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Discurso Dámaso Alonso, Premio Cervantes 1978

  • Poeta, filólogo, editor y crítico literario.
  • Miembro de la Generación del 27 y figura de la primera poesía de posguerra.
  • Hijos de la ira ofrece una visión desgarrada de la condición humana.

Por
Dámaso Alonso, Premio Cervantes 1978
Dámaso Alonso recibe el Premio Cervantes de mano de Su Majestad el Rey don Juan Carlos. RTVE

Dámaso Alonso (Madrid, 1898-1990) fue el Premio Cervantes de 1978. Miembro de la Generación del 27 y figura clave de la primera generación poética de la posguerra. Su discurso, en sus propias palabras, es un "testamento-resumen sobre los peligros y defensa de la lengua que hablamos". Señala Alonso que "toda defensa de una lengua tendrá que ser amplia comprensión, liberal, atenta a la evolución de una realidad idiomática, procurando conducirla, buscarle cauces razonables y sin querer oponerse frontalmente a ella, que sería tanto como querer atajar un poderoso río".
En este discurso, Dámaso Alonso ya advierte del posible peligro de la fragmentación y de la necesidad de defender lo que él denomina "unidad básica", "el modo de hablar de los hombres cultos en cualquier país de nuestra lengua para impedir los avances del vulgarismo destructor". Y ahuyentando cualquier sentimiento nacionalista: "Es un sentimiento de hermandad de veinte países. Nada de nacionalismos aisladores. Trabajaremos por nuestra lengua con un sentimiento de veneración y respeto como el que suele existir alrededor de un niño al que le espera un gran destino".

Discurso Dámaso Alonso, Premio Cervantes 1978

Discurso íntegro de Dámaso Alonso

"Lo primero que tengo que hacer es dar las gracias a los asistentes, presididos por el Jefe de la nación, nuestro Rey. Enseguida, darlas a la Academia Salvadoreña de la Lengua, que me eligió candidato al premio. Mi asombro fue enorme. Me interesa hacer constar que la Real Academia Española había elegido -con gran gusto mío- como nuestro candidato al premio a un ilustre literato hispanoamericano. Después el jurado elige el que ha de ser premiado entre todos los candidatos propuestos por las Academias de nuestra lengua. Muchas gracias también a él.

¿Y de qué os voy a hablar? Considero este acto -por lo que a mí toca- como una expresión de última voluntad. Sesenta años dedicados a la enseñanza y defensa de la lengua castellana me inclinan a dar aquí una especie de testamento-resumen de lo que creo que es más necesario que un español conozca y rumie sobre los peligros y defensa de la lengua que hablamos. No vais, pues, a oír nada nuevo ni divertido: es un extracto de lo dicho ya por mí muchas veces durante muchos años. El año pasado, el gran novelista cubano Alejo Carpentier hizo, en ocasión semejante, un bello discurso sobre la literatura española y su influjo en el mundo. Parece acertado que si el año 1978 el tema fue "literatura", en el 1979 sea lengua, nuestra lengua española. Porque es que los dos temas se unen profundamente: nuestra lengua, la que hablamos a diario con un valor práctico, es también el noble material de la literatura. Nobilísimo material. Comparad las demás artes, qué deleznable, qué pobre el material de la pintura y aun de la escultura; sólo el de la música adquiere quizá un cierto sentido, un valor más alto por su calidad aérea. Pero la máxima riqueza y nobleza de la palabra es que en ella el sonido o su imagen acústica a través de la representación gráfica, lleva en su interior, como el hueso esencial de la fruta, el concepto. Maravilla práctica, tesoro de la mina literaria nuestra lengua y todas las lenguas de cultura.Todas en un nivel aproximadamente igual. Porque la nuestra, el español, es, sin duda, superior en algunos aspectos, por ejemplo, al francés o al inglés; pero en otros es evidentemente inferior a esas mismas lenguas. El orgullo de nuestra lengua tiene que ser sólo una parte de un entusiasmo general que todos los hombres del mundo debemos sentir: la exaltación del don divino de la palabra humana. A tal gozo corresponde un deber: el de la conservación y defensa de ese tesoro. Ha sido entendido de muy diferentes maneras en los diversos tiempos y lugares. Las mutaciones políticas han traído muchas veces como consecuencia que, por ejemplo, en los Estados totalitarios se haya querido imponer una defensa del idioma tajante, rigurosa (¡sobre todo, nada de extranjerismos!): es una política que a la postre ha fracasado siempre y aun ha producido violentas reacciones.

Gran equivocación es ignorar que en la vida de las lenguas hay dos elementos esenciales y contrapuestos: La "tradición" y la "innovación". Los dos son necesarios.

