Hildegarda de Bingen convirtió la luz en canto y cura
Hildegarda de Bingen nació en 1098 y murió en 1179. Entró siendo niña en la vida monástica y, desde ese encierro, levantó una obra pública. Fue abadesa, fundadora de conventos y una voz escuchada por obispos, nobles e incluso autoridades imperiales. Sus visiones, que describía como una luz interior persistente, las convirtió en escritura con el apoyo de su confesor y de sus colaboradoras. De esa tensión entre experiencia mística y disciplina nació un pensamiento capaz de ordenar el mundo.
En 1150 trasladó a su comunidad a Rupertsberg, cerca de Bingen, para ganar independencia frente a la tutela masculina, y años después impulsó otra casa en Eibingen. Compuso cantos litúrgicos de gran audacia y escribió el drama Ordo Virtutum, donde la música se vuelve combate moral. También redactó tratados sobre plantas, alimentos y dolencias, una medicina medieval basada en observación y tradición, con una idea central de vitalidad, la viriditas. No fue una figura quieta: viajó, predicó y escribió cartas de consejo y advertencia.
Su vida tuvo conflictos y pérdidas, como la separación de Richardis de Stade, su gran aliada, y un choque final con la jerarquía por defender un entierro en su convento. Hildegarda dejó libros, música y una forma de autoridad femenina sostenida por trabajo, saber y carácter.
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