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Peggy Guggenheim nació en Nueva York en 1898, heredera de una gran fortuna, pero la riqueza no la volvió obediente. La muerte de su padre en el hundimiento del Titanic, cuando era adolescente, la dejó marcada por una mezcla de desamparo y libertad. En 1921 se instaló en Europa y se metió de lleno en la bohemia de París, entre escritores, escultores y pintores. Se casó con Laurence Vail, tuvo dos hijos y conoció a Marcel Duchamp, que afinó su ojo para el arte moderno. En 1938 abrió en Londres su primera galería y, cuando Europa se precipitó hacia la guerra, tomó una decisión feroz: comprar obra moderna a toda velocidad para salvarla. Reunió en pocos años una colección extraordinaria. En 1942 abrió en Nueva York una galería decisiva, donde apoyó a artistas jóvenes y lanzó la carrera de Jackson Pollock. También organizó en 1943 una muestra dedicada solo a mujeres artistas. Después de la guerra se instaló en Venecia, convirtió su palacio en casa y museo y dejó allí una de las colecciones más importantes del siglo XX. Murió en 1979. Su vida fue excesiva, escandalosa y brillante, pero sobre todo fue útil: cambió la historia del arte

Alexandra David-Néel fue una de las grandes aventureras intelectuales del siglo XX, una mujer que convirtió la curiosidad en un viaje sin regreso. Nació en Francia en 1868 y desde muy joven sintió una fascinación casi obsesiva por Oriente, las religiones y los territorios donde Europa apenas había puesto los pies. Mientras otras mujeres de su época aceptaban los límites sociales impuestos, ella decidió atravesarlos.

Cantó en la ópera, estudió religiones orientales y recorrió Asia durante años. Su vida dio un giro definitivo cuando se adentró en el Himalaya y comenzó a estudiar budismo tibetano con maestros y lamas que rara vez aceptaban discípulos occidentales. Aquella búsqueda espiritual se mezcló con la aventura.

En 1924 protagonizó la hazaña que la convertiría en leyenda. Europa llevaba décadas intentando entrar en Lhasa, la capital prohibida del Tíbet, cerrada a los extranjeros. Alexandra lo logró disfrazándose de mendiga tibetana y caminando durante meses a través de montañas y desiertos.

Entró en la ciudad prohibida cuando tenía cincuenta y cinco años.

A partir de entonces se convirtió en una referencia mundial en el estudio del budismo y en el relato de viajes. Sus libros revelaron un mundo desconocido para Occidente y mostraron la fuerza de una mujer que eligió vivir con una libertad radical.

Anna Magnani nació en Roma en 1908 y fue una de las actrices más intensas y auténticas del siglo XX. Su vida estuvo marcada por la incertidumbre desde el principio. Creció sin la presencia de su madre y nunca conoció realmente a su padre, lo que la empujó a forjar un carácter duro, independiente y profundamente emocional. Desde muy joven encontró en la interpretación una forma de canalizar su energía, pero nunca fue una actriz convencional.

Su gran momento llegó tras la Segunda Guerra Mundial con el neorrealismo italiano. En “Roma, ciudad abierta”, dirigida por Roberto Rossellini, ofreció una interpretación desgarradora que la convirtió en símbolo de una Italia herida pero viva. Su relación con Rossellini fue apasionada y tormentosa, y su ruptura, marcada por la traición del director con Ingrid Bergman, alimentó aún más su leyenda.

Magnani no actuaba, vivía cada escena. Su rostro, su voz, su manera de moverse transmitían una verdad cruda que el cine rara vez había mostrado. En 1956 ganó el Oscar por “La rosa tatuada”, convirtiéndose en la primera actriz italiana en lograrlo.

Murió en 1973, pero dejó una huella imborrable. Fue una mujer indomable que convirtió su vida en arte y su dolor en verdad

Ada Lovelace nació en Londres en 1815, hija del poeta Lord Byron y de Annabella Milbanke, una mujer que decidió educarla en matemáticas para evitar que heredara el temperamento caótico de su padre. Aquella decisión creó una mente única, capaz de unir imaginación y lógica sin conflicto. Desde joven recibió formación científica avanzada gracias a figuras como Mary Somerville y Augustus De Morgan, en una época en la que las mujeres apenas podían acceder a este tipo de conocimiento.

En 1833 conoció a Charles Babbage, inventor de la Máquina Analítica, un dispositivo teórico que anticipaba el ordenador moderno. Ada no solo comprendió la máquina, sino que fue más allá que su creador. En 1843 tradujo un artículo sobre ella y añadió unas notas propias donde describía cómo programarla para calcular números de Bernoulli. Ese texto es considerado el primer programa informático de la historia.

