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Kanye West celebra en Madrid su concierto prohibido sobre una bola del mundo (y fue histórico)

  • 65.000 personas, más de 40.000 llegados del extranjero, abarrotan el Riyadh Air Metropolitano
  • El rapero, censurado en varios países, encendió a un público entregado con una escenografía impactante
Kanye West celebra en Madrid su concierto prohibido sobre una bola del mundo (y fue histórico)
El rapero Kanye West, en un concierto este jueves en el Metropolitano de Madrid Kei_scampa / denkistudio
Javier Villuendas
Javier Villuendas

Suena un bajo atronador. Largamente. Y un tipo muy marciano y muy henchido se introduce en una especie de yema de huevo frito blanco en medio del estadio. Le sigue luego su guardia pretoriana de negro. “El momento es ahora, justo ahora. Esta es la hora, este es el nuevo amanecer, este es el nuevo día. Ahora es el momento, pues la naturaleza y toda su gloria te han nombrado su rey. Ella te ha nombrado rey. Rey. Rey. Rey. Rey”, y empieza una base industrial pesada y distorsionada. Esto es KING. Esto es Kanye West. Y el tórrido día se ha vuelto más sombrío y escarpado de repente.

El circo más polémico ha llegado a la ciudad. ¡El show prohibido! La caravana de Ye con todos sus monstruos, todas las multitudes de él mismo, ha aparcado en el estadio Riyadh Air Metropolitano de Madrid y ha levantado un domo terráqueo, una semiesfera del mundo, desde la que el rapero de Atlanta nos ha ofrecido un show agresivo y luego bello para presentar su último álbum, Bully, y muchos de sus hits pretéritos en un montaje histórico a toda pista para 65.000 personas. Veinte años llevaba sin pisar nuestro país para actuar.

El rapero estadounidense Kanye West, en un concierto este jueves en el Estadio Metropolitano de Madrid, veinte años después de su última visita a España M.L

Sonó entonces KING, decíamos, y ya encima de la yema de huevo frito gigante engarzó el rapero West celestialmente con el remix del Father I Stretch My Hands, del Pastor T. L. Barrett, una joya de gospel psicodélico, reflejo de su maestría en la producción, aquí junto a Metro Boomin o Rick Rubin, para que Ye comience con lo de "Beautiful Morning. You’re the sun in my morning, babe", de la época de cuando Kanye era el niño bonito, el Bad Bunny de entonces, cuando el disco The Life of Pablo, y no el merecido apestado en el que se ha convertido en los últimos años. Después cantó Can't Tell Me Nothing, en donde rapea: "Soñé que podía comprar mi entrada al Cielo. Cuando desperté, me lo gasté en un collar. Le dije a dios que volvería en un segundo. Es tan difícil no actuar de manera imprudente…".

Él solo (sobre el mundo) durante todo el show

Sin embargo, el domo terráqueo aún no lucía tanto pues era aún de día. La noche es su lugar y no había llegado. Y, sin embargo, atacó Ni**as in París y vibró el campo del Atleti. Brazos moviéndose raperamente y bailoteo del personal exaltado. El artista prognato estaba encima de la estructura como una pulga agresiva haciendo aspavientos, eso y poco más se atisbaba. Porque no había pantallas. Y daba igual. El sonido no era una delicia o incluso se pasaba de indefinido por momentos pero no parecía importar igualmente, el gentío se las cantaba todas de pe a pa.

"¡Feliz Día Internacional de separar al arte del artista!", escribía alguien en X en la mañana de este jueves. Y otra usuaria le contestaba: "No separo nada de Kanye porque nunca juzgaré a alguien con brotes maniacos, yo lo amo tal y como es". Recapitulemos, que es importante: se ha hablado de montaje histórico y del show más polémico, el concierto prohibido se ha celebrado en la ciudad… Pero, ¿quién es Ye? ¡Ye que sé!

Elogios a Hitler y... ¿redención?

Kanye West es uno de los personajes más mediáticos e influyentes y artísticamente más geniales del siglo XXI, con una proverbial cara siniestra. Más allá de controversias al límite como cuando le aguó la fiesta a Taylor Swift en los Grammy con un momento incomodísimo, y tantas más situaciones, Trump mediante incluso, el cantante ha celebrado el nazismo en varias ocasiones en los últimos tiempos.

