Ushuaia, pingüinos y huskies: asà termina el viaje austral de Paula Vázquez en 'Más allá del fin del mundo'
- Paula Vázquez conoce cómo los habitantes de Ushuaia sobreviven a uno de los climas más difíciles del planeta
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Hay lugares que no solo se visitan: se sienten. Y Paula Vázquez lo descubre al llegar a Ushuaia, la ciudad más austral del planeta, escenario del último capítulo de Más allá del fin del mundo. Un episodio que no habla solo de kilómetros recorridos, sino de todo lo que se transforma por dentro cuando uno se atreve a viajar hasta el límite.
"Después de recorrer el continente casi de punta a punta, hoy termina mi viaje", confiesa la presentadora frente al paisaje afilado y salvaje del sur. Más de 15.000 kilómetros, ocho países y siete fronteras desembocan aquí, a un paso de la Antártida. Aquí termina la carrera de los concursantes de Hasta el fin del mundo, pero comienza algo distinto: la despedida consciente de una aventura que ha sido, sobre todo, un viaje para el alma.
Desde Ushuaia, Paula hace balance. Recuerda los colores y la hospitalidad de Costa Rica, la energía vibrante de Panamá, las historias de superación de Medellín y el latido salvaje del Amazonas. Evoca el silencio del salar de Uyuni, las tradiciones intactas de Bolivia, el norte argentino que parecía un wéstern y la emoción desbordada de Mar del Plata, cuando una muñeira inesperada al otro lado del océano la hizo llorar "como una niña pequeña". "De los viajes uno sale de casa —dice—, pero cuando vuelve nunca es la misma persona".
ADN fin del mundo: huskies y vida antártica
Ushuaia la recibe con una paradoja preciosa: el lugar donde el mundo se acaba la devuelve a casa. Allí, Paula descubre un cruceiro gallego y el llamado Camino Blanco, una ruta de peregrinación que enlaza la Antártida con Santiago de Compostela. En el confín del planeta, todos los caminos vuelven a llevar al origen.
En Ushuaia, donde el paisaje parece esculpido a mano por el frío y el viento, Paula Vázquez se encuentra con uno de los momentos más honestos y emocionales de todo el viaje. En el Valle de Tierra Mayor la esperan Aylén y Mati, cuidadores de una reserva natural donde los huskies forman parte de la historia viva del fin del mundo. "Esto es Ushuaia, fin del mundo… o principio de todo, como decimos acá", le explica Aylén nada más llegar.
Rodeada de perros que corren libres, Paula descubre que aquí nada se fuerza. "Ellos no son animales domésticos, este es su hábitat", aclara Aylén. "Necesitan frío, espacio y moverse. Empujar un trineo no es un trabajo, es su forma de estar en equilibrio". Mati, que pasa la mayor parte del día con ellos, añade: "Yo les doy de comer, los limpio… pero ellos hacen su vida. Son sociables, se acercan a que los acaricies y después siguen".
Caminar entre los huskies, cepillarlos tras el paseo y ver cómo se lanzan al agua helada forma parte del ritual diario. "Todos los días salen a correr", insiste Aylén. "Esto es ADN fin del mundo". El instante se vuelve especialmente tierno cuando le presentan a dos cachorros de apenas tres meses. "Todavía no tienen nombre", le dicen. Paula no lo duda: "Pues él es Santiago y ella, Olé". Incluso aquí, donde todo parece extremo, la vida vuelve a empezar con la misma ternura de siempre.
El sabor del fin del mundo
A orillas del Canal Beagle, donde el bosque se asoma al mar y el frío lo envuelve todo, Paula Vázquez llega a Puerto Almanza, un pequeño refugio donde la vida se cocina a fuego lento. Allí la espera Diana, pescadora y cocinera, que la recibe sin solemnidad: "Bienvenida al fin del mundo". En su restaurante, Diana explica que aquí el visitante come lo que el canal ofrece cada día. "Más fresco que esto, imposible", dice mientras muestra "centollones" vivos y mejillones recién sacados del agua. Paula no oculta la emoción: "Otro sueño cumplido". Entre risas y el sonido del mar, Diana lo resume todo: "Abrimos la puerta de casa para compartir lo que somos".
Pingüinos e Isla Martillo
Frente a las aguas más frías del sur, Paula Vázquez navega hasta Isla Martillo, donde el ruido del motor se apaga y todo queda en manos del viento y de los pequeños habitantes de Tierra del Fuego: los pingüinos. "Vamos a acercarnos un poquito", le indica Pablo, guía de la expedición, mientras el grupo avanza con cuidado. "Acá conviven tres especies: magallánicos, papúa y, a veces, el pingüino rey. Puede que vengan solo por un día… o por un mes".
Paula observa en silencio. "Son muy ruidosos", comenta sorprendida. Pablo sonríe: "Se reconocen por la voz. Para nosotros suenan iguales, pero cada uno tiene la suya". Le explica cómo construyen los nidos con piedras, palos y pasto. "La piedra es el mayor tesoro. De hecho, el macho le regala una a la hembra como parte del cortejo". Paula se emociona: "O sea, que aquí también hay romanticismo".
El respeto lo marca todo. "No debemos tocarlos nunca", advierte el guía. "Se estresan y pueden rechazar a sus crías". Paula asiente y baja aún más la voz. Verlos caminar torpes, proteger sus huevos y organizar auténticas "guarderías" naturales es una lección de vida. En este silencio compartido, la presentadora entiende que en el fin del mundo también hay hogar. Y que, a veces, observar es la forma más profunda de viajar.
Un final que es un comienzo
Frente al Faro de Les Éclaireurs, Paula pone palabras al cierre: este viaje quería mostrar a qué huelen los países, cómo saben y de qué habla su gente. Y lo ha hecho. Con calma. Con emoción. Con curiosidad. Porque en un lugar como Ushuaia se entiende que el final no es más que el principio de la próxima historia. Se despide de esta pedazo de aventura: "Buenos vientos, viajeros".