Pero su visión fue aún más revolucionaria. Ada entendió que una máquina podía trabajar con símbolos y no solo con números, anticipando el concepto de computación general.

Murió en 1852, con apenas 36 años, pero dejó una idea inmensa: que el futuro de las máquinas no sería mecánico, sino creativo.

Hattie McDaniel nació en 1893 en Kansas y murió en 1952 en California. Hija de padres que habían sido esclavos, creció en un país que aún practicaba la segregación racial con naturalidad. Cantó en espectáculos ambulantes, trabajó como camarera y sobrevivió a la pobreza antes de entrar en la radio y el cine.

En 1939 interpretó a Mammy en la película Lo que el viento se llevó. Su actuación le valió el Óscar a mejor actriz secundaria en 1940, convirtiéndose en la primera persona negra en ganar un premio de la Academia. Sin embargo, durante la ceremonia tuvo que sentarse en una mesa apartada, en la parte de atrás, debido a las leyes de segregación.

Fue criticada por aceptar papeles de sirvienta, pero defendía su derecho a trabajar en una industria que ofrecía pocas oportunidades a los intérpretes afroamericanos. Actuó en más de trescientas películas y también fue una estrella de la radio. Su vida estuvo marcada por el talento, la polémica y la resistencia en un sistema profundamente racista.

Chien-Shiung Wu fue una de las grandes figuras de la física del siglo XX y una pionera que transformó nuestra comprensión del universo. Nació en China en 1912 en una familia que defendía algo poco común en su época: la educación de las niñas. Aquella convicción marcaría su vida. Desde muy joven destacó por su inteligencia, su disciplina y una curiosidad científica que no aceptaba respuestas fáciles.

En 1936 viajó a Estados Unidos para continuar su formación en la Universidad de California en Berkeley, uno de los centros más dinámicos de la física moderna. Allí desarrolló una extraordinaria carrera como experimentalista, una científica capaz de diseñar experimentos de una precisión casi implacable. Durante la Segunda Guerra Mundial trabajó en investigaciones nucleares en la Universidad de Columbia y se convirtió en una de las investigadoras más respetadas de su campo.

Pero su mayor aportación llegó en los años cincuenta. Durante siglos los físicos habían creído que el universo era perfectamente simétrico, que las leyes de la naturaleza funcionaban igual en un espejo. Wu diseñó un experimento con cobalto-60 que demostró lo contrario.

Su descubrimiento cambió la física moderna. Reveló que la naturaleza distingue entre izquierda y derecha en ciertas interacciones nucleares. Aunque el Nobel fue para los teóricos que propusieron la idea, el experimento decisivo fue suyo.

Wu siguió enseñando y defendiendo el lugar de las mujeres en la ciencia durante toda su vida. Su legado es el de una mente brillante que rompió uno de los grandes dogmas del universo.

Sister Rosetta Tharpe nació en 1915 en Arkansas y murió en 1973 en Filadelfia. Criada en la Iglesia de Dios en Cristo, comenzó a cantar y tocar la guitarra desde niña en templos y giras religiosas. Pronto desarrolló un estilo singular que unía la energía del góspel con una guitarra eléctrica poderosa, adelantándose al lenguaje del rock.

En los años treinta se trasladó a Nueva York y firmó con una discográfica importante. Sus primeras grabaciones mezclaban espiritualidad y ritmo contagioso, lo que le permitió actuar en escenarios tanto religiosos como seculares. Fue una artista negra en un país segregado y supo imponerse en salas de concierto y teatros donde el público blanco no esperaba ver a una mujer dominando la guitarra con esa fuerza.

En 1951 celebró su boda en un estadio con miles de asistentes, convertida ya en figura pública. Su influencia alcanzó a músicos que después serían iconos del rock. Sin embargo, su trayectoria también estuvo marcada por tensiones entre fe y espectáculo, éxito y olvido. Rosetta dejó una huella decisiva en la música popular del siglo XX.

Cristina de Pizán nació en 1364 en Venecia y murió hacia 1430 en Francia. Fue hija de un médico y astrólogo que trabajó en la corte de Carlos V, lo que le permitió recibir una educación poco común para una mujer de su tiempo. Se casó joven y quedó viuda con apenas veinticinco años, con hijos y familiares a su cargo. En lugar de aceptar la ruina o el retiro, tomó una decisión inédita: vivir de la escritura.