Sin que parezca el tipo más ario del mercado, West ha ensalzado varias veces a Hitler y ha titulado incluso una canción como Heil Hitler, ha vestido camisetas con esvásticas, ha mezclado la estrella de David con una esvástica… y ha pedido también perdón comprando una página en el diario económico The Wall Street Journal donde expresaba: "No soy nazi ni antisemita. Amo al pueblo judío". Y añadía: "Me avergüenzo profundamente de mis acciones en ese estado, y me comprometo a asumir mi responsabilidad, seguir un tratamiento y realizar un cambio significativo. Sin embargo, eso no justifica lo que hice". ¿A qué estado se refiere? A su trastorno bipolar. De hecho un buen disco suyo se titula: Odio ser bipolar. Es increíble.

En este tenso ambiente, Reino Unido, Francia, Polonia, Suiza e Italia prohibieron a Kanye West que celebrara sus conciertos de esta gira en sus países. En España, el ministro de Cultura Ernest Urtasun tuvo que salir al paso también y dijo que no tenía competencias y descartó promover la cancelación del concierto de Ye, a pesar de calificar las declaraciones antisemitas y pronazis como «repugnantes».

Contextualizado el proceloso mar que surfeamos, el espectáculo siguió como un caldero con Ye él solo siempre sobre la cúpula repartiendo intensidad y temazos tales como Blood on the Leaves, con un sample de Nina Simone, o Carnival, siempre con su pequeño equipo de deejays y sintetizadores en una esquina del campo escondidos, levemente iluminados. Y de repente apareció por fin la bola del mundo en la semiesfera. Fuegos artificiales y todo el estadio berreando con Power. Ya era de noche.

Más del 60% de extranjeros

Hay que comentar que, no llenó pero lo bordeó, y de las 65.000 personas que abarrotaban el lugar más del 60% eran extranjeras, probablemente de los países que censuraron sus conciertos. O sea que igual no tiene tantos fans en nuestro terruño (o los altos precios resultaron prohibitivos para nuestro poder adquisitivo), en un evento que ha empleado a 3.000 personas y va a dejar un impacto de más de 40 millones de euros entre hoteles, restauración o transportes. Mientras tanto West paseaba encima de la bola del mundo giratoria y siempre solo, marginado (por la sociedad) pero bailado (por la grada). Y aplaudió enérgicamente al público en un momento dado.

El rapero estadounidense Kanye West, en un concierto este jueves en el Estadio Metropolitano de Madrid, veinte años después de su última visita a España M.L

Hablamos de un espectáculo probablemente nunca visto, y mucho menos en España, una impresionante semiesfera que de repente se convierte en la bola del mundo o le sirve de pantalla, en donde por primera vez le vimos, y los móviles se iluminaron para arroparle en Heartless, uno de sus clásicos. Es orgánica la devoción del público por este hombre que siendo el repudio del orbe y con una errancia poco comercial en el último lustro aún registra casi 70 millones de oyentes mensuales en Spotify.

Según avanzaba la noche, el concierto fue in crescendo en los aspectos emocionales, una catarsis festiva que fue de más a mucho más. Las imágenes en el domo terráqueo le proyectaron entonces a él en blanco y negro, el público no paraba de gozar y de hacerse selfies con la semiesfera de fondo y se sucedían los éxitos en un repertorio abundante en ellos. La alegría y el sudor cundían a espuertas y el setlist era un emoji de fuego, por sintetizar. Y la gente, como era extranjera, se las sabía todas, además.

Un montaje superlativo, único

Por no hacer infinita la crónica, hubo también samples de los Backstreet Boys, All The Love sonó conmovedora, hubo un tramo más difuso después, luego un American Boy cortado que enloqueció al público sobre todo femenino, se regaló una pirotecnia muy medida y efectiva, y destacó una iluminación brutal particularmente en una All The Lights inmensa. Flashing Lights, otro de sus grandes hits, resultó hasta débil en comparación pero la gente bailó sin rubor. Y continuó con un Stronger remixado de Daft Punk con la bola del mundo dando vueltas a lo loco...

En resumen, un concierto único que tuvo una estética tan formalmente superlativa, unos hits impepinables y un público tan fervoroso que fue como una grandiosa discoteca en el limbo del infierno. La última fue la delicada Runaway, fugitivo en español. O fuera de control. Un tema muy Moby. En el público no vimos aparentemente a ningún nazi, por cierto. ¡Cómo separa la gente al hombre del artista! O cómo pasan de lo que dice su adorado Kanye West. O a saber.