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La tartamudez, un problema del habla que se puede prevenir antes de que empiece el miedo

  • En España, unas 800.000 personas tienen tartamudez
  • Los expertos coinciden en la necesidad de normalidad para el niño
  • Un 5% de niños de 2 a 5 años tienen dificultades normales en el habla

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Uno de cada cien adultos españoles tartamudea de forma frecuente

“Acudía a clase y si me hacían una pregunta prefería decir que no lo sabía antes que verme contestándola en público y que se rieran de mí”. La vicepresidenta de la Fundación Española de la Tartamudez (TTM), Yolanda Sala, recuerda cómo evitaba hablar en clase cuando iba al instituto, por miedo a que sus compañeros se burlaran, y advierte de la importancia de una atención temprana para prevenir este problema del habla que puede llegar a "incapacitar" a la persona.

El tartamudeo o disfemia es un problema que se caracteriza por la dificultad en la fluidez del lenguaje, con síntomas como la repetición o prolongación del sonido o el titubeo que se alarga demasiado entre dos palabras. También puede manifestarse en un bloqueo que impide a la persona empezar a hablar y en la repetición de palabras monosilábicas.

En total, unas 800.000 personas, cerca del 2% de la población adulta, tiene tartamudez en España, con una frecuencia de tres hombres por cada mujer. Las causas de este problema no se conocen, pero la mayoría de expertos consideran que el entorno y la predisposición genética son factores clave.

Un 5% de la población infantil presentará en algún momento disfluencias evolutivas, es decir, problemas en la fluidez del lenguaje, normales en su desarrollo, explica Alicia Fernández Zúñiga, psicóloga clínica especialista en trastornos del lenguaje.

Las disfluencias evolutivas normales en el desarrollo del lenguaje, suelen aparecer cuando el niño está alterado o nervioso y cuando se prepara para explicar algo complicado. Se consideran así, por ejemplo, las vacilaciones, la reformulación de oraciones, los silencios entre las palabras, y el uso de interjecciones y muletillas.

Entre los dos y los cinco años, esas disfluencias evolutivas son normales y un ambiente de normalidad permite que vayan remitiendo en el 80% de los niños “sin que ello suponga colgarle un cartel e etiqueta”, con la carga psicológica que ello implica, explica Iris Jiménez Blanco, docente especializada en logopedia.

Las disfluencias que pueden indicar tartamudeo, sobre las que hay que estar más vigilantes, son la repetición de sílabas o de sonidos, el bloqueo o interrupción del flujo del aire, la velocidad rápida al hablar, más de dos repeticiones de palabras cortas, la tensión y el esfuerzo por hacer salir las palabras.

La información como mejor prevención

En el colegio, una vez el profesor detecta disfluencia en un niño debe comunicárselo a los padres y llegar así a un “diagnóstico alineado” con los docentes y los logopedas, profesionales especializados en problemas del habla.

Cuando los niños son aún muy pequeños, en la etapa preescolar, todavía no son conscientes de tener un problema, explica Alicia Fernández: “Las burlas y las críticas se dan más a partir de los seis años y es cuando los profesores y el tutor se convierten en una pieza fundamental para el niño”. Estas burlas suelen traer como consecuencia la baja autoestima y un sentimiento de exclusión del grupo.

El profesor puede hacer una buena labor de prevención informando a sus alumnos desde el comienzo de curso. Por ejemplo, repartiendo una pequeña circular a los padres, con orientaciones sobre este tema. Así asegura Iris Jiménez que lo hace con sus alumnos de 3, 4 y 5 años.

El docente tiene que “manejar esta situación”, explicarles a sus alumnos que lo normal es que haya personas con distintas características y en caso de que los compañeros persistan en su actitud de burla “llamarles aparte y advertirles de que si persisten pueden "agravar el problema".

Un ambiente de normalidad

Si en algo coinciden todos los expertos es en la necesidad de un ambiente sano, que no se les empiece a tratar como si fueran diferentes, para que esas dificultades no persistan hasta convertirse en tartamudez.

El profesor "no debe hacer callar a los compañeros en medio de la clase", coincide Alicia Fernández, pero puede hablar con los alumnos e indicarles que "cada uno tiene su propia forma de hablar". En definitiva, se trata de manejar la situación como se hace con cualquier tipo de burla, pero sin poner en evidencia.