En una Europa marcada por guerras, crisis y discursos misóginos, Cristina respondió con libros. Polemizó públicamente con autores que despreciaban a las mujeres y escribió obras en defensa de su inteligencia y su dignidad. Su Ciudad de las Damas construyó un espacio simbólico donde las mujeres tenían historia y autoridad.

Fue copista, editora y empresaria de su propia obra. Trabajó para nobles y príncipes, escribió biografías, tratados políticos y poemas morales. No fue solo una autora, fue una profesional de la palabra en el siglo XIV. Su vida es la historia de una mujer que convirtió la viudez en oficio y la controversia en legado.

Hildegarda de Bingen nació en 1098 y murió en 1179. Entró siendo niña en la vida monástica y, desde ese encierro, levantó una obra pública. Fue abadesa, fundadora de conventos y una voz escuchada por obispos, nobles e incluso autoridades imperiales. Sus visiones, que describía como una luz interior persistente, las convirtió en escritura con el apoyo de su confesor y de sus colaboradoras. De esa tensión entre experiencia mística y disciplina nació un pensamiento capaz de ordenar el mundo.

En 1150 trasladó a su comunidad a Rupertsberg, cerca de Bingen, para ganar independencia frente a la tutela masculina, y años después impulsó otra casa en Eibingen. Compuso cantos litúrgicos de gran audacia y escribió el drama Ordo Virtutum, donde la música se vuelve combate moral. También redactó tratados sobre plantas, alimentos y dolencias, una medicina medieval basada en observación y tradición, con una idea central de vitalidad, la viriditas. No fue una figura quieta: viajó, predicó y escribió cartas de consejo y advertencia.

Su vida tuvo conflictos y pérdidas, como la separación de Richardis de Stade, su gran aliada, y un choque final con la jerarquía por defender un entierro en su convento. Hildegarda dejó libros, música y una forma de autoridad femenina sostenida por trabajo, saber y carácter.

Marina Vega de la Iglesia fue la única agente secreta que operó desde la España de Franco, durante la Segunda Guerra Mundial, al servicio de la Francia Libre de De Gaulle. Su labor principal se desarrolló en Base España, una red de resistencia con sede en Madrid. Comenzó siendo correo; transportó documentación, armamento y ayudó a cruzar la frontera a personas que escapaban de la Francia ocupada. Cuando sus actividades de espionaje fueron descubiertas ella misma cruzó los Pirineos, pero en sentido opuesto. El país vecino era terreno conocido, allí había pasado los últimos meses de la Guerra Civil como exiliada.

Tras la victoria aliada se instaló en París, donde uno de sus cometidos fue buscar en la prensa española el rastro de nazis y colaboradores protegidos por el régimen franquista. La República Francesa le acabaría concediendo numerosos reconocimientos e insignias; incluso estuvo propuesta para la Legión de Honor.

En este documental sonoro, con guion de Libertad Martínez y realización de Samuel Alarcón, participan Paula Reigada Vega de la Iglesia y Ernesto Vega de la Iglesia, hija y primo segundo de la espía cántabra. Además, intervienen Ignacio Uría, profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de Alcalá que realizó una importante investigación sobre la vida de Marina, y Diego Gaspar Celaya, profesor de Historia Contemporánea de la Universidad de Zaragoza experto en la participación de españoles y españolas en la Resistencia. Parte de esta apasionante biografía la escuchamos en voz de su protagonista, conservada en el Archivo RTVE y en The Spanish Civil War Memory Project / Archivo de la Guerra Civil y la Dictadura Franquista de la Universidad de California, San Diego (Estados Unidos), dirigido por el profesor Luis Martín-Cabrera.

Goliarda Sapienza nació en 1924 en una familia italiana profundamente política, educada fuera de los márgenes convencionales y marcada desde niña por la disidencia y el pensamiento crítico. Su vida atravesó algunos de los territorios más incómodos del siglo XX: el fascismo, la posguerra, la militancia, la creación artística y la exclusión. Fue actriz de teatro y cine antes de volcarse por completo en la escritura, pero nunca encontró un lugar estable en los circuitos culturales ni editoriales de su tiempo.

Tras la muerte de su madre sufrió una grave crisis personal que la llevó a intentos de suicidio y a internamientos psiquiátricos, experiencias que transformaron su mirada y su obra. Vivió largos periodos de pobreza y rechazo editorial, convencida de que su escritura no debía adaptarse para ser aceptada. En los años ochenta fue encarcelada por robo, una vivencia que convirtió en materia literaria sin victimismo ni moralismo.

