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CONCURSO DE CUENTOS "CUENTA CON NOSOTROS"

Finalista del mes de abril: 'Yion Lao y los espíritus benéficos', de Pedro Roldán Perea

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En realidad tuvo mucha suerte. Yion Lao, joven empresario tailandés en su primer vuelo privado a España por asuntos de negocios, no podía imaginar, en las horas previas a su desgracia, que pronto se encontraría solo en el interior de un avión siniestrado sobre la nieve a más de tres mil metros de altitud, perdido para el mundo, en algún punto de los Pirineos.

La tétrica visión de los cadáveres del piloto y de su intérprete y secretario personal, amén del terrible dolor que pulsaba en el muslo de su pierna izquierda, lo arrastraron en seguida a un estado de postración y miedo que empeoraba a la par que crecían el frío y la oscuridad a su alrededor.

Y sin embargo tuvo muchísima suerte de permanecer con vida ya que de haber caído unos metros más adelante, aquel aeroplano se habría estrellado fatalmente contra unos imponentes picos desnudos que se elevaban, bravíos y despiadados, hacia las negras fauces de la noche.

Tras superar el shock inicial, lo primero que hizo Yion Lao fue armarse de valor para, pese al lacerante dolor de su pierna rota, entablillársela con lo que encontró más a mano.

Una vez ensambladas, de forma precaria, las dos mitades del quebrado hueso, respiró hondo y empezó a elaborar un plan de emergencia que le permitiera sobrevivir las siguientes horas, antes de poder ser rescatado.

Conservaba su bolsa de viaje intacta, con algo de agua y de comida en su interior, papeles, un pequeño transistor, un móvil a todas luces inservible en esas latitudes, un encendedor, una muda y dos o tres libros.

Como le urgía encontrar más alimento, tras buscar a rastras entre los despojos, se hizo con varias latas de conserva, leche en bote y tarros de mermelada; suficiente para sobrevivir varios días.

Luego se dijo a sí mismo que no podría permanecer mucho más tiempo entre los retorcidos restos del aeroplano y miró al exterior. A través del hueco de la ventanilla destrozada, divisó una ladera relativamente cercana que podría ofrecerle, si buscaba adecuadamente, algún abrigo natural donde encender una hoguera y guarecerse.

Para ello, decidió llevar algunos libros más que encontró, con idea de usarlos como combustible. Una vez pertrechado de todo el material que pudo reunir, se armó de un tubo metálico a modo de muleta y con el poco valor y lucidez que le quedaban, Yion Lao salió cojeando penosamente del deformado habitáculo para recibir estoicamente, la gélida bienvenida que le brindaba un persistente vendaval.

Le llevó un par de horas de inenarrable sufrimiento trepar por la suave falda moteada de rala vegetación hasta encontrar el abrigo que, acertadamente, había imaginado que hallaría.

Se trataba de una cueva poco profunda cuya oquedad se desviaba en ángulo hacia un lado, de manera que lo protegería totalmente del viento. -Algo es algo- se dijo, mientras se instalaba a duras penas, y, tras engullir el contenido de dos latas y beber agua de nieve (la leche la reservaría para el final), acertó a encender una triste hoguera que pronto habría de apagarse en mitad de la noche.

No había olvidado traerse mantas térmicas del avión, de modo que se las apañó para embutirse como una oruga en su capullo, envolviéndose en toda la ropa de la que disponía. De esta manera, le sorprendieron la noche y la fiebre al poco de quedarse dormido. Los sucesivos días que Yion Lao permaneció en su cueva a la espera de ser rescatado, transcurrieron entre fantasmales retazos de consciencia cuyos recuerdos y percepciones quedaban sumamente distorsionados por el efecto pernicioso de la fiebre.

La pierna se le había inflamado y le dolía horriblemente. Los pocos analgésicos que había traído del avión se le estaban agotando y entre delirios, recobraba la lucidez imprescindible para tomar algo de alimento, antes de dejar caer de nuevo, la cabeza vencida y ardiente, sobre su improvisado jergón. No se sabe exactamente durante cuál de los dieciocho días que Yion Lao logró sobrevivir dentro de su improvisado refugio ocurrió, pero lo que está claro es que fue de forma totalmente accidental el que nuestro hombre se topara con el pequeño transistor, semiolvidado al fondo de la bolsa.

Cuando lo encendió, sólo se oía el característico ruido monótono que produce la estática, pero al girar la rueda de sintonización, pudo escuchar con deleite y alivio una voz humana que, de forma absolutamente paradójica e incongruente con su desesperada situación, hablaba en tono sosegado y sin afectación.

Aunque no podía entender nada de lo que oía (ahora necesitaba más que nunca a su malogrado intérprete), el mero hecho de sentir que alguien comunicaba en mitad de esa terrible desolación, le aportaba la pizca de serenidad y confianza que necesitaba para no volverse loco.

Fue así cómo las inacabables y dolorosas jornadas de la convalecencia de Yion Lao fueron transcurriendo de manera más llevadera, dentro de la desgracia, y su alivio tocó techo cuando una plúmbea mañana, entre el galimatías de las diversas tonalidades e incomprensibles fonaciones que varias voces emitían por la radio, pudo reconocer su propio nombre.

Entonces supo que finalmente saldría de ésa; que alguien, en algún sitio no muy lejano, lo estaría ya buscando. Durante el tiempo que transcurrió desde que Yion Lao oyese, pletórico de dicha, su nombre en el noticiero, no dejó en ningún momento de escuchar el transistor, y fue sin duda el poderoso efecto sedante con que éste lo confortaba día y noche, lo que alimentó su renacida esperanza, manteniéndolo literalmente vivo hasta el momento en que un equipo de rescate dio finalmente con él.

Una vez en el hospital, Yion Lao, recibía el madrugador saludo del médico cuya voz sonaba solapada a la de Juan Ramón Lucas, que desde algún punto del edificio declamaba animoso.

Fue entonces cuando lloró emocionado al oírse a sí mismo contestar, con horrible acento tailandés, un torpe buenos días; el mismo que, durante tantas mañanas, escuchara en su pequeño transistor; aquel en cuyo interior las voces de los espíritus benéficos le hablaban de esperanza.

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