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Coque Malla enciende la noche madrileña

  • Anoche tocó en la sala madrileña Contraclub para unos 70 privilegiados
  • Las entradas se agotaron rápidamente para sus dos recitales

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El regreso de Coque Malla en concierto
Presentó su último disco y recordó clásicos como Mi casa o Saca la lengua.

Era una cita para noctámbulos, aunque no marcaran las once todavía. Una luz tenue, entre caliza y oceánica vestía el escueto escenario del local. Tan íntimo y efímero que sólo sumaban setenta los privilegiados asistentes.

Se presentía una expectación armónica, de reunión improvisada y auténtica. El Contraclub era el lugar idóneo para recobrar la magia y los acústicos, aquellas noches del Madrid de Antonio Vega, Enrique Urquijo y tantos otros, que se dejaron la voz en los reversos del micrófono, una copa y un cigarro.

Cuando aquel hombrecillo desgarbado, de ojos de señuelo, bigote atusado y pisada rebelde susurró "gracias por venir, mi nombre es Coque Malla", ya había desenfundado versos de antihéroe y acordes de rock'and roll.

Exclusivamente Nico Nieto le hacía pasillo en el púlpito, con solos de eléctrica encarecida.  Hasta el final,  She's my baby y Abróchate mostraban la vena más gamberra del último trabajo del cantautor.  Bien podría haber sido autobiográfico cuando aquel treintañero con eterna voz de muchacho entonaba "ha nacido ardiendo, pero no se quemará".

Del ligue imprudente a la ausencia romántica y la melancolía suelen haber nada más tres sorbos. Malla no tardó en desnudarse del pasado, en querer volverla a ver y cantar junto al respetable la intención de empezar de nuevo en Berlín.

No faltaron No puedo vivir sin ti, Mi casa o Saca la lengua

Era ya buen momento para confesar que se sentía más hacedor de canciones, que compositor. Aquel adjetivo le parecía excesivamente grande. Bendita contradicción. Llegaron los temas inéditos de su próximo disco (La carta, El barco, Lo intenta) y sus letras traslucían altura de catedrales.

Un medio vals, rock, blues, autor, versatilidad en estado concéntrico y genuino. Sobre todo en Termonuclear, compuesta a cuatro manos con Iván Ferreiro,  catarsis que dará título al cuarto álbum de su carrera en solitario.

Pero el ex de Los Ronaldos tenía una cuenta pendiente y sus fieles seguidores agradecieron no tener que pedir cambio: No puedo vivir sin ti, Saca la lengua y Mi casa comprimieron de sobra las hazañas de los ochenta.

A más de una pareja de los presentes le vino a la memoria aquel incómodo Simca 1000, los efectos secundarios de la movida y los bises de su generación. Coque no temía ojear un calendario ya caduco. Recordar no es errado. Su público lo sabe. El día que Malla emprendió sus propios pasos se encontró a sí mismo sobre el pentagrama. 

Susurró entonces hace tiempo lejos del micro, casi a capella, dedicando el himno a la buena compañía. Su voz se metamorfoseaba en un bajo y cortejaba a toques de ranchera los átomos de la memoria.

Llegaba el vértigo del final y quiso jugar a contar Mentiras para llevarle la contraria al nuevo día que se anunciaba y revolver en el cajón de sus composiciones primeras.

Removió de nuevo a la sala con álgidos movimientos y furia en las muñecas. Se despidió y volvió, se marchó de nuevo y regresó al escuchar su nombre. Aún le quedaba proclamar La hora de los gigantes.

"Juégatela un poco valiente", que diría su amigo Quique (González). Una filosofía sobre los finales y principios de la vida. Todo en dos noches, que vaticinan que Coque Malla se reescribe con tinta invisible para resultar imborrable.