Estos niños necesitan que se les dé tiempo para "formar su frase, no interrumpir su discurso, ni acabar las frases por él, mantener una escucha activa" que vea que es importante lo que cuenta y no cómo lo cuenta, y "mantener el contacto visual con ellos mientras nos hablan", señala Iris Jiménez, como pautas fundamentales para ayudarles en clase.

La labor del docente ocupa también un lugar clave en el tratamiento de la tartamudez Es "muy importante" que el profesor introduzca en clase el mismo trabajo que el niño está haciendo con el psicólogo.“Si el niño puede hablar con fluidez en una situación tranquila, también intente hacerlo en otro escenario”, explica Alicia Fernández.

La ansiedad y el miedo, círculo vicioso

Muchas veces la actitud de los padres ante las dificultades de su hijo agrava sin querer el problema. Nicklas Bengktsson, representante en España del Programa McGuire, que no utiliza la Fundación Española de la Tartamudez, recuerda que empezó a tartamudear a los seis años: "Todo empezó con bloqueos y repeticiones, los primeros años no lo veía como un problema grave, pero empecé a notar que mis padres y profesores estaban preocupados por mi tartamudez”.

A medida que aumentaba la atención de sus padres, también lo hacía su “miedo” a tartamudear y empezó a sentirse nervioso e incómodo en actividades como las presentaciones en clase, las lecturas en voz alta y las obras de teatro.

Cuando el niño tiene dificultades para decir algo una reacción frecuente de los padres es decirles que terminen las frases y que no se pongan nerviosos. Estos comentarios favorecen que al hablar en determinadas circunstancias los niños se pongan nerviosos antes de empezar a hablar, piensen que no les va a salir bien y sientan ansiedad. Ese “anticiparse” es muy negativo, asegura Alicia Fernández, porque cuando hablamos normalmente lo hacemos de forma espontánea y si los niños se paran antes y piensan "no van a ser capaces, se van a atascar".

El hecho es que los padres suelen sentirse perdidos porque la tartamudez es un problema variable: en ciertas situaciones, por ejemplo cuando los niños cantan o mientras juegan, no tartamudean. Por eso, la Fundación Española de la Tartamudez ha publicado una guía para padres, que les ayude a identificar las disfluencias evolutivas normales en su desarrollo.

Al mismo tiempo, los padres "se tensan, se agobian cuando ven que al niño le cuesta trabajo respirar" y tienden a tener pensamientos negativos como que va a tener siempre tartamudez, por eso se les insiste en que no se tensen ni se agobien y vean como es capaz de hablar fluido.

Romper las barreras de la tartamudez

La Fundación Española de la Tartamudez (TTM) respalda el método Lidcombe, desarrollado en Australia e implantado en España hace unos seis años, como uno de los más efectivos para el tratamiento temprano. Un método en el que los padres ayudan a su hijo en un entorno familiar y con un ambiente de juego, en el que habla de forma fluida.

En relación a las terapias existentes, Yolanda Sala cree que hay métodos que te hacen "estar muy pendiente de las repeticiones y hablar silabeando", con los que al final "dejas de ser tú", asegura, porque “estar pendiente de la ‘f’ de fluidez te impide ver la 'f' de felicidad".

Uno de los recursos que la TTM puso en marcha son los grupos de autoayuda. Dafne Lavilla, tiene 25 años y es representante en Madrid de la fundación, ha conseguido controlar la tartamudez y ahora se encarga de recibir a las personas que quieren formar parte de estos grupos. El problema de la tartamudez no se conoce bien, según ella, porque la gente piensa que “es menos de lo que es, que te atrancas al hablar y ya está, sin embargo tiene mucha carga psicológica y social y es importante que se sepa”.

Antes de entrar en la fundación, hace dos años, Dafne dependía de sus padres para hacer las tareas más cotidianas, ahora se acepta como es y la tartamudez no le impide hacer lo que quiere, se arriesga a “vencer su miedo” y “hacer cosas que no hacía” por el qué dirán. Hace solo unos años, no se atrevía ni a levantar la mano en clase, ahora ofrece charlas para informar en las universidades.