado un grupo de neandertales y hay muchísimos restos de herramientas, hogueras y de animales que sirvieron de alimento”, comenta Baquedano. Unos metros más allá suena música en un reproductor de alguno de los trabajadores. Es el grupo de glam punk Nancys Rubias.

El último yacimiento que visitamos es la Cueva Des-Cubierta, donde el año pasado desenterraron un tesoro: los dientes de leche de un infante que probablemente habían enterrado con mimo. Si se confirma la hipótesis la primera sepultura neandertal de la Península Ibérica. En la reconstrucción han propuesto que pertenecieron a una niña rubia y de piel clara. “Sabemos que los neandertales podían ser rubios y pelirrojos gracias al ADN y que tenían la piel clara en esta latitud”, dice asertivo Arsuaga.

En 2002 un equipo internacional dirigido por el genetista sueco Svante Pääbo, del Instituto Max Planck, publicaron en genoma del neandertal a partir de ADN extraído del primer individuo que se encontró, en 1856 en la cueva de Feldhofer en el valle de Neander (Alemania).

Al lado de este yacimiento, encaramados en una piedra caliza elevada y bajo la cual podría haber (por qué no) otro yacimiento oteamos una explanada que nos llama la atención dentro del área reservada para comer y descansar situada a unos cientos de metros. Nos acercamos hasta allí cuaderno y cámara en mano.

La superficie está cubierta por medio centenar de sábanas de plástico sobre las que reposan montones de pequeñas rocas secándose al sol. Con agua a presión los trabajadores limpian kilos de material que pasan por tamices.  “Estamos usando tamices de 5 milímetros y de 0,2 milímetros. El agua arrastra el limo y la arcilla y queda el sedimento grueso”, nos cuenta César Laplana, paleontólogo del MAR experto en microfauna. El material lavado lo meten en bolsas de plástico en función del tamaño.

Un minucioso trabajo de separación

Un chico coge una de estas bolsas y se la lleva a una mesa situada bajo una carpa donde algunos trabajadores hacen un almuerzo. En una de las mesas, con buena luz sus compañeros trían los sedimentos. “Separamos rocas de restos de huesos fósiles de microfauna. Encontramos restos de ratas, musarañas, conejos, murciélagos, comadrejas”, explican dos estudiantes, Helena, geóloga, y Gonzalo, zoólogo. Es un trabajo que requiere mucha paciencia, buen ojo y conocimientos.

Montados en el jeep, Arsuaga nos lleva a la residencia donde se alojan los trabajadores de la campaña de este año y que en invierno es un refugio de excursionistas que visitan Rascafría y el Monasterio del Paular.  Allí han montado unos provisionales laboratorios.

“Esto funciona como un reloj suizo”, afirma haciendo un gesto de convicción con la mano Baquedano. Recorremos las piezas de este reloj. Entramos en la primera estancia, la biblioteca del refugio, donde rodeado de estaciones totales plegadas y trípodes, un voluntario pasa los datos recogidos en el terreno sobre las cuadrículas, nivel y número de pieza.

En otra sala llena de ordenadores los voluntarios y estudiantes revisan todas las anotaciones hechas en el cuaderno de campo. Los vuelcan a una plantilla. Por la noche, tras acabar este trabajo, regresan allí para dar un empujón a sus tesis.

Las labores de lavado

En la siguiente estancia se llevan a cabo las labores de lavado. Las piezas recogidas en el terreno durante el día se lavan, llegan a esta sala en bolsas de plástico individuales. Una a una se sacan se lavan en un barreño, se dejan secar al aire y sobre papel secante y se devuelven a la bolsa. De ahí se trasladan a otra sala con diez mesas. En cada una se realiza una actividad muy definida. En una de ellas se realiza el siglado de las piezas. En un lugar liso de la pieza extienden una fina capa de esmalte transparente de uñas, con un rotulador punta 0,5 milímetros escriben un código que incluye el yacimiento donde fue hallado, la campaña y el cuadro.

El sonido de un afilado torno nos pone los pelos de punta. Buscamos con la mirada y localizamos el origen. “Está microexcavando”, comenta Baquedano señalando al chico con mascarilla que maneja el instrumento sobre un bloque de piedra y bajo una gran lupa. “A veces traemos bloques de terreno dentro de los cuales creemos que hay huesos. Aquí, en el laboratorio es más cómodo trabajarlos”.

El material recogido en la campaña se reparte entre los expertos para que lo estudien a fondo. Los de carnívoro van a la Universidad Complutense con el equipo de con la paleontóloga Nuria García, los humanos al laboratorio de Arsuaga, los de herbívoro van con el también paleontólogo Diego Álvarez de la Universidad de Oviedo. El resto se almacenan en el Museo Arqueológico.

Vosotros mismos podéis ver todo esta maravilla científica. El próximo día 9 de septiembre celebran una jornada de puertas abiertas. Los tres codirectores estarán allí para atenderos. Un lujo.

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