La "innovación" sólo deja de existir en lenguas como el latín y el griego, es decir, lenguas muertas. Toda defensa de una lengua (me refiero, claro está, a las de cultura) tendrá que ser amplia comprensión, liberal, atenta a la evolución de una realidad idiomática, procurando conducirla, buscarle cauces razonables y sin querer oponerse frontalmente a ella, que sería tanto como querer atajar un poderoso río. Ocurre que la defensa de la lengua española ofrece dificultades muy especiales y sumamente grandes. No me refiero a las internas españolas que presentan esos bilingüismos que van ahora a prevalecer en diferentes partes de España: estos problemas quedan absolutamente fuera de lo que quiero decir hoy. El tema es mucho más amplio y, a la larga, mucho más importante. La defensa de nuestra lengua tropieza en el escollo de ser instrumento de veinte países, incluida España (dejo fuera Filipinas porque su caso es muy distinto, y en él, creo, no hay nada que hacer). En el siglo XIX era idea general la de que los españoles éramos "los amos" de nuestra lengua. En este momento del siglo XX en que vivimos quizá esa idea ya no sea tan general, pero me parece que quedan muchos rastros de ella. Quitar esa idea o los muchos restos de ella de la cabeza de los españoles ha sido empeño mío a lo largo de los tantos años de mi vida adulta. Hace algunos años publiqué un artículo cuyo título era precisamente: "Los españoles no somos los amos de nuestra lengua". No lo somos. Los amos de nuestra lengua formamos una inmensa multitud de varios cientos de millones de hombres que hablamos español; todos somos los amos conjuntamente; pero, por ser los amos de nuestra lengua, todos tenemos ineludibles deberes para con ella, especialmente los millones y millones de hispanohablantes que hemos pasado por una educación de cultura.

¡Qué pequeña parte de ese conjunto formamos los españoles! ¡Qué grande es el aumento demográfico de los países hispanoamericanos comparado con el nuestro! Tomemos, como ejemplo, uno: México. Hace treinta años México era una nación de menos habitantes que España. Pues bien, España parece que está en el día de hoy próxima a los treinta y siete millones de habitantes, y México hace ya un año que contaba con sesenta y cuatro millones y medio, cifra que en un año habrá crecido aún bastante. En treinta años México, que tenía menos habitantes que España, ha pasado a tener cerca del doble y a ser el país más poblado de todos los hispanohablantes. Es muy difícil calcular la cifra aproximada de hablantes de español. Tomando los datos de los Statistical Papers de las Naciones Unidas, del 1 de abril de 1978, hallo que el número de habitantes de los veinte países hispanohablantes era de casi 250 millones. Hoy es seguro que pasará bastante de ellos. Pero en muchos de esos países hay indios que no hablan español. Pero hay, por otra parte, muchos millones de hispanohablantes que viven permanentemente fuera de sus países de origen. Sólo en los Estados Unidos se asegura que viven más de veinte millones de habla española. En resumen: la cifra de más de 250 millones puede tomarse como cálculo aproximado de los hispanohablantes que hay en el mundo. ¿Qué representa frente a ese conjunto el número de españoles? Casi, casi, sólo la séptima parte. Dicho de otro modo: por cada español vivo existen en el mundo otros seis hombres cuya lengua es la misma nuestra. Esa enorme masa de humanidad, dividida entre veinte países, bien aislados, bien capsulados intelectualmente muchos de ellos, algunos con pujantes literaturas, con climas distintos, con costumbres diferentes, es evidente que ofrece graves dificultades para la defensa y la conservación de la lengua que todos ellos hablan. Un país con cultura propia creciente, con peculiaridades también de clima, suelo y costumbres, tiende insensiblemente a dar rasgos peculiares a la lengua que habla. Es decir, el español, hablado en veinte países, tiene un indudable peligro de tendencia a la fragmentación. No digo de fragmentación total, que no creo ocurra salvo en miles de años, en lo que he llamado varias veces posthistoria, es decir, época tan alejada de nuestra vida y cultura en el futuro, como la prehistoria lo es en el pasado. La primera vez que tuve noticia de este peligro se me quedó grabado para siempre: era yo un niño de unos diez años. Acompañaba a Madrid a un pariente mío uruguayo (en Uruguay y Argentina tengo cientos de ellos); con él, claro está, me entendía perfectamente, como si hablara con un español. Entre sus varias compras, un día de comercio pidió "medias". Mi pariente era soltero, pero no llegué a maliciarme por su petición. Enseguida le trajeron cajas de medias de señora. "Son "medias" para hombre, claro, lo que quiero", dijo él. Desconcierto entre los dependientes. Por fin uno se da una palmada en la frente, y le trae medias para futbolistas. "No es esto, no es esto", dice mi pariente; y, en fin, se levanta el pantalón y enseña sus calcetines. Ah!, eran calcetines lo que quería.