Murió en 1996 sin reconocimiento público, pero su obra fue redescubierta después y hoy se considera fundamental para entender la literatura europea contemporánea. Su vida y su escritura forman un mismo gesto: el de no renunciar nunca a la libertad interior, aunque el precio fuera altísimo

Henrietta Lacks nació el 1 de agosto de 1920 en Virginia, en una familia negra pobre marcada por el trabajo del tabaco y la segregación. Se casó joven con Day Lacks y se mudó a Maryland, donde crió a cinco hijos. En 1951, tras el nacimiento del menor, comenzaron sangrados y dolores intensos. En el Hospital Johns Hopkins de Baltimore le diagnosticaron cáncer de cuello de útero y recibió tratamiento con radiación. Durante ese proceso, sin explicárselo ni pedirle permiso claro, se tomó una muestra del tumor para investigación. Esas células resultaron extraordinarias por su capacidad de dividirse sin parar y se convirtieron en una herramienta esencial para estudiar enfermedades, probar tratamientos y desarrollar avances biomédicos, mientras Henrietta empeoraba con rapidez. Murió el 4 de octubre de 1951 con treinta y un años y fue enterrada en Clover, Virginia. Su familia pasó décadas sin saber qué se había hecho con su cuerpo. Cuando lo descubrieron, el impacto fue devastador y abrió una discusión mundial sobre ética médica, racismo estructural y derechos de los pacientes. Henrietta terminó siendo un símbolo de progreso y abuso a la vez, y su nombre se convirtió en memoria y reclamación para siempre, sin aviso.

Irene Papas nació en 1929 en una Grecia marcada por la pobreza, la guerra y una identidad cultural milenaria que pesaba como una herencia y como una condena. Desde muy joven entendió que su voz y su presencia no estaban hechas para la docilidad. Comenzó en el teatro clásico griego, donde aprendió que el cuerpo también puede ser un instrumento político. Aquella formación la acompañaría siempre.

Su carrera internacional la convirtió en una figura poderosa y atípica del cine europeo y mundial. No fue una actriz de complacencia ni de ornamento. Encarnó mujeres trágicas, reinas, madres, rebeldes y figuras históricas con una intensidad casi física. Durante la dictadura militar griega se exilió voluntariamente y utilizó su fama para denunciar al régimen, pagando el precio del aislamiento y la vigilancia.

Nunca se plegó a los estereotipos de belleza ni a los papeles sumisos. Rechazó contratos, discutió con productores y defendió una idea del arte ligada a la verdad y a la memoria. Su vida personal fue discreta pero libre, sin someterse a los modelos impuestos a las mujeres de su tiempo.

Irene Papas murió en 2022, dejando una obra atravesada por la dignidad, la resistencia y una voz que parecía venir de muy lejos. Fue más que una actriz: fue una conciencia.

Nacida en Valladolid en 1898, Rosa Chacel es una autora fundamental de la Generación del 27, reconocida tardíamente como afín al movimiento de las Sinsombrero. Sobrina nieta de José Zorrilla, fue educada en casa antes de acudir a Madrid para estudiar Bellas Artes. Vivió en Roma desde 1922 junto a su marido, el pintor Timoteo Pérez Rubio. El exilio durante la Guerra Civil lo pasó entre París, Río de Janeiro, Buenos Aires y Nueva York, donde disfrutó de una beca de la Fundación Guggenheim. En Argentina colaboró con la revista 'Sur' junto a Jorge Luis Borges y publicó obras como 'Memorias de Leticia Valle' o 'La sinrazón', su novela más destacada. A su regreso a España vio la luz 'Barrio de Maravillas' y 'Alcancía'. Falleció en Madrid en 1994.

Este documental sonoro, con guion de Lara López y realización de Samuel Alarcón, rescata el legado de la escritora a través de su propia voz, conservada en el Archivo RTVE. Colaboran en el programa su biógrafa, Anna Caballé, autora de 'Íntima Atlántida. Vida de Rosa Chacel (1898-1994)'; y la poeta y ensayista Elena Medel, responsable del prólogo y el aparato crítico de la nueva edición de 'Diarios', que unifica los tres volúmenes originales de 'Alcancía': 'Ida', 'Vuelta' y 'Estación Termini'. El recorrido se completa con una selección de textos dramatizados y fragmentos de entrevistas realizadas por Jesús Quintero, Lalo Azcona, Elvira Huelbes y Luis Antonio de Villena.

Aphra Behn nació en 1640 en Inglaterra, en un mundo donde la palabra pública pertenecía casi en exclusiva a los hombres y donde la vida de una mujer estaba diseñada para el silencio. Desde joven mostró una inteligencia viva y una ambición poco común. Viajó siendo muy joven a las colonias inglesas en América, donde entró en contacto con la violencia del poder colonial, la esclavitud y la política internacional. Esa experiencia marcaría su escritura para siempre.

