
Robert Reford cuenta una historia sobre la vulneración de los límites de las leyes de excepción
ANA BELÉN GARCÍA FLORES Robert Redford explora los límites de la justicia, el sentido de la lealtad y la necesidad de reconciliación, en su última película como director La Conspiración, tras su aclamada Leones por corderos (2007), que también aborda el tema del patriotismo.
Fiel a su filmografía en la que bucea en los recovecos del alma humana con su habitual concisión y crudeza, Redford rescata uno de los episodios más impactantes y conocidos de la historia de EEUU: el asesinato del presidente Abraham Lincoln en 1865 a manos del actor sureño John Wilkes Booth. Un hecho que conmocionó a la sociedad estadounidense y que podría equiparse a la muerte de Kennedy en el siglo XX.
El argumento cuenta la historia de la detención de ocho personas acusadas del crimen. Entre ellos, se encuentra Mary Surratt, interpretada por una excelente Robin Wright que juega con la contención de gestos. Surratt es la madre de uno de los implicados y regenta una pensión donde conspiraban los presuntos asesinos.
Reford bucea en los recovecos del alma humana
Frederick Aiken (James McAvoy) es el joven abogado unionista y héroe de guerra, encargado de su defensa que transitará desde las dudas sobre la inocencia de la mujer a una encendida protección, cuando se traspasan todos los límites al ampliarse las leyes de excepción durante las últimas bocanadas de la Guerra Civil.
Aken se enfrenta, por tanto, a un dilema moral que trasciende sus ideas, y la narración adquiere un tono de vívida actualidad al establecerse el paralelismo con los atajos en la lucha contra el terrorismo islamista. No olvidemos, que Reford es un firme y público defensor de los derechos humanos.
La película es un drama judicial e histórico, solemne y con unos tempos casi teatrales, que aborda la “conspiración” desde una doble perspectiva: el complot perpetrado para matar y el oportunismo político puesto en marcha como una maquinaria implacable para condenar a Surratt, en un momento de extrema fragilidad en la que la fragmentación de una sociedad herida pende de un hilo.
Como telón de fondo de las maquinaciones políticas aparece con fuerza la historia del sentimiento del amor de una madre hacia su hijo. El personaje de la enigmática y estoica Mary representa a la perfección el sentido de la lealtad de esa madre “profundamente católica y defensora de la causa sureña” abandonada a su suerte por su vástago, que sí participó en el crimen.
Paradójicamente el abogado se convertirá en el verdadero hijo protector que acudirá a su rescate. Ambos, dejarán de lado sus diferencias “cuando caen las caretas” y aparece la humanidad subyacente.
Destaca la impresionante ambientación de la época, que se recreó a conciencia con un trabajo de documentación basado en el abundante material gráfico. Se trataba de retratar el Washington del siglo XIX de la forma más fidedigna posible.
El guionista James Solomon ha recordado como en la investigación han salido a la luz detalles inéditos e insospechados que permitieron reflejar "desde las dimensiones de la celda de la Mary, hasta el atuendo que llevaba o la tela de su ropa”, a pesar de que las referencias reales sobre Frederick Aiken y Mary Surratt son muy escasas. El letrado, tras el juicio abandono la profesión y se convirtió en el primer editor del recién fundado Washington Post, para defender aquellas causas que consideraba justas.
Un periodo histórico contextualizado al detalle ayudado por la fotografía de colores desaturados que impregna el film. Una luz que fluctúa desde los colores brillantes que caracterizan las imágenes de la celebración de la victoria, hasta los tonos sombríos del patíbulo o la atmosfera del tribunal.
Una combinación de blanco y negro y color que resalta el ambiente asfixiante y ambiguo de aquellos días grises, cuando Lincoln murió tiroteado.
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