Los núcleos nacionales tienden a modificar cada uno peculiarmente muchos elementos distintos de los que constituyen el lenguaje, la pronunciación (y con ella la entonación), el léxico, las frases hechas, los refranes, la morfología, la sintaxis. Todos estos rasgos de tipo diferente pueden llegar a trabarse o combinarse los unos con los otros, a formar así una red que, si se espesa, puede constituir un complejo de muchas cosas hasta dificultar la clara comprensión de la lengua entre hispanohablantes de países distintos. El último límite de ese proceso sería la fragmentación total, a la que ya he dicho que no creo que de ningún modo se llegue sino en alejados milenios. Contra esa catástrofe trabajan las lecturas, la radio, los viajes, etc., todo ello en aumento con el crecimiento de la cultura. Todos los que usamos nuestra lengua estamos obligados (los cultos especialmente) a que entre nuestros veinte países se conserve la perfecta nitidez, la claridad total que aún tiene hoy a pesar de las diferencias aisladas de fonética, léxico, etc. Tenemos todos que defender la unidad del español, ¿Cómo? ¿La unidad total? No. Hay que respetar las variaciones nacionales ya existentes, sean argentinas, españolas, mexicanos, etc., existan donde existan en el conjunto hispánico. Hay que respetarlas tal como las practican los hablantes cultos de cualquiera de los países de nuestra lengua. Quiere esto decir que en todas partes conviene fomentar la cultura para impedir avances del vulgarismo destructor.

Es, por tanto, no una unidad total, sino la unidad básica, el modo de hablar de los hombres cultos actualmente en cualquier país de nuestra lengua.

No tenemos tiempo para traer como ejemplo casos particulares de fonología, léxico, sintaxis, etc. Voy a elegir sólo dos: uno que afecta a los pronombres personales y a otros elementos del idioma, y otro que se refiere especialmente al léxico. El primero es el tratamiento de vos en vez de tú, que es característico de Argentina y Uruguay y de una zona amplia de la América Central; existe también, diseminado junto al predominante tú, en un moteado de diferentes tipos, por ejemplo, en Colombia. Este uso de vos es sumamente perturbador, mezcla formas correspondientes a vos con otras procedentes de la declinación de tú (sentate, lleva la forma verbal del tratamiento vos -sentaos- con la forma pronominal de la declinación de tú, forma normal, síéntate). Este caso del voseo -o tratamiento devos en vez de tú- ha originado discusiones entre dramáticos; ha habido algunos, hasta argentinos, que han opinado que tal uso de vos debía desterrarse y sustituirse por el tuteo normal. Yo he defendido repetidas veces el uso argentino de vos; es, allí, el modo de hablar de la familia, de la amistad, del amor; está cargado de afectividad, y es, por eso, sagrado; no hay que tocarlo; convendría sólo que los filólogos argentinos y de los otros países donde se usa, respetuosamente lo vigilaran. Antes hemos tocado la cuestión de la afectividad y su importancia lingüística. Considerémoslo con relación al léxico.

Nadie puede tachar de ilegítimos los mil nombres distintos que plantas, animales, características del suelo y del clima, etcétera, tienen en los diversos países de nuestra habla.