De regreso a Inglaterra, fue reclutada como espía al servicio de la Corona durante una de las épocas más inestables del país. Trabajó en misiones secretas, fue engañada en pagos prometidos y acabó en la cárcel por deudas, abandonada por el mismo poder al que había servido. Lejos de desaparecer, Aphra Behn tomó una decisión radical: vivir de la escritura. Algo prácticamente impensable para una mujer en el siglo XVII.

Escribió teatro, poesía y prosa con una libertad escandalosa para su tiempo. Habló de deseo femenino, de poder, de política, de hipocresía moral y de cuerpos que no pedían perdón. Fue atacada, ridiculizada y cuestionada por su sexo, pero también fue leída, representada y pagada. Murió el 16 de abril de 1689, pobre pero consciente de haber abierto una puerta que ya no se cerraría. Una mujer, una diosa, una rebelde.

Catalina de Erauso nació a finales del siglo XVI en el País Vasco y fue criada para una vida de clausura. Desde niña mostró un carácter indómito, incapaz de someterse a la disciplina conventual. A los quince años huyó del convento donde se formaba como monja y comenzó una vida errante que la llevaría a convertirse en soldado en los territorios de América. Para sobrevivir, Catalina adoptó identidad masculina y vivió durante años como hombre, trabajando, luchando y batiéndose en duelos sin que su secreto fuera descubierto.

Sirvió en distintos ejércitos, participó en conflictos armados, cometió actos violentos y fue perseguida por la justicia en más de una ocasión. Su vida estuvo marcada por el peligro constante, la huida, el enfrentamiento y la construcción consciente de una identidad que le permitiera moverse en un mundo exclusivamente masculino. Catalina no buscó ser ejemplo ni bandera. Buscó libertad.

Tras años de guerra y aventuras, su identidad fue revelada en circunstancias extremas. Lejos de ser castigada como cabría esperar, su historia despertó fascinación en autoridades civiles y religiosas. Llegó a ser recibida por el papa, que le concedió permiso para continuar viviendo como hombre.

La vida de Catalina de Erauso es una de las más extraordinarias del siglo XVII. No fue heroína idealizada ni víctima pasiva. Fue una mujer que se negó a obedecer el destino impuesto y construyó su propia supervivencia a golpe de riesgo, inteligencia y desafío.

Su voz está entre las más influyentes de finales del siglo XX. Buscó a Dios a través de la ciencia porque consideraba que era un camino más directo incluso que el de la religión. Fue cura, revolucionario, escritor, poeta, escultor y teólogo; una persona utópica que miraba la realidad proyectándose al futuro. Pero sobre todas estas facetas, Ernesto Cardenal fue un místico que aplicaba el amor a todo, convencido de que es la única vía de liberación del ser humano. La situación política de su país, Nicaragua, estuvo fuertemente unida a su biografía y obra.

Tras pasar por un monasterio trapense de Estados Unidos, donde conoció al teólogo y activista Thomas Merton, se ordenó sacerdote. Fundó la famosa comunidad campesina de Solentiname, participó en la Revolución Sandinista y fue miembro de su primer gobierno. En esta etapa, la visita de Juan Pablo II a Managua en 1983 dejó una imagen que recorrió el mundo: Ernesto Cardenal arrodillado ante un papa que le reprendía por su actividad política y su cercanía a la Teología de la Liberación. El religioso salió del gobierno tras la eliminación del Ministerio de Cultura y se desvinculó del Frente Sandinista de Liberación Nacional por la deriva autoritaria de Daniel Ortega.

En su poesía, marcada por la intertextualidad y el exteriorismo, destacan títulos como 'Oración por Marilyn Monroe y otros poemas', 'Salmos', 'Gethsemani, Ky', 'Homenaje a los indios' o 'Cántico cósmico', la que muchos consideran su obra cumbre. En prosa sobresalen los tres tomos de sus memorias. Hasta su muerte, a los 95 años, Cardenal siguió viajando, escribiendo, meditando... y amando.

Este documental, con guion de Libertad Martínez y diseño sonoro de Mayca Aguilera, cuenta con los escritores nicaragüenses Sergio Ramírez y Gioconda Belli, amigos personales de Ernesto Cardenal. Participan también María Ángeles Pérez López, profesora de la Universidad de Salamanca y experta en su obra; Ignacio Dueñas García de Polavieja, docente e investigador de la Teología de la Liberación; y Juan José Tamayo, uno de los referentes en Europa de esta corriente teológica cristiana.

