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Edurne Portela: "La violencia en el País Vasco en los 80 lo impregnaba todo"

  • RTVE entrevista a la autora de Mejor la ausencia
  • Una novela de iniciación con ETA, los GAL y la heroína como trasfondo

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Edurne Portela: "La violencia en el País Vasco en los 80 lo impregnaba todo"

Crecer en un contexto de violencia política, social, familiar. Atravesar la adolescencia en la margen izquierda del Nervión, entre los años 80 y 90 cuando los atentados, la heroína y el paro eran parte del día a día. Después del ensayo El eco de los disparos Edurne Portela, (Santurce, 1974) publica su primera novela Mejor la ausencia (Galaxia Guttenberg).

“Esta novela nace como una continuación del ensayo, cuando lo terminé me quedé con ganas de indagar más pero pensaba que las herramientas del ensayo estaban agotadas. Entonces me puse a fantasear con esta historia que al final se ha convertido en la novela. ¿Qué significó para toda una generación vivir siendo niños en Euskadi cuando la violencia no sólo era la violencia de ETA sino también había una crisis social tremenda, muchísima heroína…? Además exploro la cuestión de la violencia machista que siempre ha sido una preocupación para mí“.

Amaia es una niña de cinco años, la menor de cuatro hermanos, en su casa la violencia lo atraviesa todo. Con ella compartimos el miedo, la perplejidad, la rabia. A medida que crece alcanza sus límites. Amaia es también la mujer que vuelve a su pueblo para encontrarse un pasado irresuelto.

PREGUNTA.: En la familia de tu novela hay un ambiente asfixiante, un personaje llega decir: "aquí, cada uno sobrevive como puede”. ¿El entorno familiar es el recurso para hablar de la situación general?

RESPUESTA.: Fue algo inconsciente. Cuando me puse a escribir no dije voy a escribir la historia de una familia en la que se van a dar todas estas violencias sino que la lógica de los personajes me fue llevando a esos temas. Las reacciones individuales de algunos de los miembros de la familia también tienen que ver con esa asfixia social, esa presión social. De alguna manera surgió todo en ese microcosmos que es la familia.

P.: ¿Cómo se percibía esa violencia en el día a día?

R.: La novela lo que ofrece quizás no es tanto una explicación de cómo era esa violencia, quién la generaba, quién la sufría; sino más bien, la visión intima de esas vivencias. Los lectores cuando entran en el mundo de Amaia se van a dar cuenta de cómo esta violencia, que tiene que ver con la tensión social y política del momento, afecta en lo más íntimo a estos personajes, en las relaciones más cercanas, familiares y de pareja,. Y eso, sucede tanto el contexto social que es muy opresivo, por todo lo que estábamos viviendo en ese momento en Euskadi, como en comportamientos privados dentro de la familia que tienen relación con esa violencia, pero que se traducen de otra forma en el seno de la familia: en el maltrato a los niños y a la mujer.

P.: ¿La heroína que suponía en aquellos años? ¿Estaba muy presente?

R.: Si, la margen izquierda del Nervión, todos los pueblos que van desde Bilbao a Santurce, que es donde se desarrolla la novela, sufrió mucho la incursión de la droga con unas consecuencias tremendas. Hablamos de una generación que es un poco mayor que la mía, sería la del hermano de Amaia, los nacidos a mediados de los 60. Yo creo que era una época en que la juventud, debido al paro y a las consecuencias de la industrialización, no veía un futuro y que la droga fue un acto de rebeldía. El cantante de Eskorbuto que era de Santurce y que murió a consecuencia del consumo, decía esto, que al principio el consumo de heroína era un acto de rebeldía pero para cuando se dieron cuenta de lo que suponía ser yonqui estar enganchados, ya estaban totalmente destrozados. De esa rebeldía se paso a la autodestrucción.

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P.: ¿Cómo afectaba a esa juventud la presencia de ETA, y a tus personajes?

R.:Los años 80 fueron años durísimos, en el 80, 81 había un asesinato cada dos días como mucho. Estaba muy presente como estaba en el resto de España pero en Euskadi también en la sociabilidad de la juventud porque parte de esa rebeldía se fue hacia el consumo de drogas y esa autodestrucción punk y parte de esa rebeldía se canalizó hacia el movimiento político de esa juventud, que entonces se llamaba “rebelde y combativa”, y que al final fue la que surtió el Jarrai de aquella época de la kale borroca y que algunos de ellos acabaron formando parte de ETA. Eso forma parte ya de nuestra historia, personal, política, afectiva porque estaba muy presente. Como también estaba muy presente la presencia policial en nuestros pueblos porque había combate en la calle era un ambiente muy violento también en esa cotidianidad que te rodeaba.