A veces proceden de los tiempos prehispánicos, otras fueron importados de España, en muchas ocasiones con error (a animales, por ejemplo, a los que se les encontró algún parecido con otros españoles, se les dio el nombre de estos últimos). A veces el carácter o las maneras peculiares de una persona hicieron que se le designara humorísticamente en sitios distintos con nombres diferentes. Esas voces todas tienen carácter afectivo (una patriótica ligazón con la tierra de uno, o chistes metafóricos en la designación de una persona, etc.). Pero hay otro modo de afectividad de carácter contrario, que produce un gran daño en la unidad fundamental del léxico: me refiero a palabras soeces o sexuales. Estas palabras producen dos clases de afectividad: burlona o chancera o amistosa, en quien las usa; y, por el contrario, repelente en determinadas personas obligadas a oírlas y que no las emplearían nunca. Los españoles en América cometemos a veces pifias sociales. Recordaré sólo algunas con las que yo he metido alguna vez la pata: todos sabemos el valor de coger en la Argentina; pico, es impronunciable en Chile; Cbile lo es en Puerto Rico, etc. Por el contrario, voces españolas se desexualizan en alguna parte de América. En Chile, un coño no quiere decir más que "un español". Cuando estuve en Santiago había una tienda que se llamaba El Coñito, es decir, como si se llamara El Españolito. En Buenos Aires había otra que se llamaba Los Cabritos. Esta cuestión de las palabras sexualizadas la creo muy importante por la destrucción y diferenciación del léxico que origina. Además son, como he dicho, voces efectivas. La cuestión, pues, no tiene, creo, remedio. Miremos ahora, brevísimamente, a las voces no efectivas. Aquí sí que podría lograrse una casi perfecta unidad del léxico español. Carecen en absoluto de afectividad todos los nombres que designan aparatos o cosas inventadas, todas las novedades de la técnica moderna. Aquí sí que, si nos pusiéramos de acuerdo todos estos países que hablamos la misma lengua, podría evitarse la diversificación del léxico. Por desgracia, no ha ocurrido así. Casi siempre el instinto comercial se adelanta y se crean galicismos o anglicismos, según que el nuevo objeto venga de Francia o de los Estados Unidos. Como ejemplo de diversificación he lamentado muchas veces que este modesto invento de la técnica moderna que llamamos bolígrafo tenga hasta unos diez nombres diferentes en la América hispanohablante. He aquí, pues, en el léxico no afectivo, un terreno en el que todos podríamos trabajar de consumo para evitar la incómoda diversificación del léxico de nuestra lengua. ¿Y quién, qué entidad podría encargarse de impedir estos y otros desajustes también evitables? En cada uno de los veinte países de nuestro conjunto idiomático funciona una Academia de la Lengua. Todas ellas están en la más cordial relación. Entre todas forman una Asociación de Academias de la Lengua, unida por un convenio multilateral sancionado por casi todos los Estados donde se habla español. Esta Asociación se reúne cada cuatro o cinco años en un Congreso. Estos Congresos, y no ninguna de las Academias por sí sola, la Española tampoco, es el verdadero legislador de nuestra lengua. En ellos se deciden las normas del buen hablar de los veinte países. Entre Congreso y Congreso funciona una Comisión encargada de cumplir las disposiciones del último Congreso y de preparar el próximo. Las Academias podrían, por ejemplo, por medio de los Congresos y de la Comisión Permanente, evitar las diversificaciones del nuevo léxico, y otras muchas diferenciaciones contrarias a la unidad, que serían esquivables. También podrían acordar voces que evitaran el uso de extranjerismos. No soy opuesto a rajatabla al extranjerismo. Creo que sólo puede ser admisible con tres condiciones: primera, que resulte, al parecer, imposible que se encuentre una voz castiza que exprese lo mismo; segunda, que sea pronunciable por una garganta hispánica o que se la pueda adaptar para que lo sea; tercera, que los veinte países adopten el mismo extranjerismo. No cabe duda de que la Asociación de Academias y sus Congresos y su Comisión Permanente están bien estructurados. Pero la ejecución de las medidas para evitar la diversificación idiomática que he apuntado y otras muchas posibles, ofrece, por desgracia, resultados pobres y tardíos, y muchas veces ni se intentan.

La ejecución de las medidas para evitar la diversificación idiomática ofrece, por desgracia, resultados pobres y tardíos.

¿Cuál es la causa de estos desaciertos? Hay bastantes de las Academias de la Asociación que no trabajan o apenas: unas, por un concepto anticuado de lo que debe ser hoy una Academia de la Lengua (se cree que es un puesto de honor y no de trabajo); otras, por falta de medios económicos; alguna, por motivos políticos. Todo esto sería remediable. No voy a exponer aquí cómo lo más importante es la vivificación de las Academias, de todas las Academias de nuestra lengua. La Española, desde hace diez años, está trabajando conuna gran intensidad; entre sesiones plenarias y comisiones con temas especiales, con una intensidad mayor que ninguna. Hay unas cuantas americanas (pondré como modelo la de Colombia) que también arriman el hombro como es debido. Pero es necesario vivificarlas todas, que los Estados las ayuden económicamente. Que cunda el entusiasmo por la lengua en ellas y en los pueblos a que pertenecen.
Tenemos que trabajar todos por la unidad básica de nuestra lengua en el mundo. Tenemos que trabajar por la lengua. No movidos por un sentimiento nacionalista. Es un sentimiento de hermandad de veinte países. Nada de nacionalismos aisladores. Trabajaremos por nuestra lengua con un sentimiento de veneración y respeto como el que suele existir alrededor de un niño al que le espera un gran destino. El destino de nuestra lengua es el de ser vínculo de hermandad, de paz y de cultura entre los cientos y cientos de millones de seres que, en proporción siempre creciente, la han de hablar en el siglo XXI y en los siglos y siglos de un larguísimo porvenir.

RTVE

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