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Coronaviurs: El escepticismo ante la COVID-19

Análisis   El Método  

  • Las redes sociales han sido el caldo de cultivo para la proliferación de todo tipo de bulos relacionados con el coronavirus
  • Niegan la existencia del virus, aunque los datos registren: 50 millones de infectados y más de un millón de muertes en el mundo
  • Falsos remedios para tratar o prevenir la enfermedad o la fiabilidad de las PCRs, algunos de los bulos más extendidos
  • Mapa de los brotes en España | Mapa de la nueva normalidad | Qué se sabe de la vacuna

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Las redes sociales han sido el caldo de cultivo perfecto para la proliferación de todo tipo de bulos que han servido como argumento de que ese virus del que tanto nos hablan no existe.
  • Azucena Martín Sevilla es biotecnóloga y divulgadora científica
  • El Método es un programa de divulgación científica en torno al coronavirus
  • Más ciencia en rtve.es/ciencia

Cuando perdemos a un ser querido comenzamos la andadura por un camino duro y sinuoso. Durante esta pandemia por coronavirus no todos hemos perdido a seres queridos, pero sí hemos visto a otras personas perderlos. Sin embargo, sí que hay muchas cosas de las que nos hemos visto privados todos, en mayor o menor medida: ese viaje tan deseado para el que habíamos ahorrado durante años, la visita a ese familiar que vive en la otra punta de España, alguna oportunidad laboral… Nuestra vida ha dado un vuelco para el que nadie nos había preparado. En las primeras semanas de la pandemia muchos nos negábamos a creer que se tratase de una situación tan grave como realmente parecía. El argumento de “la gripe”, inicialmente fundamentado, se estiró incluso cuando las pruebas comenzaban a rechazarlo.

Pero hace ya más de siete meses que la OMS declaró la situación como pandemia y el final sigue viéndose muy lejos. Algunas personas han avanzado hacia las próximas fases de su luto personal, pero otras siguen estancadas en la primera. 

Las redes sociales han sido el caldo de cultivo perfecto para la proliferación de todo tipo de bulos que han servido como argumento de que ese virus del que tanto nos hablan no existe. O que sí es real, pero no apareció de la forma que nos han contado. Son explicaciones que en parte palian ese miedo y ese dolor que todos sentimos. Pero es importante intentar avanzar, porque un exceso de negación puede hacer mucho daño, tanto a las personas que la sostienen como a quienes les rodean. La pandemia de coronavirus ha dejado ya casi cincuenta millones de infectados y más de un millón de muertes en todo el mundo. Sin embargo, crecen los grupos de personas que niegan la existencia de la enfermedad y reivindican su derecho a una libertad total en la que no caben el virus o las medidas que la ciencia estima efectivas para contenerlo.

Quejas respaldadas por personajes famosos, en ocasiones con más influencia que criterio, animan a salir a las calles a pedir que les dejen vivir como antes. Las redes sociales se han convertido en el punto de encuentro perfecto para organizar revueltas o manifestaciones multitudinarias en las que las medidas de seguridad brillan por su ausencia: poca distancia, gritos y ausencia de mascarillas dejan vía libre al virus. 

Tal vez lo peor sea que no solo los manifestantes correrán peligro de enfermarse. Cualquier persona que entre en contacto con ellos, directa o indirectamente, podría sufrir las consecuencias.

Así nace un negacionista

Todos hemos tenido nuestro momento de negación en algún punto de la pandemia. Una vez aquí se puede tomar la vía de asumir que las evidencias apuntan a que lo que está pasando, por mucho que duela, es real. La otra opción es dejarse llevar por los bulos y la desinformación. Según un estudio publicado el pasado mes de octubre, desde que sabemos de la existencia del SARS-CoV-2, los bulos podrían haber estado detrás de la muerte de cientos de personas.

Ocurre principalmente por la proliferación de falsos remedios para tratar o prevenir la enfermedad, pero también por los datos erróneos que aseguran que no existe el virus. En este caso la información es doblemente peligrosa, pues no solo se pone en peligro quien decide que es inútil protegerse frente a “un patógeno que no existe”, sino que también es un riesgo para las personas que le rodean.

¿Es el virus artificial?

No todos los que albergan dudas sostienen que el virus no existe. Algunos sí creen en él, pero afirman que ha sido el fruto de la creación humana, ya sea por parte de los chinos para vender mascarillas, de las farmacéuticas para obligarnos a comprar sus medicamentos o de cualquier país preparado para declararle la guerra a otro. Sin embargo, desde los inicios de la pandemia numerosos científicos se han encargado de comprobar si esto era posible. El pasado 17 de marzo, se publicaba en Nature un estudio sobre el origen del SARS-CoV-2. En él, sus autores aclaraban las razones genéticas por las que es altamente improbable que el virus se sintetizara artificialmente.

