Tierra de nadie
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Salí impresionada de ver la versión que Xavier Albertí ha hecho de Tierra de nadie de Harold Pinter. Me había leído el texto el fin de semana porque traíamos a plató a Lluís Homar. Me resultó un texto difícil. Es un texto difícil, ambiguo. Leer teatro te suele dejar más preguntas que respuestas porque no se escribe como se escriben las novelas.
Las obras de teatro dejan mucho sitio a la imaginación de los que tienen que trabajar luego en ellas, construyendo personajes o decorados. Pero la razón por la que leer a Pinter es a veces especialmente complicado es porque anula a propósito algunos parámetros razonables para llevarte a otro lugar. Entendamos como parámetros razonables lo más básico: el espacio, el tiempo y la identidad.
Harold Pinter te obliga a sumergirte en una especie de sueño donde el tiempo pasado infecta el presente, nosotros y los otros somos lo que no somos, y el espacio... lo decide el que sueña, como en el teatro. Así que el título no podía ser más apropiado porque, si borramos lo que nos sujeta, lo que nos ordena, da sentido e identifica, estamos en tierra de nadie.
¿Y para qué ir a tierra de nadie? ¿Para qué transitar por donde no sabemos si somos lo que hemos sido, donde desconocemos si seremos lo que somos, donde no reconocemos a los que fueron nuestros amigos, nuestros amantes...? Pues no lo sé. No lo sé bien, lo que sí sé es lo que te pasa si vas por ahí. En tierra de nadie pones en cuestión la gravedad de las emociones, lo en serio que nos tomamos a nosotros mismos, las certezas, todo lo que damos por hecho. Podríamos decir que es un limbo, un paréntesis en el que, desde cierto embotamiento, repasas cómo van las cosas y te transformas, aunque no sepas muy bien en qué.
De este modo, los dos personajes de Pinter, excepcionalmente interpretados por José María Pou y Lluís Homar, se encuentran por casualidad una noche en la que ambos andan abotargados por la embriaguez alcohólica. Podríamos decir que se encuentran porque se desencuentran. No se sabe muy bien si se reconocen, porque han sido viejos amigos, si uno de ellos reconoce al otro... No se no aclara.
El caso es que conversan como dos desconocidos y, a lo mejor por eso, acaban acercándose, porque han dejado aparcada fuera de la habitación la relación que habían tenido antes de esta oscura noche. Se trata de un tipo de situación que Pinter suele provocar en sus obras. Dos personas que han estado unidas por alguna trama sentimental intensa, se reúnen al cabo de los años, cuando la vida ya los ha convertido en otros... ¿o no? Y es en esa conversación que se produce en medio de la extrañeza, cuando el espectador ve que, detrás de una cortesía aparente, rugen rencores, cuentas pendientes, silencios...
Los espesos y casi corpóreos silencios de Pinter que delatan que algo se está callando. Porque callan lo esencial, lo que les ha llevado al punto donde están en ese memento, lo que les ha convertido en lo que son, lo que les hace relacionarse como se están relacionando. Alguien me dijo una vez que Pinter es un autor que pone en escena lo que no se dice. Quizá por eso la tierra es de nadie, porque es un lugar de preguntas, no de certezas, como el teatro.