Olivia de Havilland nació el 1 de julio de 1916 en Tokio, en una familia británica marcada por la distancia y la exigencia. Creció en California con su madre y su hermana, la futura Joan Fontaine, en un hogar donde el talento era estímulo y también competencia. En 1935 entró en el cine tras una etapa teatral y pronto se convirtió en rostro esencial del Hollywood clásico. Su popularidad se consolidó con aventuras y dramas, y en 1939 interpretó a Melania en Lo que el viento se llevó, un papel que le dio prestigio y una nominación. Pero el sistema de estudios la encorsetaba con contratos abusivos y castigos por rechazar papeles. En 1943 decidió enfrentarse a su estudio en los tribunales y el 8 de diciembre de 1944 ganó la apelación que limitó la duración real de esos contratos, una victoria que cambió las reglas del trabajo en Hollywood. Ya libre, eligió personajes más complejos y ganó el Óscar a mejor actriz por La vida íntima de Julia Norris en 1946 y por La heredera en 1949. Su vida personal también tuvo giros decisivos. Se casó con Marcus Goodrich el 26 de agosto de 1946, tuvo a su hijo Benjamin el 27 de septiembre de 1949 y se divorció en 1953. El 2 de abril de 1955 se casó con Pierre Galante, se instaló en París y fue madre de Gisèle el 18 de julio de 1956. Murió el 26 de julio de 2020 en París, a los 104 años, como símbolo de talento y libertad conquistada.

Toni Morrison nació el 18 de febrero de 1931 en Lorain, Ohio, en una familia negra trabajadora que había huido del Sur para buscar aire. Creció oyendo cuentos, canciones y avisos sobre el racismo, y aprendió pronto que la violencia podía aparecer incluso cuando nadie la nombraba. En su memoria quedó, por ejemplo, la historia de un casero que prendió fuego a la vivienda familiar por una deuda de alquiler.

En 1958 se casó con Harold Morrison, arquitecto jamaicano. Tuvieron un hijo en 1961 y, cuando el matrimonio se rompió, ella estaba embarazada del segundo. Se divorciaron en 1964 y Morrison crió a sus dos hijos prácticamente sola mientras trabajaba y escribía. En 1967 entró en Random House, primero en una división educativa y luego en la sede de Nueva York. Allí se convirtió en la primera mujer negra editora sénior de ficción, publicó y defendió a autores y pensadores afroamericanos, y aprendió a afilar cada frase sin domesticarla.

Publicó novelas que cambiaron el canon: Ojos azules en 1970, Sula en 1973, La canción de Salomón en 1977. Con Beloved, inspirada en un caso real de esclavitud, ganó el Pulitzer en 1988. En 1993 recibió el Nobel de Literatura, primera mujer afroestadounidense en lograrlo.

Murió el 5 de agosto de 2019 en Nueva York, por complicaciones de neumonía. Su legado es lenguaje, memoria y libertad.

Anna May Wong fue una mujer adelantada a su tiempo y castigada por ello. Nació en 1905 en Los Ángeles, hija de inmigrantes chinos, y desde muy joven supo que su destino no estaría en el lugar que la sociedad había reservado para ella. Mientras Hollywood crecía, ella también crecía con una certeza incómoda: quería ser actriz en una industria que no concebía a una mujer asiática como protagonista.

Comenzó a trabajar en el cine siendo adolescente y pronto demostró un talento natural, una presencia magnética y una inteligencia emocional que traspasaba la pantalla. Sin embargo, el racismo estructural del Hollywood clásico la confinó a papeles secundarios, exóticos o directamente humillantes. Le negaron grandes oportunidades, incluso cuando la historia que se contaba era china, y vio cómo esos papeles se entregaban a actrices blancas maquilladas para parecer orientales.

Cansada de los límites, en la década de 1920 decidió marcharse a Europa. Allí trabajó en cine y teatro, fue reconocida por su talento y tratada como una actriz completa, no como una rareza. Regresó a Estados Unidos convertida en una figura internacional, pero el sistema seguía siendo el mismo.

Su vida personal estuvo marcada por amores imposibles, prohibidos por las leyes raciales de la época, y por una soledad creciente. A pesar de todo, nunca renunció a su dignidad ni a su deseo de abrir camino para otras.

Murió en 1961, con 56 años, después de años de lucha silenciosa. Hoy es recordada como una pionera absoluta: una actriz que desafió al cine, al racismo y a su tiempo, pagando un precio alto para que otras pudieran llegar después.

