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Agnès Varda: "El cine tiene que tener sentido y no simplemente dinero"

  • La cineasta de 89 años, mito del cine libre, recibe el Premio Donostia
  • Presenta en San Sebastián el fresco y lúcido documental Caras y lugares

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Agnès Varda en San Sebastián, antes de recibir uno de los Premio Donostia de 2017. noticias

Agnès Varda rebosa modestia pero se sabe especial. 89 años, más de 60 años dirigiendo decenas de películas, entre ficciones y documentales, historia viva del cine, precursora de la Nouvelle Vague. ¿Hay alguien igual ahí afuera? “He visto la lista de Premios Donostia pasados y todos son estrellas. No sé si es la primera vez que se lo dan a una persona marginal, honesta, pero que no gana dinero. No es el hecho de ser mujer lo excepcional, sino ser una cineasta especial”, define.

Y, sí, el festival apuesta por romper con el glamour de los habituales Donostia premiando a una de las personalidades cinematográficas vivas más importantes. No es tampoco un reconocimiento arriesgado: Varda también recibirá un Oscar honorífico en la edición de 2018.

Varda acude también acompañando Caras y lugares, su último documental. Presentado en Cannes este año, es el feliz encuentro de Varda con el fotógrafo y artista gráfico urbano J R. Juntos recorren Francia en una furgoneta que imprime fotos a gran escala de los lugareños que van conociendo. Las fotografías se pegan en las viviendas creando murales que homenajean a la gente de la Francia rural.

Con nada más y nada menos, Caras y lugares es un canto al ser humano y al buen humor. “Hemos gestado de forma natural una amistad creativa. El objetivo es que cada espectador pueda conocer gente que nos parecía interesante. El único criterio era que fuera gente que no tuviera ningún tipo de poder”, explica.

Financiada en parte con crowdfounding, Varda reconoce que el precio de su libertad es precisamente las dificultades de financiación. “Preferiría que me diesen dinero en vez de premios, siempre he tenido dificultades. A veces se piensa que por ser conocida es fácil, pero para nada. Pero el cine tiene que tener sentido y no simplemente dinero”.

Asi que el Donostia pasará a formar parte de una colección de galardones que se mezclan “desordenadamente en casa” con los de su fallecido marido Jacques Demy, también mítico director de clásicos como Los paraguas de Cherburgo. “Solo una vez, en Estados Unidos me dieron todo lo que necesitaba sin dificultad, fue para hacer Lions Love (1969).

Varda siempre estará asociada a sus tempranas obras maestras como Cleo de 5 a 7 (1962) o sus libérrimos documentales como Los espigadores y la espigadora (2000). “Cuando empecé había tres o cuatro mujeres cineastas en Francia. Ahora hay cientos, porque en algún momento un par de ellas empezaron a hacer dinero. Siempre quise hacer un cine radical, pero no tiene que ver con ser mujer”, explica.

Hacia al final de Caras y lugares, Varda acude a visitar a Jean-Luc Godard, el otro superviviente de la Nouvelle Vague. Un viejo amigo perdido en el camino que, sin embargo, rechaza el encuentro. “Todo el mundo fue amable menos Godard. En la vida encuentras puertas cerradas pero no pensé que pasaría con Godard”, lamenta sin pena. “Pero sigo adorándolo, sigue siendo radical. Hace del cine un arma de cultura. A veces llega tan lejos que no puedo seguirlo, pero necesitamos cine experimental. E involuntariamente –afirma con humor- ha escrito el final del documental”.

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