Es importante tener en cuenta que estos patógenos no se “fabrican” desde cero. Se necesita otro virus que sirva como “plantilla” para una supuesta creación.

La evolución es más capaz de “crear” un virus “perfecto” que la más cruel de las personas

En los laboratorios de Wuhan trabajan con un coronavirus de murciélago, el RaTG13, que tiene un gran parecido a nivel de genoma con el SARS-CoV-2, pero no lo suficiente para que se haya podido pasar de uno a otro a través de mutaciones inducidas o ingeniería genética. Además, las diferencias entre ambos virus son nuevas para la ciencia, por lo que no se podían predecir y mucho menos copiar en el laboratorio.

La lógica dicta que el virus fuese evolucionando en algún animal y de ahí “saltara” a los humanos. La evolución es más capaz de “crear” un virus “perfecto” que la más cruel de las personas. 

¿Cómo de fiables son las PCRs?

La otra opción de negación, más allá de la teoría del virus artificial, es pensar que simplemente no existe. Que fue una invención de los chinos para vender mascarillas o de las farmacéuticas, para lucrarse con el desarrollo de nuevos medicamentos y vacunas. Día a día leemos, vemos y oímos todo tipo de noticias sobre brotes, fallecimientos y nuevos contagios. A bote pronto podría pensarse que se trata de otra enfermedad.

Sin embargo, hay una prueba irrefutable de que se trata de infecciones por el nuevo SARS-CoV-2: la PCR. Un bulo extendido indica que se trataría de una prueba inespecífica, que detecta a otros virus similares. Parece un buen argumento al que aferrarse. Además, circulan por la red unas declaraciones del Nobel Kary Mullis, inventor de la técnica, en las que asegura que “la PCR está diseñada para identificar sustancias cualitativamente pero, por su propia naturaleza, no es adecuada para estimar números”. Por desgracia, Mullis ya no está entre nosotros para desmentirlo, pero lo cierto es que hay pruebas de que no fue él quien lo dijo. En realidad son unas declaraciones de 1996 del reportero John Lauritsen. Además, el argumento ni siquiera es correcto.

Esta es una técnica que actúa como una especie de “fotocopiadora” del material genético, que solo se pone en marcha y empieza a sacar copias si detecta secuencias concretas. Uno de los primeros pasos de los científicos chinos después de descubrir el virus fue secuenciar su genoma y hacerlo público.

Es un procedimiento que además ha sido repetido más tarde por otros científicos de todo el mundo. Por eso, se han podido determinar fragmentos muy concretos de ARN, que solo están en este virus, para que sean los que activen la “fotocopiadora”. Es una prueba muy específica.

La importancia de confiar en las vacunas

Dada la situación en la que nos encontramos, la distribución de una vacuna contra el coronavirus se ha convertido en el evento científico más esperado de los últimos años. Actualmente existen un gran número de opciones en desarrollo, pero aún queda un tiempo para que estén listas.

Sin embargo, que aún no haya llegado no ha impedido que haya personas que ya aseguren tajantemente que no se la pondrán. Por un lado están quienes están en contra de este tipo de tecnologías por principios, los conocidos como antivacunas. Por otro, nos encontramos con quienes muestran reticencias a esta vacuna concreta, argumentando que no será segura para su uso cuando esté disponible. Sus sospechas pueden basarse en las razonables reticencias de quien observa por vez primera el devenir de un ensayo clínico.

Cualquiera de los fármacos que hemos tomado en nuestra vida tuvo que pasar al menos por uno. Pero por lo general vivimos ajenos a estos procedimientos. En cambio, ahora que deseamos con tanta fuerza que uno de estos ensayos finalice, seguimos el minuto a minuto, escandalizándonos por pasos que son totalmente normales. Que se detenga todo cuando uno de los voluntarios enferma, como ha pasado ya varias veces con la vacuna de la Universidad de Oxford, es algo habitual. Y precisamente es señal de que las cosas se están haciendo bien. Se interrumpe todo, se comprueba si la enfermedad ha tenido que ver con la sustancia que se está probando y, en caso de que así sea, se busca solucionar el problema.

Si no hay relación, se sigue adelante hasta tener un resultado seguro. Esto es algo que debemos tener en cuenta, tanto para la protección frente al coronavirus como para otras enfermedades. Las vacunas son seguras y salvan vidas. Si disponemos de ellas, es gracias a la ciencia, por eso debemos confiar en ella en situaciones como la que estamos viviendo. Porque es la única que podrá sacarnos de esta.