Las muchas vidas de Pier Paolo Pasolini es una biografía del escritor y cineasta italiano, escrita por Jordi Corominas y publicada en la editorial Siglo XXI. Corominas ha recorrido los lugares que pisó el poeta y director de cine para completar un libro que ni santifica ni demoniza a Pasolini, que lo presenta con sus contradicciones y como intelectual contra el pensamiento único.

Informa Íñigo Picabea

Dolores O’Riordan nació entre silencios que nadie se atrevía a nombrar en la Irlanda rígida de los años setenta, y quizá por eso su vida entera fue una búsqueda de voz. En una casa humilde, siendo la menor de siete hermanos, descubrió muy pronto que el piano le ofrecía un refugio y que cantar podía ser una forma de abrir un espacio propio en un mundo que la intimidaba. Aquel talento precoz convivía con una herida íntima que marcaría para siempre su sensibilidad, convirtiendo su música en un territorio emocional único.

A los dieciocho años entró en un grupo local que buscaba cantante. Lo que ocurrió cuando abrió la boca fue decisivo: su voz, frágil y afilada, transformó aquella banda sin rumbo en The Cranberries. En pocos meses pasó de los pequeños pubs de Limerick a escenarios abarrotados. Dreams y Linger revelaron una forma nueva de cantar la vulnerabilidad, pero Zombie fue el estallido definitivo. Escribió esa canción tras un atentado que mató a dos niños y la convirtió en himno mundial. Su interpretación, directa y visceral, parecía llegar de un lugar profundo que solo ella conocía.

La fama trajo éxito, pero no calma. Dolores lidiaba con ansiedad, trastorno bipolar y el peso de un pasado nunca del todo cerrado. Aun así, siguió componiendo, formando familia, buscando una estabilidad que a veces encontraba y otras se le

escapaba entre los dedos. Su vida fue una mezcla de fuerza absoluta y fragilidad intensa.

En enero de 2018 murió accidentalmente en un hotel de Londres, dejando al mundo en estado de shock. Miles de personas la despidieron en Limerick, donde su voz había comenzado. Hoy, cada vez que suenan sus canciones, vuelve algo esencial: la verdad emocional de una mujer que convirtió el dolor en arte y la intimidad en un legado inolvidable.

Cicely Tyson nació en 1924 en Harlem, Nueva York, hija de inmigrantes caribeños, y creció en una casa marcada por el trabajo duro, la fe religiosa y la esperanza. Desde joven se rebeló contra lo que “debía ser” una mujer negra en su barrio. Dejó el trabajo de oficina para seguir su deseo: ser vista, ser voz, ser ella misma. El modelaje la llevó a la actuación. Primero la mirada, luego el guion. Pero el mundo no estaba preparado para ella. Papeles vacíos, degradantes, ridículos, esperaban a muchas mujeres negras. Cicely se negó. Esperó. Resistió. No aceptó menos de lo que merecía.

Su primer gran triunfo llegó en 1972 con “Sounder”, donde interpretó a una madre afroamericana luchando por sobrevivir en el sur racista de Estados Unidos. Ese papel, serio, humano, hizo historia: fue nominada al Oscar, se abrió una puerta para generaciones. Desde ese momento, su carrera se convirtió en una misión: mostrar al mundo que las mujeres negras podían ser protagonistas, no estereotipos.

Dos años después protagonizó “The Autobiography of Miss Jane Pittman”, una mujer que vivía más de un siglo, testigo de la esclavitud, de la segregación, de los cambios. Su actuación, desgarradora, ganó Emmy.

Cicely Tyson no solo actuaba: elegía. Rechazaba roles humillantes, exigía respeto. Su presencia impuso dignidad. Su piel, sus rizos, su fuerza eran un grito silencioso contra el racismo cultural, contra la invisibilidad. Representó a madres negras, mujeres fuertes, víctimas del olvido, portadoras de orgullo. Mostró que “ser negro” no era etiqueta, era identidad, historia, valor.

Amó, sufrió, luchó. Tuvo relaciones tormentosas, prejuicios, dudas, cicatrices. Pero su voz no se quebró. Su carrera abarcó siete décadas. Murió en 2021 con 96 años, dejando un legado que no cabe en premios ni estatuas. Su huella es universal: cada vez que una mujer negra pisa un escenario, ya está caminando sobre sus hombros.

Cicely Tyson fue guerra y ternura, resistencia y elegancia, alma y presencia. Su vida demuestra que la actuación puede ser digna, valiente y transformadora. Que una voz, un rostro, unas palabras pueden abrir mundos. Que una mujer puede cambiar la forma en que el mundo la ve. Una mujer, una diosa, una rebelde.

