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Las revueltas dejan sin trono a los 'herederos' del mundo árabe

  • El discurso nervioso y amenazador de Saif Gadafi marca el fin de una era
  • Era visto como el más aperturista y pro occidental de los hijos del dictador
  • Gamal Mubarak fue una de las primeras víctimas de la caída de su padre
  • El presidente de Yemen ha tenido que cerrar la puerta a su posible sucesor
  • No siempre fue así: Bachar el Assad asumió sin problemas el cargo de su padre

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Saif Gadafi, hijo del dictador libio, en junio de 2010. REUTERS REUTERS/Sergei Karpukhin

"La historia es extremadamente peligrosa. La historia, hermanos, es demasiado grande para el pueblo libio y unos pocos entusiastas siguen un plan para emular lo que ocurrió en Túnez y Egipto. Y me gustaría llamar la atención sobre que Libia no es Túnez o Egipto".

Con gesto nervioso, improvisando ante las cámaras a medianoche, Seif al Islam Gadafi, uno de los hijos del dictador libio Muanmar Gadafi, dejaba en evidencia el temor no solo del régimen que encarna su padre, sino el de él mismo.

Porque Said Gadafi no quiere ser como Gamal Mubarak, el segundo hijo del expresidente egipcio, señalado como sucesor y cuya impopularidad llevó a su padre a prescindir de él a las primeras de cambio en las revueltas para tratar -sin éxito- de calmar a la población.

Ni tampoco como el hijastro del expresidente Ben Alí, Sakhr el-Materi, ascendido hace unos meses al comité central del partido del líder tunecino y caído en desgracia como todo el clan relacionado con su madre, Laila Traversi.

Más aún, tampoco quiere ser como Ahmed Saleh, el hijo del presidente de Yemen, cuyo probable papel de sucesor fue descartado por su padre también en un primer momento para frenar las protestas, aunque el presidente Ali Abdulá Saleh sigue aferrado al cargo como el primer día.

Y es que la propia persona de Seif Gadafi es una triste metáfora de hasta qué punto las revueltas desatadas en el mundo árabe son el fin de un modelo de Gobierno autocrático y con afanes de monarquía sucesoria, aunque no lo sean.

Educación occidental

Educado en Reino Unido, calificado por el New York Times tan solo el pasado año como "la cara amistosa con Occidente y el símbolo de las esperanzas de reforma y apertura", hasta este domingo si algo había definido a Saif era su voluntad de diferenciarse de sus hermanos y del lado más oscuro del régimen de su padre.

Habla inglés con fluidez, está licenciado en un postgrado en la London School of Economics y desde la fundación que preside ha tratado de establecer medios de comunicación "independientes" e incluso ha promocionado un comité para reformar la Constitución.

Y, sin embargo, el primero de los miembros de la familia Gadafi en hablar y dar la cara ante las cámaras fue él, en un intento desesperado de reconducir la situación hacia una posible reforma constitucional.

Es poco probable que tenga éxito. "Periódicamente su padre le ha dado un poco de correa y Saif ha salido y hablado de crear una Constitución pero luego esas cosas han quedado en nada", aseguraba a la CNN un ex alto cargo del Departamento de Estado de EE.UU..

Más significativo aún fue que precisamente Seif, el hijo más abierto a Occidente, se empeñase una y otra vez en denunciar la injerencia extranjera en una noche en la que todas las luces de alarma saltaban en las cancillerías internacionales.

Vástagos señalados

Las capitales de Occidente llevan años asistiendo con escepticismo a los intentos de los dictadores del mundo árabe de colocar a sus vástagos al frente del Gobierno cuando el paso del tiempo hiciese inevitable su retirada.

El caso más paradigmático es el de Gamal Mubarak, el preferido por su padre para sucederle pese a ser profundamente impopular, tal y como se recogía en los papeles del Departamento de Estado hechos públicos por Wikileaks.

Gamal es un tecnócrata que ha trabajado para Bank of America y que incluso fundó su propia firma de capital riesgo en Londres, el verdadero epicentro de buena parte de estos herederos que se están quedando sin trono.

Aunque oficialmente el segundo hijo de Mubarak siempre ha negado su papel de sucesor, en los últimos tiempos su perfil público se había visto reforzado por un cargo en el partido de su padre y con retoques constitucionales que le permitían presentarse a unos comicios formalmente multipartidistas.

Su destino quedó truncado definitivamente a finales de enero, cuando las protestas en Egipto llegaron a un punto en que la presión internacional obligó a su padre a anunciar que no se presentaría a la reelección y que tampoco lo haría su hijo.

Mal visto por el ejército, Gamal siempre fue visto como un outsider y, pese a todo, las informaciones periodísticas apuntan a que hasta el final presionó a su padre para mantenerse en el poder, lo que hizo que el Rais cambiase el tono de su discurso el día antes de tener que abandonar El Cairo forzado por los militares.

Similar destino le ha quedado a Ahmed Saleh, el hijo del presidente de Yemen y líder de la Guardia Revolucionaria, que ha visto cómo su país se lo ha llevado en su renuncia a seguir como presidente en 2013 para tratar de sofocar las revueltas.

Éxito limitado

El problema, tal y como detallaba hace unos días el veterano periodista Stephen Kinzer en The Daily Beast,  es que "el exagerado sentido de privilegio que estos hombres jóvenes han asimilado durante su educación les ha hecho creer que no hay límite en la persistente imprudencia que se les ha permitido".

No es extraño: al fin y al cabo hasta las revueltas de este año el modelo de sucesión hereditaria de los dictadores en la región ha tenido casos de éxito, como el de Bachar el Assad en Siria, que accedió al puesto sucediendo su padre, en el que se mantiene hasta ahora.

Más aún, muchos de los presidentes que han gobernado durante décadas han tenido la tentación de verse como monarcas de facto como los de Jordania y Marruecos, cuyas coronas están en manos de reyes relativamente jóvenes que accedieron al cargo en la década de los 90.

Ellos han visto cómo su vida de lujo y los lazos de sus países con las potencias occidentales no les ha privado del destino para el que fueron educados. Por ahora.

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