El 11S fue solo el comienzo: ¿Qué hay detrás del terrorismo yihadista de las últimas décadas?
- La noche temática analiza el papel de las agencias de seguridad en el 11S y las guerras secretas que se desataron tras el atentado
- El documental se incluye en la colección especial de RTVE Play para conmemorar el 25 aniversario del atentado

Se cumplen 25 años del 11S, los atentados que cambiaron para siempre la defensa de EEUU y la relaciones entre política y servicios de seguridad, pero también las relaciones geopolíticas globales. El impacto de los dos aviones con las Torres Gemelas parecía ser la respuesta a la política internacional de Norteamérica. En realidad, fue la espita que llevó la lucha contra el terrorismo a niveles inéditos y el comienzo del recrudecimiento del islamismo radical.
¿Podía haberse evitado el 11S?¿Cuál es el papel de las agencias de seguridad internacionales? ¿Cómo surgió y se alimentó el islamismo radical que ha sembrado el terror en las últimas décadas en todo el mundo?La noche temática estrena el documental: CIA, Las guerras secretas después del 11S, con declaraciones de analistas y agentes de la organización de inteligencia norteamericana implicados en la respuesta de EEUU al atentado y en las posteriores operaciones de EEUU en todo el mundo, colaboradores del gobierno estadounidense y periodistas que hacen una recreación de qué paso aquel septiembre de 2001 y, cual piezas de dominó, cómo la caída de las torres cambió el mundo tal cual lo conocíamos.
La guerra contra el terror
La Agencia Central de Inteligencia (CIA) fue fundada por el presidente Truman en 1947 con el objetivo de reforzar la inteligencia de los EEUU y evitar sorpresas como el ataque a Pearl Harbor durante la Segunda Guerra Mundial. Durante la guerra fría su misión principal fue espiar a Rusia y, con la caída del Muro de Berlín, empezaron a surgir las primeras dudas sobre su necesidad. Su función volvió a quedar en entredicho tras el 11S. Los ojos se volvieron hacia la agencia, culpándola de no haber evitado el atentado. Aunque la realidad era otra: nadie creyó las alertas del peligro que suponía Al Qaeda.
Los atentados del grupo terrorista contra el World Trade Center en 1993, contra varias embajadas norteamericanas en África, en 1998, y contra un buque de guerra en Yemen, en el 2000, no fueron indicios suficientes para la Casa Blanca. Tampoco sus movimientos en Afganistán. Recién nombrado George W. Bush como presidente de los EEUU, su secretario de defensa Donald Rumsfeld negó que hubiera riesgo terrorista. Faltaban apenas meses para los atentados. Ni las advertencias directas del entonces director de la CIA, George Tenet, hicieron cambiar de opinión a la Casa Blanca.
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Pero también el FBI rastreaba indicios de peligro para EEUU. De forma independiente. Sin la colaboración de la CIA. “No compartimos información con el FBI. ¿Qué hubiera pasado de haberlo hecho? No lo sé”, indica Henry Crumpton, agente de la CIA durante 25 años y elegido por Tenet para dirigir la respuesta de EEUU contra el ataque. “La inacción condujo al atentado. Es el mayor fracaso de los servicios de inteligencia de los EEUU”, concluye el también agente del servicio John Kiriakou.
El atentado reconvirtió la lucha contra el terrorismo en la misión principal de la CIA, cuyos agentes dejaron de ser solo espías para perseguir de forma directa a cualquiera de sus enemigos. EEUU estaba en guerra y sus primeros objetivos fueron Al Qaeda, con Bin Laden al frente, y los talibanes de Afganistán. Se creó una unidad paramilitar dentro de la CIA para trabajar sobre el terreno, pero la misión no se completó. Los talibanes fueron expulsados del poder y se impuso un cierto control norteamericano sobre el nuevo gobierno. Bin Laden, por su parte, escapó a Pakistán y el país se convirtió en un gigante con pies de barro.
Los nuevos monstruos
Poco le preocupó esto al gobierno de Bush que, en 2003, el foco volvió sobre un viejo conocido: Sadam Hussein. Sin pruebas y sin evidencias, el entonces secretario de Estado de los EEUU, Colin Powell, defendió ante el Consejo de Seguridad de la ONU la existencia de armas de destrucción masiva en Irak, apoyado en una información de la CIA procedente de un informador que resultó no existir. “En la CIA sabíamos que se iba a invadir Irak con excusas falsas”, expone un antiguo agente.
En apenas unas semanas, Irak cayó en manos de EEUU y la guerra que había iniciado contra el terrorismo se volvió en su contra. Surgieron nuevos monstruos, que se vieron alimentados por la debilidad de las relaciones CIA-Casa Blanca y por el cuestionamiento por parte de la opinión pública y los medios de comunicación de los argumentos oficiales, contra lo que el gobierno de Bush se revolvió con fuerza.
Con la llegada de Barack Obama a la presidencia en 2009, la política exterior de EEUU cambió y también su objetivo. Bin Laden volvió a convertirse en el enemigo a eliminar por parte de la administración norteamericana. Tras seguir varias pistas falsas, algunas con trágicas consecuencias para el ejército norteamericano, en mayo de 2011 se dio luz verde a la incursión de un equipo de élite en la residencia fortificada de Abbottabad, en Pakistán, donde se escondía Bin Laden, una operación seguida al minuto por todo el equipo del presidente Obama desde la Casa Blanca. Fue un momento de gloria para los servicios de inteligencia norteamericanos. Una tregua efímera, que acabó con el estallido de la Primavera Árabe. “No fuimos capaces de detectar el germen de lo que estaba pasando”, reconoce Leon Panetta, director de la CIA en 2011.
Una amenaza mundial
Muchos gobiernos cambiaron tras aquella revolución, no en Siria, donde Bashar al-Ásad aplastó la revolución a la fuerza. Se convirtió así en el nuevo enemigo a batir por parte del gobierno estadounidense, aunque su tibieza ante algunos de los atentados ejecutados por el mandatario sirio provocó la pérdida de confianza en él. En este contexto aparece el bautizado como Estado Islámico, fundamentalistas y yihadistas armados y entrenados por EEUU para ayudar a derrocar a los dictadores de la región y que, sin embargo, vuelca sus fuerzas en proyectar su “Guerra Santa” por todo el mundo. Atentados en Bruselas, Niza, Berlín, Niza o Estocolmo, y también dentro de territorio norteamericano, empiezan a mostrar la magnitud de la amenaza que supone este terrorismo islamista.
La llegada de Trump al poder en 2016 dotó a la CIA de recursos para acabar este grupo armado, muy debilitado con la muerte de su líder Abu Bakr al-Baghdadi en 2019, lo que provocó su dispersión por toda la región. “Trump nunca llegó a entender qué pasaba en Oriente Medio. El Califato había sido eliminado, pero no el grupo en sí”, explica en el documental John Bolton, consejero de seguridad de Trump entre 2018 y 2019. Y muestra de esa incomprensión es el acuerdo con los talibanes para la retirada de las tropas de EEUU de Afganistán, acordada para el vigésimo aniversario de los atentados de las Torres Gemelas, pero que adelantaron de forma unilateral y violenta.
25 años después de la caída de las Torres Gemelas, muchas cosas han cambiado en el tablero internacional, también en el comportamiento de la inteligencia y la defensa norteamericana, pero, en opinión de Lawrence Wilkinson, el que fuera jefe de gabinete de Colin Powell, “nunca logramos cumplir la que era nuestra misión”.