Cesária Évora nació en 1941 en Mindelo, en la isla de São Vicente, un territorio pobre de Cabo Verde donde la música era refugio y memoria. Creció marcada por la muerte temprana de su padre y por los años que pasó en un orfanato, donde aprendió que la vida podía ser dura, pero nunca silenciosa. De adolescente comenzó a cantar en bares portuarios, entre marineros, guitarras y humo, y allí desarrolló la voz grave y ondulante que un día emocionaría al mundo.

Durante los años sesenta viajó a Angola para actuar y vivió de la música como pudo, entre amores breves y dificultades económicas. Sin embargo, a finales de los setenta cayó en una depresión profunda y dejó de cantar durante casi diez años. La pobreza era extrema y muchas noches dependía de la generosidad de amigos para comer. Parecía que su destino sería quedar como un recuerdo local, una promesa rota en una isla olvidada.

La resurrección llegó en los años ochenta, cuando un grupo de músicos caboverdianos la convenció de viajar a Portugal. Allí grabó sus primeras cintas y, gracias al productor José da Silva, viajó a París para grabar su álbum internacional “La diva aux pieds nus”. Tenía cuarenta y siete años cuando comenzó realmente su carrera profesional. En 1992 llegó su consagración mundial con el disco “Miss Perfumado” y la canción Sodade, que la convirtió en un icono global. La crítica la celebró por su autenticidad y el público la adoró por su voz que parecía traer el Atlántico en cada nota.

Ganó un Grammy, llenó teatros en Europa y América y llevó el nombre de Cabo Verde a los escenarios más prestigiosos. A pesar de la fama, siguió cantando descalza, fiel a sus raíces. Vivió con sencillez, mantuvo siempre su sentido del humor y nunca se preocupó por la imagen. Para ella, la música era la verdad, no espectáculo.

A partir de 2010 su salud empeoró, pero continuó cantando hasta que el cuerpo ya no se lo permitió. Murió en 2011 en Mindelo, la ciudad que la vio nacer. Hoy es una leyenda africana y universal. Su legado vive en la morna, en la saudade, en esa voz que sigue viajando por el mundo sin perder autenticidad.

Maria Montessori fue la primera médica italiana que revolucionó la educación, la creadora del método que cambió las escuelas del mundo, la mujer que enseñó a educar desde la libertad.

María Montessori nació en 1870 en Chiaravalle, Italia, en una familia culta que valoraba la educación y la disciplina. Desde niña demostró una inteligencia vivaz y una voluntad insólita. Su madre, Renilde, fue su gran aliada y le enseñó que una mujer podía estudiar lo que quisiera. Contra todos los prejuicios, María ingresó en la Facultad de Medicina de Roma y en 1896 se convirtió en la primera mujer médica de Italia.

Su primer trabajo en el Hospital Psiquiátrico de Roma le mostró una realidad que cambiaría su destino: niños abandonados, sin estímulos, tratados como enfermos. Al observarlos jugar con migas de pan, comprendió que su mente pedía trabajo, no compasión. De esa intuición nació su método: una pedagogía basada en la libertad, la observación y la confianza en la capacidad natural del niño.

En 1907 abrió en Roma la primera Casa dei Bambini, en un barrio obrero. Allí los niños, por primera vez, podían elegir, moverse, explorar. No había castigos ni premios, solo un ambiente preparado para el descubrimiento. La experiencia fue un milagro visible: los pequeños que antes parecían indisciplinados mostraban una concentración y una alegría desconocidas.

Su método se expandió por Europa y América, convirtiéndose en una revolución pedagógica. Montessori afirmaba que la educación debía servir a la paz y no a la obediencia. Cuando el fascismo intentó apropiarse de su obra, se negó. Cerró sus escuelas y partió al exilio. Vivió en España, la India y los Países Bajos, siempre enseñando, siempre defendiendo el pensamiento libre.

Su vida privada también estuvo marcada por la fuerza: tuvo un hijo, Mario, a quien tuvo que dar en adopción y no pudo criar por las convenciones sociales, y que más tarde se convirtió en su compañero de trabajo y su heredero intelectual.

María Montessori murió en 1952, a los ochenta y un años, en los Países Bajos. Hoy su nombre sigue vivo en miles de escuelas de todo el mundo, donde los niños aprenden en silencio, libres, guiados por su curiosidad natural.

Fue una pionera que cambió la idea de educación y de infancia. Creyó en el poder creador del niño cuando el mundo aún no lo hacía. Su revolución fue una lección de inteligencia, ternura y valor: el poder de educar sin dominar. Una diosa, una rebelde con bata blanca.