'Pálida luz en las colinas': la adaptación del primer de Ishiguro indaga en un desarraigo único
- Se estrena la película de Kei Ishikawa, versión cinematográfica de la primera obra del Nobel de Literatura
La madre del Premio Nobel Kazuo Ishiguro vivía en Nagasaki cuando el ejército estadounidense lanzó la bomba atómica que acabó con la vida de aproximadamente 75.000 personas. Ishiguro nació nueve años después y, cuando contaba con cinco años, su familia se mudó a Reino Unido donde aprendió la lengua en la que ha escrito su obra mientras olvidaba su japonés natal.
Sin embargo, su primer libro Pálida luz en las colinas (una alusión al destello de la bomba) miro hacia ese pasado familiar. Se publicó en 1983, el escritor la escribió en su veintena, y, dice, le ayudo establecer su relación con Japón. Ahora llega al cine como película japonesa, adaptada de su inglés original, con la participación del Nobel el su producción y la dirección de Kei Ishikawa (Aichi, 1977).
¿Qué cuenta? Situada en dos tiempos, el primero es la Inglaterra de los años 80 y la relación de una madre (Yo Yshida) y una de sus hijas (Camilla Aiko) sobre la que pesa la sombra del suicidio de una hermanastra de la que no tiene recuerdo. Desde ahí se rememora el Nagasaki de los 50, traumatizado aún tras la guerra, donde la historia de dos mujeres, una joven madre y una embarazada, ocultan secretos familiares.
El trauma de la bomba, completamente latente en la novela y la película, ¿es el mismo para el escritor que para el director? “Por supuesto hay diferencias generacionales. Para la generación de Ishiguro es como si ellos mismos la hubieran experimentado, la mía siente que tiene la obligación de escuchar a las generaciones anteriores para poder transmitir a las siguientes”, explica Ishikawa.
Pero la película tiene más que ver con lo que, precisamente, la Academia Sueca destacó de Ishiguro al concederle el Nobel: la memoria, el tiempo y el engaño a lo largo de la vida. Pálida luz en las colinas es una historia de desarraigo y contrastes culturales –geográficos y culturales- que, con la película, completa un último viaje idiomático, esta vez desde el inglés al japonés.
Los años 50 fueron también años dorados para el cine japonés, década en la que Ozu, Kurosawa y Mizoguichi triunfaron en los festivales europeos. Ishikawa cita explícitamente –se proyectan en un cine- Vivir, de Kurosawa (que el propio Ishiguro adaptó como guionista en Living) y El sabor del té verde con arroz, de Ozu, ambas de 1952. “Son homenajes que ya aparecían en la novela de Ishiguro, y yo también he querido homenajear el estilo y el color de ese cine japonés clásico de directores como Kurosawa”, explica Ishikawa.
Ishiguro tiene una notable relación con el cine. La adaptación de Lo que queda del día -con Anthony Hopkins y Emma Thompson- es un clásico de los años 90, mientras que la de Nunca me abandones, filmada en 2010, tuvo menos suerte. Y ha escrito películas como La condesa rusa o la citada Living. “Me reuní bastante con él, cuando se escribía el guion y en la posproducción. Más que dar indicaciones, era una figura de mentor: cunado había dudas, daba soluciones”.
Pálida luz en las colinas se estrenó en la sección Una cierta mirada del Festival de Cannes del año pasado. Y el cine japonés fue protagonista este año con tres películas a competición por la Palma de Oro. ¿Vive el cine nipón una nueva edad de oro? “Creo que, tras la pandemia, con el auge de las plataformas, el cine japonés se ha desarrollado en distintos géneros y tiene universalidad porque toca todos los temas. Ese es su fuerte”, opina el director.