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El cubano al que Trump deportó a una cárcel de África: "Hacen negocio con mi vida"

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  • Roberto Mosquera llegó a Estados Unidos con 12 años y reconstruyó su vida después de cumplir una condena
  • Hoy permanece encerrado sin cargos en Esuatini, a más de 13.000 kilómetros de su vida en Florida
Roberto Mosquera, en su celda de la prisión de Esuatini
Roberto Mosquera, en su celda de la prisión de Esuatini Cedida

La última vez que Roberto Mosquera salió de casa para cumplir con inmigración no sabía que estaba abandonando su vida. Tenía una cita, una firma y una rutina repetida durante años. Pero en aquella ocasión fue distinto. El trámite marcó el fin de lo que había conocido: su trabajo de fontanero y sus cuatro hijas. En una rápida sucesión de los acontecimientos, pasó por centros de detención, un traslado a Texas y un avión militar con un destino que, asegura, nadie le comunicó.

“Me montaron en un avión sin decirme adónde iba. Y amanecí aquí en África, 32 horas después", relata Mosquera en una entrevista telefónica con Hora América de Radio Exterior de España. Habla desde una celda de la prisión de máxima seguridad de Matsapha, en Esuatini, el pequeño reino del sur de África situado entre Sudáfrica y Mozambique. Un país con el que no tenía ningún vínculo. Fue enviado en julio de 2025. Amnistía Internacional documentó su llegada junto con otros cuatro hombres deportados desde Estados Unidos y denunció su detención sin cargos y los obstáculos para acceder a sus abogados.

Más de un año después, su voz cruza los muros por teléfono. En la entrevista, Mosquera trata de explicar una reclusión para la que dice no haber recibido una fecha de salida. “Ellos gobiernan mi vida", denuncia. Su historia recorre dos huidas muy distintas. La primera lo llevó desde Cuba a Estados Unidos cuando tenía 12 años, durante el éxodo del Mariel de 1980, acompañado por su madre y otros familiares. La segunda lo dejó en una cárcel africana después de más de cuatro décadas en el país donde había crecido.

Roberto Mosquera con dos de sus hijas Cedida

“Cualquier persona tiene derecho a cambiar"

Entre ambos viajes hubo un delito grave. Mosquera cumplió una condena por intento de asesinato. En la conversación no niega aquel pasado: habla de la calle, de las malas compañías y de su paso por las prisiones estadounidenses. También reivindica lo ocurrido después. El trabajo. Los impuestos. La familia. Una vida que, sostiene, había logrado enderezar. “Yo cumplí, yo pagué por mi delito, como cualquier ciudadano", afirma. “Cualquier persona tiene derecho a cambiar".

La condena penal y su situación migratoria siguieron caminos diferentes. Según explica, llevaba décadas sujeto a una orden de deportación que no se ejecutaba porque Cuba no la aceptaba. Permanecía en Estados Unidos bajo supervisión, con comparecencias periódicas ante las autoridades. Hasta que una de aquellas visitas al Servicio de Inmigración y Control de Aduanas, el ICE, terminó con su detención.

“Fui a firmar como todos los años", recuerda. Le dijeron que lo deportarían a Cuba. Su relato continúa con semanas de encierro y traslados hasta el vuelo que lo llevó a otro continente.

Mosquera forma parte de una política cuyo alcance supera ampliamente los envíos a África. Entre el 20 de enero de 2025 y el 5 de agosto de 2026, Estados Unidos realizó 27.943 deportaciones a terceros países, según datos de ICE analizados por Human Rights Watch en un informe publicado a principios de octubre. Son expulsiones a Estados distintos del país de ciudadanía o residencia habitual de los afectados. De ellas, 536 tuvieron como destino países africanos. El total de deportaciones a terceros países se ha triplicado respecto al mismo periodo previo.

La organización documenta entre los afectados tanto a personas que habían cumplido condenas como a migrantes que llevaban años viviendo y trabajando en Estados Unidos. A finales de septiembre, Washington tenía acuerdos de traslado con al menos 36 países, 14 de ellos africanos.

““Me trajeron para un país que no es mío; no es mi cultura. Yo soy cubano, yo soy latino"“

Para Mosquera, esas decisiones diplomáticas tienen una traducción concreta: una puerta que se cierra desde fuera. “Me trajeron para un país que no es mío; no es mi cultura. Yo soy cubano, yo soy latino", protesta. Describe su traslado como un negocio decidido sin contar con él. “¿Para qué hiciste el negocio con mi vida sin saber quién era la persona?".

Su denuncia apunta también al recibimiento. Dice que lo esperaban hombres armados con fusiles y que fue presentado como una amenaza cuando llevaba años fuera de prisión. “Yo venía de trabajar. Yo venía de mi familia". Dentro de Matsapha, cuenta, las condiciones han cambiado a fuerza de protestar. Ahora puede ver la televisión, mantener abierta la puerta de la celda durante parte del día y realizar algunas salidas vigiladas. Describe visitas breves a una tienda, acompañado por agentes vestidos de civil. Después, el regreso al recinto y al encierro. "Dondequiera que vamos, ellos nos vigilan".

Roberto Mosquera en la prisión de Esuatini Cedida

Falta de asistencia médica

El teléfono desde el que habla es una de las herramientas de esa resistencia. Mosquera asegura que pudo recuperarlo tras una huelga de hambre y que lo utiliza para difundir vídeos y fotografías de su situación. Amnistía Internacional ya alertó en octubre de 2025 sobre aquella protesta y el deterioro de su salud, al tiempo que reclamaba atención médica y acceso confidencial a asistencia jurídica. “¿Qué me pueden hacer que ya no me han hecho?", admite quien ha sido diagnosticado de glaucoma y ha perdido parte de la visión en ambos ojos.

Durante meses, asegura, tampoco pudo reunirse con el abogado que intentaba representarlo en Esuatini. Cuando reclamaba explicaciones, recibía una respuesta que todavía lo indigna: que no necesitaba uno. "¿Cómo yo no voy a tener un abogado? Yo no soy de este país". Ahora afirma que su caso avanza y que conserva esperanzas en la vía judicial, aunque evita detallar la estrategia de sus representantes.

Su enfado alcanza a Donald Trump, en quien reconoce haber depositado esperanzas por las promesas de cambio para Cuba y para su propia situación migratoria. "Pensamos que él iba a hacer un cambio como él lo prometió", desliza. Hoy su mayor interrogante lo lanza a sus carceleros, a las autoridades de un país que desconoce: "¿Qué van a hacer conmigo?". En Matsapha, Mosquera sigue esperando que alguien pueda contestarle: "¿Cómo tú me vas a traer para acá y no vas a saber lo que vas a hacer con mi vida?".