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Este cine rumano qué buen cine es

  • Cristi Puiu presenta Aurora en la Sección Un certain regard
  • Puiu forma parte de una generación de grandes cineastas rumanos

Ver también: Especial Festival de Cannes 2010 | Javier Tolentino en Cannes

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El director Cristi Puiu, con las actrices Carmela Culda (i) e Ileana Puiu.
El director Cristi Puiu, con las actrices Carmela Culda (i) e Ileana Puiu.

A veces suele uno escuchar que, efectivamente, los presidentes, sistemas, gobiernos, directores y etcétera, etcétera pasan, van pasando (a veces haciendo demasiado daño) pero, inexorablemente, pasan.

Y pasado el tiempo y el bosque quemado, con un poquito de suerte, el color y la música vuelve a emerger, a brotar.

Cuando uno está observando la riqueza, la inteligencia y la belleza del nuevo cine rumano uno piensa que quizá a Wall Street, detrás de su gran manzana, pueda pasarle lo mismo.

Mira que los jovenes cineastas rumanos están desvelando la antiguedad y el daño de los viejos años de esos amos del este que no sólo pervirtieron una ideología, destruyeron un lindo y, quizá, un tiempo de oro.

Una generación de origen incierto

Brillante la pequeña película rumana del año pasado, Policía, adjetivo de Corneliu Porumboio y dura, inteligente y única la que hizo historia aquí en Cannes, 4 meses, 3 semana, 2 días de Christian Mungiu. Y muy importante la proyectada este viernes en Un certain regardeAurora,  de Cristi Puiu.

Puiu, junto a los citados Porumboio y Mungiu forman una generación de cineastas rumanos fríos, ácidos, ásperos, inflexibles y poderosos en la búsqueda de una narrativa adecuada y honrada para desvelar la Rumanía que vino del frío: una sociedad rota por el régimen (12:07 al Oeste de Bucarest, 2006, Porumboio), herida por sus instituciones sanitarias (La muerte del señor Lazarescu, 2005, Cristi Puiu) y encarcelada por su asfixiante régimen policial (Policía, adjetivo, 2009, Mungiu).

No sé donde ha podido salir esta generación, quizá de su universidad del cine cuyo doctor honoris causa principal es el propio Roman Polanski.

O quizá de algunos departamentos de esa docta academia que me consta que ha incitado a sus alumnos a quemar los viejos y gigantescos estudios de cine, a hacerlos saltar en mil pedazos para construir un cine pequeño, distinto del mostrado por sus padres y hermanos mayores.

Un cine capaz de transitar por la oscura periferia de Bucarest, por los bloques de hormigón armado ideado por el soviet, por las casas de sus ciudadanos que se hielan de frío y de esperanza. Bravo, bravísimo por este cine rumano que va a ser capaz de hacer lo que los mil años del coronel invierno no pudieron.

Un Bucarest de hoy... ¿o de ayer?

Tres horas de duración tiene Aurora (quizá tanto hablar de la pequeña película rumana, ahora se desquitan con una duración de las que al aficionado le hace pensar). 

Y la verdad es que creo que lo necesita la historia: construye este director la biografía cómica-trágica de un personaje herido en el corazón y en la cabeza porque su esposa le abandona, se divorcia y se lleva a sus hijos. Este hombre comenzará un viaje hacia la desesperación que le hará protagonizar una violenta y trágica venganza y en ese viaje, como ya es habitual, el retrato cómico de sus instituciones.

Quizá esta historia podría contarse en menos tiempo, puede, pero a uno no le importa porque a través de las tres horas de proyección van pasando barrios, instituciones, vecinos, familias, dependientes, policías, tenderos y personajes de la Rumanía de hoy, pero aún con un pie en la Rumania de ayer.

Qué buenos estos cineastas rumanos, qué lejos del cine de nuestra transición que de alguna manera hizo tocata y fuga. No, los rumanos están contando con pelos y señales su historia anterior, quizá eso les cure.