Muere el filósofo francés Edgar Morin a los 104 años
- Sentó las bases del pensamiento complejo, que conecta diversas disciplinas como la física, la biología y la cibernética
- "Tener esperanza no es ser optimista. Porque la esperanza es lo posible, no lo cierto", mantenía
El filósofo y sociólogo francés Edgar Morin ha muerto este viernes en París a los 104 años, según ha confirmado su viuda al periódico Le Monde. Considerado un humanista que transformó la sociología y la filosofía moderna, Morin es estudiado en universidades del mundo entero, con obras como El Método ('La Méthode', seis volúmenes, 1977-2004), un proyecto monumental que tardó casi 30 años en escribir en el que sienta las bases del pensamiento complejo conectando la física, la biología, la cibernética y la sociología.
Nacido en París el 8 de julio de 1921 en el seno de una familia judía sefardita de Tesalónica, pero con lejanos orígenes italianos, se afilió al Partido Comunista y estuvo enrolado en la resistencia durante la ocupación nazi en Francia. Desencantado con el comunismo estalinista, Morin dejó de militar, aunque siguió considerándose de izquierdas. Años más tarde de esa traumática ruptura, publicó dos obras clave en su carrera: 'La Rumeur d'Orléans' (1969), una exploración sociológica sobre lo pernicioso del rumor, y 'Le Paradigme perdu: la nature humaine' (1973), donde vincula biología y antropología.
Antes había ingresado en el prestigioso Centro Nacional de Estudios Científicos (CNRS) de Francia en 1950, un organismo del que 43 años después llegó a ser director emérito de investigación. De hecho, la enseñanza ocupó buena parte de su vida e impartió clases en Santiago de Chile en los 60 y también en San Diego (California, EE.UU.), donde estableció las bases de su teoría del pensamiento complejo, que fue plasmando a lo largo de su carrera.
"Tener esperanza no es ser optimista"
El éxito editorial le llegó en el tramo final de su vida, cuando cada vez que un libro portaba su nombre en la portada se vendía bien. Y, pese a su edad, su pluma no dejó de llenar páginas con su pensamiento, siempre lúcido, que también desgranó en otros medios de comunicación e, incluso, en redes sociales. Desde esas tribunas no paró hasta el último aliento de denunciar los "peligros" que, a su juicio, corre la humanidad, amenazada por una crisis de globalización, una crisis ecológica, una crisis de civilización y, más recientemente, una crisis de pensamiento que expone a la sociedad al dominio de la informática.
"Tener esperanza no es ser optimista. Porque la esperanza es lo posible, no lo cierto. Comprometeos, pero sin taparos los ojos, sin fanatismos", les pedía a un grupo de jóvenes durante una conferencia universitaria poco después de cumplir los 101 años.