P.: ¿Y también introduces el tema del terrorismo de Estado?

R.:Es que en aquellos años y para varias generaciones fue algo fundamental. Yo recuerdo siendo niña caminar por las calles de mi pueblo y ver constantemente los carteles o las pintadas sobre el GAL y que era una amenaza real. Las fotografías de Lasa y Zabala empapelaron nuestros pueblos. Es algo con lo que nosotros crecimos y para nosotros era una presencia fantasmagórica y que creaba un miedo real. Eso en el plano afectivo, en el plano político eso fue una realidad de unos años muy concretos que yo creo que también hay que recordar.

P.: La novela habla sobre todo de ese plano afectivo, de cómo todas esas violencias juntas pueden afectar a un ser humano. ¿Haces en alguna medida catarsis?

R.: No sé si es catarsis porque esta supone una liberación y yo no sé si estoy ahí. Lo que si hago es un ejercicio de introspección, de intentar entender cómo nos ha marcado esa historia a los niveles más íntimos. Creo que hablamos mucho de la política y es fundamental la historia que hagan los historiadores pero para mí lo más difícil de desentrañar es esa historia subjetiva que nos marca en ese presente y que nos sigue marcando como individuos y como ciudadanos durante toda la vida.

P.: Tu novela aparece después de que Patria se haya convertido en todo un fenómeno, No sé si su sombra te ayuda, o si no te gusta la comparación. ¿Crees que ha abierto una puerta para tratar la situación de aquellos años. ¿Cómo lo valorarías?

R.: El estallido de Patria es innegable y en ese sentido es normal que se establezcan comparaciones o que se pregunte por la repercusión de la novela. Son dos novelas muy diferentes, Patria mira al conflicto desde fuera, con una panorámica de 30 años de historia. Mi novela es muy intima, está narrada desde esos afectos de esta persona desde que es niña hasta que llega a la madurez, la comparación es inevitable pero al mismo tiempo son dos bichos diferentes.

Lo que sí ha hecho Patria, y eso hay que reconocerlo, es abrir el interés sobre este tema de una forma que hasta el año pasado no estaba ahí. El ensayo que publiqué sobre este tema salió al mismo tiempo que Patria, en septiembre del año pasado, y yo se que Patria ayudó a que mi ensayo estuviera posicionado como otra visión sobre el conflicto, otra forma de escribir sobre el tema, y casi como un complemento a su novela. Hay una repercusión mediática que sin Patria no tendríamos y eso hay que reconocerlo.

P.. ¿Y crees que en la sociedad actual todavía se tiene que ahondar mucho en lo que sucedió?

R.: Si, nos queda mucho trabajo por hacer, mucha introspección, a nivel de actitud y mucha autocrítica. Tenemos que situarnos en ese pasado y ver cuál ha sido nuestra actitud. Nos quedan muchas conversaciones pendientes, la cultura puede ayudar, con libros, con películas que incentiven el debate social y que rompan el tabú de “bueno de estos temas es mejor no hablar”.

P.: He leído que no te gustan las películas de humor como Ocho apellidos vascos porque pasaba de puntillas por el tema de las víctimas. ¿Y Fe de etarras, de Netflix, qué te parece?

R.: Hay un cierto tipo de humor que defiendo y de hecho estoy deseando ver Fe de etarras porque creo que va a ser ese humor del que te hablo y que ya lo hizo Borja Cobeaga por ejemplo con El negociador, que era una película de humor muy dolorosa pero también con mucha ironía y parodia. Ese humor me parece necesario e importante para mirar desde otro ángulo ese tema y que nos haga reflexionar. Yo he sido muy crítica con Ocho apellidos vascos porque me parecía que era un humor blando que nos hacía reír pero no nos hacía reflexionar. Dejaba esa catarsis de la carcajada pero había temas que me parecían problemáticos como la representación de la viuda del guardia civil. El humor es posible siempre y cuando no ofenda a las víctimas a conciencia y nos permita pensar, no pasar página sin más.

P.: ¿En qué medida esta historia es autobiográfica?

No cuento mi vida pero sí tiene una memoria afectiva de cómo recuerdas las sensaciones de esos años, los miedos, los olores, ese recuerdo del gris tan opresivo de esa época sensaciones que te quedan en la memoria que no están vinculadas a hechos autobiográficos pero si están ligados a esas sensaciones que te quedan del pasado.

          
          

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